La era de la islamofobia

- Alejandro Badillo - Sunday, 03 May 2026 02:21 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
La propaganda, monstruo de mil cabezas, sustenta su gran efectividad en los muy diversos medios de comunicación, en nuestros tiempos aún más eficaces debido al poder de internet y las redes sociales. En Occidente han generado la islamofobia. Este artículo apunta las ideas esenciales y el contexto histórico de ese fenómeno.

En abril de este año se difundió en las redes sociales un fragmento del programa que publica en YouTube el pastor estadunidense Dale Partridge. El líder religioso –nacionalista cristiano para más detalles– afirmó que una de las mayores amenazas de Estados Unidos son las mujeres blancas liberales. Añadió que la mayoría de las mujeres no son capaces de votar de manera responsable. El comentario no es un exabrupto de un sujeto aislado de la sociedad, un excéntrico sin influencia en su comunidad. El movimiento por derogar la Enmienda 19 –que permite el voto a las mujeres– ha crecido en los años recientes en Estados Unidos, según reportajes de medios como el New York Times. Algunos han ironizado diciendo que las declaraciones de Partridge no le piden nada a los clérigos radicales musulmanes, famosos en el mundo por oprimir a las mujeres. A pesar de esta inquietante analogía, no escuchamos en los medios occidentales afirmaciones acerca de que Estados Unidos es un país bárbaro, antimoderno, irracional o un peligro para la civilización.

La demonización del extranjero tiene un largo recorrido en la historia de la humanidad. Aparece como un fenómeno en gran parte irracional que aprovecha las crisis sociales para ofrecer un chivo expiatorio a la mano. Así sucedió con el antisemitismo en el siglo XX, pero no es el único caso. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 presentaron a los estadunidenses un nuevo enemigo: el terrorista islámico que amenaza al llamado “mundo libre”. La coyuntura también inauguró la primera etapa de una vigilancia masiva a los ciudadanos –el Acta Patriótica de George W. Bush– que se aceleró con los datos que fue recopilando internet y el ecosistema digital que nos rodea. De esta manera se llevó a cabo una efectiva campaña de propaganda global para acusar al terrorismo islámico de todos los males de Occidente, olvidando –convenientemente– que Al Qaeda, la organización fundada por Osama Bin Laden, autor intelectual de los atentados, cooperó con Estados Unidos durante la invasión soviética a Afganistán. En aquellos años se recordó la película de Sylvester Stallone estrenada en 1988, Rambo III, en la que los valientes afganos eran idealizados en su lucha contra el enemigo –el ejército soviético– en los últimos años de la Guerra Fría.

Un autor que ha contribuido, desde la ficción y el ensayo, a combatir la demonización del islam, es el autor franco-libanés Amin Maalouf. En las novelas León el Africano y Samarcanda, entre otras, retrata al mundo árabe –cuando dominaba una parte de Europa– como un mosaico de culturas, lenguas, invenciones y transformaciones. Sus novelas presentan al islam del siglo VII al XV como parte de sociedades multiculturales, recordándonos que las religiones no son estáticas sino que interactúan con realidades complejas y responden a contextos que desbordan, muchas veces, la ortodoxia de los textos sagrados. En Los jardines de luz, novela de 1991, recupera la vida de Mani, líder religioso originario de lo que actualmente es Irán y que vivió durante el segundo siglo de nuestra era. Su doctrina –el maniqueísmo– fusionaba, entre otros elementos, conceptos del cristianismo, budismo y zoroastrismo para unir a las diferentes comunidades del Imperio Sasánida. Maalouf, en 1998, publicó Identidades asesinas, un ensayo en el que ya advertía los riesgos del mundo global, su uniformidad y la reacción virulenta –instrumentalizando la religión– ante el dominio del libre mercado y sus profundas desigualdades. Para el autor –ganador el año pasado del Premio FIL de la Feria de Guadalajara– la identidad no es monolítica y está marcada por la continua exposición a experiencias que, idealmente, llevan a tender puentes con culturas de orígenes y costumbres diferentes.

La visión positiva de Maalouf en el sentido de que la globalización y la tecnología de comunicación podrían servir para unir a las personas ha quedado, por desgracia, en el cajón de los buenos deseos. El islam y la población árabe –a partir de la guerra contra el terrorismo– se han convertido en el principal objetivo del racismo del siglo XXI. Para historiadores como el italiano Enzo Traverso, el islam ha reemplazado al judaísmo como enemigo de Occidente y sus valores supuestamente emancipadores. Para lograr esto se ha hecho una caricatura del musulmán y se ha construido, sobre esa falacia, una fuerte discriminación racial que va más allá de la práctica religiosa o, incluso, del secularismo de la población de origen o ascendencia árabe que vive en Europa o en Estados Unidos. La idea del islam vendida como una religión fundamentalista ya había sido analizada en 2001 por Edward W. Said en Cubriendo el islam. Cómo los medios y los expertos determinan nuestra visión del resto del mundo, último libro de su trilogía conformada por Orientalismo y La cuestión Palestina. Para los medios estadunidenses, Medio Oriente ha sido una región del mundo dominada por una religión que va en contra de los valores emancipadores que se difundieron después de la Revolución Francesa. Sin embargo, la forma de practicar el islam es muy diversa y su práctica depende de contextos que han cambiado mucho en el transcurso de los siglos. De hecho, como afirma Said, el fundamentalismo islámico ha surgido como respuesta al colonialismo europeo en Medio Oriente y, posteriormente, el intervencionismo cada vez más agresivo de Estados Unidos e Israel en la región. Desde la caída del Sha en 1979 y la toma de rehenes en la embajada estadunidense ese mismo año, Irán se convirtió en uno de los principales oponentes a la política exterior de Washington. No sólo los medios, sino la misma academia –como se puede revisar en los innumerables ejemplos que ofrece Said– contribuyeron a crear la imagen de un país peligroso al cual había que confrontar constantemente.

Suhaiymah Manzoor-Khan, historiadora, poeta y activista británica musulmana, publicó en 2022 el libro Enredados en el terror. Cómo acabar con la islamofobia. Manzoor-Khan forma parte de una nueva generación de musulmanes nacidos en Occidente que han visto cómo el Estado policial global se concentra en ellos. Por medio de las nuevas tecnologías, el acceso a datos e información personal que se extrae cada segundo en la actualidad, se ejerce una discriminación contra la población racializada, en particular la de origen árabe, sin importar si sean practicantes religiosos.

La literatura, por supuesto, no ha quedado al margen de la demonización del islam. En 2015 el novelista Michel Houellebecq publicó Sumisión, un bestseller inmediato en el que se especula con la llegada de un presidente musulmán en Francia en 2022. La novela representa, fielmente, la paranoia de la población blanca a partir de la migración del Sur Global a Europa. Fue otro francés, Renaud Camus, quien en 2012 difundió una teoría de la conspiración: “El gran reemplazo”. La idea de que los europeos sean reemplazados por extranjeros, sobre todo musulmanes, es una fantasía que normaliza la xenofobia y el racismo. La ultraderecha dice defender la identidad de Occidente ante el embate de una población que convertiría, como sucede en la novela de Houellebecq, a los países europeos en califatos de facto, con cambios radicales en la educación, el Estado laico, entre otros. No deja de ser irónico que, después de la publicación de Sumisión, dos políticos de fe musulmana – Sadiq Khan, alcalde de Londres desde 2016, y Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York recientemente electo– no sólo gobiernen urbes occidentales importantes y multiculturales, sino que su agenda sea muy diferente a la del islam radical que vende la ultraderecha en el mundo.

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