Hugo Hiriart y la página perfecta
- José María Espinasa - Sunday, 10 May 2026 03:05
CON CIERTA FRECUENCIA viene a mi memoria un momento de conversación con Juan José Arreola, curiosamente un momento reposado, con melancolía pero sin exaltación, en la cual el autor de Confabulario decía, con un humor un tanto triste, que él se pasaba haciendo un cuento perfecto y cuando creía que lo había conseguido le decían que era un poema. Eso me lleva a la idea de la página per-fecta que evita así la polarización entre cuento y poema, y para la cual se suele poner como ejem-plo tanto la literatura que escribió el de Zapotlán, como su posición ante la creación. Por eso se lo suele emparentar con otro hacedor de páginas perfectas, Jorge Luis Borges. Es lo que me inte-resa aquí decir sobre Hugo Hiriart, a quien en un viejo ensayo puse en la estirpe de Arreola dentro de la literatura mexicana, y de lo cual ahora me voy a desdecir en parte. Hugo Hiriart no busca la página perfecta, busca la página a secas, sin el exaltado calificativo. ¿Qué significa esto?
Hace ya unos cuarenta años un escritor de mi generación, que tiene algunos puntos en contacto con Arreola e Hiriart, hizo un provocador ensayo en el que señalaba la enfermedad que aquejaba a algunos de nosotros: la “critura”, frente a la escritura. Es frecuente que al escritor en busca de la página perfecta ‒Borges, Arreola, Julio Torri‒, aunque tenga una obra extensa (como Borges) se le considere un autor magro. Hiriart no es, ni su literatura ni él en mi recuerdo, alguien magro, sino al contrario. Diría que es claramente un cri-turo, sólo que aquí utilizo el término como elogio y no como reproche. Hiriart no para de escribir ‒y no sólo de escribir, también dirigir teatro, pin-tar y dibujar, y hablar (es un gran conversador). No busca la página perfecta sino simplemente la página, y por la naturaleza de esa búsqueda no puede parar; nunca se la encuentra y, aunque se la encuentre, siempre está por delante. Estas reflexiones me surgen al leer dos libros recientes de nuestro autor: Autobiografía apócrifa y la redición en un solo volumen de El juego del arte y El actor se prepara, inciso ‒magnífica idea‒ de una biblioteca Hugo Hiriart en Random House, muestras de esa ejemplar búsqueda.
Para Arreola como para Rulfo la página perfecta significó el silencio escrito. Y eso a Hiriart no le atrae, es un autor no sólo escrito sino sobrescrito, y por lo tanto muy deudor de la condición oral; sus libros tienen siempre algo de conversación, al grado de que el lector se sorprende a veces contestando en voz alta a sus argumentaciones: no, Hugo, no es así. ¿A quién le habla, por qué lo tutea? Las dos preguntas son consecuencia de esa actitud ante el hecho de escribir, pues provoca un sentimiento de camaradería. Muchas veces al leerlo he sentido la tentación de calificarlo como un escritor fragmentario y me detengo sorpren dido por la paradoja de que en general sus textos tienen un acabado notable, incluso cuando son ensamblajes de textos misceláneos. La conversa-ción, a pesar de su naturaleza inconclusa, no es vivida como fragmentaria. El clásico, decíamos ayer, es simplemente su constatación interrum-pida pero sin interrupciones. A Hiriart le gustan las paradojas para mostrarlas como intuiciones que se resuelven en algo, tal vez una certeza, nada paradójica. Por eso él con frecuencia se complace en señalar que en su juventud quiso ser filósofo y que eso, como sucede en muchas ocasiones, lleva a la literatura.
Esa condición de búsqueda lo seduce por la bús-queda misma, no tanto por aquello que se busca y que paradójicamente no se quiere encontrar: la página perfecta. Por eso su literatura es adictiva para el lector, pero también para el propio escritor.
Hugo ha pasado por muchas etapas, el ensayista, el memorialista, el novelista, el dramaturgo, el guionista, el director de escena, el artista plástico… incluso un libro notable de “autoayuda” (Vivir y beber) y detrás de todas sus facetas está el filósofo que no pudo ser, más bien que no quiso ser, tal vez porque intuía en la actitud del filósofo un detenerse que el artista no admite. Ello no impide que sea un lector inspirado de textos filosóficos que alimentan sus ensayos. A su vez esa condición de diversidad genérica no impide que tenga una personalidad reconocible en cada una de sus tramas creadoras. ¿Cuál es su tema? No importa, el asunto es escribir, no importa la excusa y hasta sin excusa, para él escribir es, como leerlo para nosotros, respirar. Y de allí esa condición enferma de la critura señalada al principio, sana en su darse en la página.
En algún momento de Autobiografía apócrifa señala que el hombre es por definición el ani-mal que juega. El espíritu lúdico permea todo lo que hace. Y el juego siempre es con, y no contra, alguien, incluso el solitario, que provoca un des-doblamiento de quien lo juega ante sí mismo. Un antídoto para la violencia que recorre nuestra época. Describir las distintas facetas que ha fre-cuentado rebasa esta nota y la dejo pendiente para otra ocasión. Un último señalamiento: Hiriart asume muchas veces el tamaño del texto periodís-tico: tres cuartillas, y le cuadra muy bien, porque ese espacio que ocupa es a la vez un tiempo ade-cuado para su escritura y una duración pertinente para su lector. Además, da tiempo a que el lector responda y haga su parte en la conversación.