Bemol sostenido / Miles, 100 años
- Alonso Arreola @escribajista - Sunday, 24 May 2026 02:59
Éramos adolescentes cuando, luego de una larga fiesta en Coyoacán (en casa de un amigo guitarrista), nos enteramos de que el trompetista estadunidense Miles Davis había muerto. El artículo de la revista, abandonada sobre una mesa sobrepoblada con cerveza, hablaba de su vida musical pero también presentaba imágenes de su obra pictórica. Corría el año 1991. No sabemos el porqué de ese recuerdo tan nítido. Pero allí está. Insoslayable hoy, cuando este polémico pilar de la música universal cumple cien años de haber nacido.
En aquel momento aún no perseguíamos el lenguaje del jazz. Los héroes del género nos parecían personajes de una novela distante. Hasta ese día ‒reflejo de ignorancia estereotipada‒, los grandes nombres de su historia adornaban fotografías en blanco y negro, mismas que adornaban libros de gran formato, que adornaban estanterías colosales, que adornaban librerías caprichosas.
El del swing, entonces, nos parecía un mundo lejano a la fuerza del metal, al atrevimiento del progresivo, al impacto del rock o del pop. (¡Qué equivocados estábamos!) Pero había un llamado misterioso en esos cuadros de la revista. Y bueno, claro que otros amigos ya nos habían hablado de Miles y de Coltrane y de Parker… De muchos genios sumergidos en drogas o ideas políticas irritantes; recordados por mirar sus raíces con nuevo empoderamiento.
Hoy, con más referentes, podemos decir que los cuadros de Miles Davis combinan el trazo del Basquiat ingenuo con el enorme acierto de la espontaneidad sonora. Tal como la trompeta que se adhiere al aire, su pincel vuela en trazos ligeros, adquiriendo momentos de gran peso temático. Negro. Africano. Enmascarado. Entrando y saliendo de albercas figurativas, con texturas atrayentes, Miles resulta consistente tanto en lienzos como en acetatos. Exhibe huellas despreocupadas, lectora, lector. No parece interesado en melómanos o galeristas. Simplemente es, sucede.
Fue en los años ochenta cuando, instalado en su estatus divino y girando con bandas que brindaban comodidad, el músico se volvió más prolífico con los colores. Ello lo hermanó a otros colegas que buscaron conexiones entre bocinas y caballetes. Pensamos en Joni Mitchell y Frank Sinatra, en David Bowie y Bob Dylan, en Arnold Schöenberg, en nuestros apreciables Jazzamoart, Sergio Arau y José Fors. En muchos para quienes ese fue un cruce artístico natural.
Ahora bien, cumpliéndose diez décadas de que Miles Davis viera la luz, y tratándose éste de un espacio sonoroso, nos vemos gustosamente obligados a recomendar tres discos que, de entre los muchos notables, nos resultaron especialmente importantes. Primero Tutu, allí donde un joven Marcus Miller sorprende al mundo con su bajo y su genio componiendo y produciendo. Otro que genera una escisión en la cultura estadunidense, sin duda es Birth of the Cool. Allí suena “So What”, monumento al jazz modal. Y aunque parezca una locura, señalaríamos igualmente el Doo Bop. Un disco que para muchos resultó desfondado y pretencioso, pero que nos confirmó la maravillosa sed de futuro que vivía en su corazón.
Finalmente, queda compartir otro momento raro de nuestra juventud cuando, estando de vacaciones familiares por Veracruz y resistiendo las críticas del abuelo materno (amante de Beethoven), nos pusimos a leer la autobiografía de Miles coescrita con Quincy Troupe. La apertura es maravillosa. En ella el trompetista habla de su primer recuerdo: la sorpresiva y atemorizante llama de una estufa de gas. Una llama azul que lo dejará marcado. Se trata de un libro excepcional, considerado fundamental para la memoria de la cultura negra. Dicho ello, celebremos a Miles, sea escuchándolo, leyéndolo o mirándolo. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.