Maternidades: falsa realización, impotencia y rebeldía

- Evelina Gil - Sunday, 10 May 2026 02:54 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
LA MATERNIDAD NO SIEMPRE FUE UNA ELECCIÓN CONSCIENTE. EN ALGÚN MOMENTO, Y DURANTE CIENTOS DE AÑOS, LA OBLIGACIÓN FUNDAMENTAL DE LAS MUJERES, SIN IMPORTAR SU CLASE SOCIAL, ERA PARIR HIJOS, CASI SIEMPRE BAJO LA PREMISA DE QUE SE TRATABA DE UN MANDATO DIVINO O, EN UN SENTIDO MÁS TERRENAL, POR RAZONES ECONÓMICAS: MANO DE OBRA, PERMUTA BIOLÓGICA, SUCESIÓN DE PODERES...

 

 

GRACIAS A LA liberación de métodos anti-conceptivos, las mujeres ganaron algo de soberanía sobre sus cuerpos, aunque todavía faltaban, y faltan, muchas batallas por librar para alcanzar la meta de una genuina planificación existencial al margen de las imposiciones sociales. No es casualidad, por tanto, que la demo-grafía haya descendido en las últimas tres déca-das; que las nuevas generaciones hayan cancelado de su futuro la crianza de hijos y que las mujeres que deseen ser madres antepongan la realización profesional y paran un hijo único cuando se van aproximando a los cuarenta años. Siempre habrá gente dispuesta a decirte lo que debes hacer, peor aún, lo que debes pensar, y no siempre será algo que te brinde tranquilidad. Lo que raras veces encontrarás será apoyo, no digamos institucional terapéutico, sino moral.

No es que la maternidad se haya convertido, de la nada, en un tema problemático: lo ha sido siempre, pero solía ser obligatorio callarlo (como todo aquello relativo al cuerpo femenino) y había que soportar en silencio los reveses que, muchas veces, trae consigo la responsabilidad de formar a un ser humano. Frases infames que se siguen pronunciando, sin reflexión mediante, como “soy padre y madre al mismo tiempo”, son el orgullo de unas pocas y la tragedia de muchas que han entendido, de la peor manera, que semejante exi-gencia termina por anularte como ser humano y, de paso, devorarte, especialmente si te toca en suerte lidiar con hijos que requieren algo más que cariño y educación.

El cine ha comenzado a exponer esa gran men-tira de la maternidad como realización sublime de las mujeres… que no dudo lo sea para una muy privilegiada minoría. Y es válido. Pero la fórmula de los años cincuenta, especialmente en el cine mexi-cano, en que la madre padecía, perdonaba y sacri-ficaba todo por amor a su prole, ya no resuena con la realidad de las mujeres del siglo XXI que, muchas veces, colapsan tratando de equilibrar una mater-nidad problemática con una profesión o carrera que también es importante para ellas.

 

Tres ansiedades y un solo problema

EN 2014, LA directora australiana Jennifer Kent partió del tema de la maternidad en solitario para crear una de las grandes joyas del terror de lo que va del siglo, Babadook, donde una joven madre viuda (Essie Davis) ha de lidiar con un hijo hiperactivo de seis años, que a su vez mate-rializa al ente que da título al filme, descubierto a través de un libro infantil. El gran reto del filme es plantear múltiples posibilidades: ¿es real el monstruo y qué es lo que busca? ¿El hijo ha tras-pasado sus terrores infantiles a su madre, o al monstruo lo alimenta el cansancio y la ansiedad de la madre? Y, lo más perturbador: ¿es peor el monstruo que la sociedad poco empática que se esfuerza en marginar a la mujer por los proble-mas psicológicos del hijo? En esta, como en otras películas enfocadas en la maternidad, aparecen las insoportables madres “normales” que aíslan a la que, evidentemente, no lo es, porque su hijo es diferente. Ni siquiera la hermana de Amelia, la protagonista, es capaz de advertir el cansancio que ésta arrastra; la culpa directamente de las conductas agresivas del niño. Narrada así, esta “película de terror” parece tomada de un episodio cotidiano cualquiera. Muchas madres conocemos la experiencia de convertirnos en genuinas almas en pena, arrastrando hijos neurodivergentes que la sociedad, y esto incluye a los propios médicos y trabajadoras sociales, asumen como “una culpa” que hay que pagar y no como un problema que podría mejorar. Se crea una barrera casi táctil entre las madres de hijos “especiales” y quienes deberían auxiliarla con lo que en otros tiempos llamarían “tu cruz”. Las madres que ya no pueden dormir normalmente han dejado, por fortuna, de ser retratadas como “heroínas” para presentarlas como seres humanos que oscilan entre la desespe-ración, la frustración y el enojo; a quienes el gran amor por sus hijos no les obstaculiza pensar en ellas mismas, en su propia humanidad y la inexis-tencia de instancias honestamente interesadas en procurarles algo tan elemental como el descanso. La “posesión” de Babadook sobre la madre, que pasa de mujer sufrida a maltratadora psicológica, podría fungir como la metáfora de algo sobre lo que comienza a visibilizarse: la psicosis que des-encadena una prolongada privación de sueño; el estrés que producen esas llamadas de la escuela que podrían anunciar una catástrofe o, en el mejor de los casos, otro sermón de la profesora sobre tu fracaso como madre.

