Cinexcusas / Entre lo viejo y lo nuevo
- Luis Tovar @luistovars - Sunday, 24 May 2026 02:37
En un lapso de veintitrés años, el guanajuatense Gerardo Naranjo ha dirigido –y en varios casos producido o coproducido, escrito o coescrito– seis largometrajes de ficción: el primero es el poco visto y conocido Malachance (2003); le siguió Drama/Mex (2006), cuya frescura y osadía lo puso en la mira de los nuevos realizadores del presente siglo; con Voy a explotar (2008), típica/atípica historia amorosa, comenzó a dar muestras sólidas de un lenguaje fílmico propio; dos años más tarde, Miss Bala (2008) perfiló su interés por abordar los lindes y cruces entre los ámbitos sociales y los criminales, como de alguna manera también puede verse en Kokoloco (2020). El más reciente es El yerno (2026), primero presentado en festivales y recién estrenado en cartelera y la plataforma digital Netflix, que puso los dineros.
Usos y costumbres
El guión de El yerno, escrito a seis manos por James Schamus, Gabriel Nuncio y Alexandro Aldrete, desarrolla una historia que bien podría considerarse paradigmática de ciertos usos y costumbres de la vida política mexicana, hoy por hoy signada en buena medida por aquello de que lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo no acaba de morir. Juan Sánchez, el protagonista, es acabado ejemplo: yerno más bien a fuerzas de un político local de medio pelo en el ficticio estado de Albacruz –un Veracruz deliberadamente poco disfrazado–, Juan es tan ambicioso como imaginativo, pero con eso no le alcanza para que su familia política lo deje entrar de lleno a los negocios hechos al amparo del poder. Todo a nivel estatal, un golpe de suerte con un político de medio pelo, al mismo tiempo que su asociación temprana con El Lobo, un narcotraficante medianamente poderoso, serán la oportunidad que Juan llevaba años persiguiendo para hacerse con lo que, reduciéndolo a mero administrador, sus suegros, su cuñado y su esposa le negaban: dinero y poder.
Convertido primero en jefe de tránsito que le cuida las espaldas y le llena los bolsillos al político local, después elevado a fiscal alvacruzano –sin que él lo sepa, realmente en calidad de pieza sacrificable en un puesto que nadie quiere–, Juan se convertirá en Serpiente, entrará de lleno a las turbiedades y la criminalidad institucionalizada, aunque soterrada, en virtud de la cual la droga corre y los asesinatos en la región suben o bajan, para beneficio o perjuicio de la imagen pública y las ambiciones de su jefe, quien ya como gobernador del estado le exigirá primero que le mantenga la fiesta en paz y después, por órdenes de más arriba, que rompa el frágil equilibrio entre grupos criminales, para lo cual Serpiente debe traicionar su viejo pacto con El Lobo.
¿Hoy como ayer?
Contada en largo flashback desde el punto en el que Juan/Serpiente es apresado en una cárcel estadunidense, a manera de moneda de cambio en sustitución de un alto militar corrompido al que se deja libre no obstante su clara culpabilidad, cronológicamente la trama comienza en los años ochenta, con un muy joven Juan, en largas elipsis pasa por los noventa y primeros dosmiles, hasta llegar a la segunda década del presente siglo. Al menos a nivel local gobierna el PRI, claramente identificado, y es a la lógica del antiguo régimen a la que obedece tanto la “ideología” como el proceder de Juan, su parentela, sus jefes y sus socios, sin excepción practicantes de aquellas viejas máximas según las cuales para lo único que sirve el poder es para enriquecerse: “el que no transa no avanza”, “yo no pido que me den sino que me pongan donde hay”, “un político pobre es un pobre político”, etcétera.
No obstante, la obvia alusión al general Cienfuegos de la vida real –detenido en Estados Unidos, luego liberado y devuelto a México–, y puesto a pactar con agencias gringas sólo para ser finalmente traicionado por ellas, el sacrificio de la pieza menor que, en términos políticos, es un procurador estatal, ubican la historia en un presente diegético que no por medianamente ambiguo deja de tener resonancias con el tiempo real l