Contra la anestesia de la poesía actual
- Ricardo Venegas - Sunday, 24 May 2026 02:15
Desde los años ochenta del siglo anterior se han editado diversas antologías con el propósito de acercarnos a los poetas nacidos en la generación de los cincuenta, como Poetas de una generación 1950-1959 (1988) de Evodio Escalante. La propia Colección de los Cincuenta, que apareció en los noventa, subraya el lugar que estos creadores –casi todos hijos de la Asamblea de poetas jóvenes de México (1980) de Gabriel Zaid– ocupan en el mapa de la poesía mexicana. La nómina es amplia, muchos comenzaron a publicar después de los treinta o cuarenta años; algunas de estas voces sólo aparecieron con su debut y despedida implícita en un solo libro.
El nombre de Generación de los 50 se le ha atribuido al poeta y crítico Arturo Trejo, que en su artículo “Nombrar la luz”, publicado en la revista Memoria de Papel en 1991, habló de los creadores de esta generación, a la cual se identifica también por comprender, entre quienes la integran, a varios ganadores del Premio Aguascalientes de Poesía, si no el más prestigiado –y cuestionado–, sí el más generoso reconocimiento económico para un poeta en México.
El año de 1968 es ineludible para esta generación que lleva tan presente en su formación (no generalizo) la caída de los regímenes autoritarios. A este grupo lo caracteriza también, afirma Vicente Quirarte (miembro de esta generación), el haber estudiado “carreras humanistas cuando la cultura no está de moda”, y el hecho de no contar con manifiesto alguno ni declaraciones de principios, por lo que “el credo estético debe ser buscado en los poemas mismos”.
La dispersión es otra característica de este grupo, su diversidad de lecturas –Baudelaire, Rimbaud, los Contemporáneos, los clásicos de la poesía española, Rubén Bonifaz, Jaime Sabines, Pablo Neruda, T.S. Eliot, Roberto Juarroz, Cesare Pavese, René Char, los poetas beat– y temas como la desilusión amorosa, la infancia, el humor, la naturaleza, el erotismo… En el ahora esta generación lleva consigo las riendas de gran parte de lo que germina en la poesía mexicana y asume los riesgos de toda generación: su propia heredad.
La tierra oscura (Fondo de Cultura Económica, 2025), de Silvia Tomasa Rivera, es un manifiesto de lo antedicho, es un poemario contra la anestesia de la poesía actual. Los poetas –no generalizo– se copian entre sí, y son la copia de la copia de la copia en una erosionada tradición que pareciera haber agotado sus manantiales de belleza; es claro que la mayor parte de los bardos de este país escriben para ganar premios, no para hacer labor social.
Entre otros temas, La tierra oscura pone sobre la mesa la figura de Rubén Jaramillo, el revolucionario y sus poderes de evocación. Silvia Tomasa da continuidad a los anhelos de un activista social y en esta biografía poética se reconoce al líder agrarista de convicciones. Como lo rememora Walter Benjamin, es posible, desde el presente, retomar los objetivos que los antepasados se trazaron y completarlos.
En este poemario se violenta el lenguaje, se remueve la costumbre y uno puede cuestionarse, ¿es esto lícito? Lo fue para el creacionismo de Huidobro y el viaje en paracaídas, para el modernismo de Rubén Darío cuando dijo “este viento vagabundo lleva las alas entumidas”, para Baudelaire cuando descubrió que “la modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, la contingencia, la mitad del arte, cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable”. Aunque a veces lo incidental es permanente, tal como lo evidencia el libro, ¿quién se atreve hoy a escribir sobre un líder cañero asesinado por el gobierno, quién tiene el valor de publicar un libro así, un poemario en el que la belleza, la lealtad y la justicia son traicionadas?
Si la poesía es más que contar y cantar, la de Silvia Tomasa Rivera cuenta su propia historia. No a la manera de los formalistas rusos, quienes abogaron por la literatura libre de anécdotas y biografías, una literatura que vale por el peso de la obra. Y en este caso tanto la biografía como la obra valen el oro de los tigres pero, hay que decirlo, también es un oficio donde se expone a la intemperie la palabra del poeta.
Este poemario es, asimismo, una organización del pesimismo del que habló Walter Benjamin, una reivindicación de los propósitos de los que nos antecedieron, una reunión con nuestros antepasados alrededor de la hoguera donde el poema se desdobla como una cauda de gemas.
El poeta, la poeta, es quien “les construye un templo en el oído”, la usuaria del habla primigenia, de la primera sabiduría: posee “el don de apoderarse de las cosas mediante inesperados bautismos”. Por artes literarias Rubén Jaramillo se queda en el oído del lector para reafirmar sus causas. Si “toda creación del espíritu es ante todo poética”, como quería Saint John Perse, también es lícito citar a Heidegger cuando coloca la primera piedra diciendo que “la poesía es la fundación del ser por la palabra”.
La poesía también es experiencia, síntesis y conclusión, la poeta de visión se hace presente, y esta es la apuesta que configura una postura frente a la realidad de nuestra lengua. Desde Aristóteles sabemos que el hombre es “un animal político”, y los poetas no son la excepción, aunque hayan sido expulsados de la República.
A riesgo de parecer incomprendida, la autora alza la voz en medio de un desierto de siglos donde el varón ha dictado el canon, y es justo decir que puede asimilarse como una novedad que causa sorpresa: ¿una mujer escribió la biografía poética del último zapatista? La autora intuye y lo celebra; sabe, como la poeta polaca Wislawa Szymborska, que “escribir es la venganza de una mano mortal” l