Aunque en un tono algo más optimista, ligero y hasta con un cariz de fantasía, Tully (Jason Reit-man, 2018), con un espléndido guión de Diablo Cody (Juno, 2007) es un trayecto hacia el colapso físico y nervioso de una madre que, a un avanzado estado de embarazo, suma la total incomprensión en la escuela hacia su hijo cuyo diagnóstico nunca se menciona pero, todo parece indicar, es autismo. Aunque, a diferencia de Amelia, Marlo (Charlize Theron) cuenta con el apoyo de un esposo y un hermano adinerado, ésta debe tolerar ese lenguaje condescendiente que, entre aparentes palabras de afecto y comprensión (“tu hijo es demasiado especial”), además de camuflar la discriminación la responsabiliza directamente de la condición del hijo. Como en muchas de estas escuelas se le exige, a condición de no dar de baja al niño, que contrate lo que técnicamente se denomina “maes-tro sombra”. En vez de ello, Marlo acepta la oferta de su hermano de contratarle una “niñera noc-turna” que se presenta como una hada madrina, aunque la realidad, distorsionada acaso por una psicosis postparto, es mucho más sorprendente  y deja expuestos un cuerpo y una mente total-mente devastados por la imposibilidad de alcan-zar la perfección.

Pero si Babadook tuvo que recurrir al horror para mostrar esta realidad sin que pareciera exa-gerada, Si pudiera te patearía (cuya traducción más realista es Si tuviera piernas te patearía, que sugiere la ausencia o inutilidad de un miembro, 2025), debut de Mary Bronstein, necesita recu-rrir a la comedia negra para que la situación de Linda, la protagonista (una brutal Rose Byrne), no se desborde en una real tragedia. A diferencia de Amelia, Linda tiene un esposo marine que permanece alejado la mayor parte del tiempo y ella trabaja como terapeuta. La naturaleza de la enfermedad de su hija es física, no mental, pero, al estar conectada a un tubo, requiere múltiples cuidados. En principio la situación parece más leve, hasta que un grave desperfecto en la tubería de su departamento obliga a la madre y a la hija a buscar alojamiento en un hotel. En ese reducido espacio, Linda debe vigilar permanentemente la máquina a la que está conectada su hija de unos cinco años, y cambiar las bolsas de alimento durante las madrugadas. Para tolerar esas noches en vela, la madre busca consuelo en el vino, aun-que la chica de la recepción, que parece ajena a su situación “especial”, se refiere a ella como “la borracha” y la juzga con la misma dureza que el resto de personajes. En cada salida de la habita-ción de hotel debe llevar consigo un monitor para mantenerse atenta a los movimientos, a la respira-ción de su hija. Las primeras líneas de la película son un manifiesto introductorio de rebeldía de la madre que no está exigiendo compasión sino ser tratada como un ser humano; “no soy elástica, no soy plastilina”. El tubo que alimenta a su hija se convierte en un símbolo de dependencia, en un insalvable cordón umbilical. Linda exige, desde el minuto uno, que se lo retiren, pero la doctora se niega. Linda no recuperará humanidad mientras ese tubo la fuerce a ser elástica como plastilina cuando lo que en realidad desea es estrellarse con-tra las olas.

Linda carece de una red de apoyo, aunque esté rodeada de personas que pretenden fungir como tal. La doctora Spring suele plantársele para arrojarle algún reproche, al tiempo que repite de manera absolutamente mecánica: “no puede permitir que los sentimientos de culpa y control la afecten. No es culpa de nadie”, para luego con-dicionar su tranquilidad: si la niña no alcanza un determinado peso para la próxima semana, será imposible retirarle el tubo. El terapeuta de Linda, que cronometra sus consultas, no le brinda el tiempo suficiente para que ella vacíe la angustia que la asalta a través de sueños perturbadores. Linda, terapeuta ella misma, carga con los proble-mas que sus pacientes insisten en colgarle. Una de sus pacientes, Caroline, sufre depresión (o psi-cosis) postparto y manifiesta su terror de hacerle daño a su bebé, incluso le hace llegar un video de la célebre Andrea Yates, la madre que libró la pena de muerte al demostrarse que sufría psicosis postparto al momento de ahogar a sus cinco hijos en una bañera. En una escena clave, Linda acude a una reunión, que parecería obligatoria, donde la severa doctora Spring vuelve a la carga respecto a “no sentir culpa” y una de las madres echa a llorar, sin que la consabida frase haga eco en ella; “siento que esto es mi culpa”. La médica advierte en Linda un gesto de hartazgo y la fuerza a expresar lo que piensa. La olla de presión estalla, bajo las miradas incriminadoras de las demás madres, convencidas de que merecen no dormir y no vivir: “No es justo, pero es culpa nuestra. Todo esto es culpa nuestra. Nadie se esfuerza si tiene una red de seguridad.” Linda es humana, odia al sistema, se cansa de tener que colocarse una almohada sobre la cara para poder gritar… está brutalmente cansada, tanto, que se confiesa arrepentida de su maternidad.

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