Julio Travieso y la literatura en una isla

- José Ángel Leyva - Sunday, 03 May 2026 02:23 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Cuba tiene infinidad de historias que contar, muchas de ellas incrustadas en las adversidades que le ha impuesto la historia. La obra de Julio Travieso (Cuba, 1940) da cuenta de ello, en especial la que aquí se comenta, El polvo y el oro, “una novela que se mueve en las entrañas del régimen y en los agobios de la estrechez cotidiana, en la falta de comestibles, en la migración o los riesgos de la huida como posibilidad de vida y esperanza.”

 

Tras una ola de precariedades y desalientos, Julio Travieso (La Habana, abril de 1940-noviembre de 2025) recibiría, en 1994, el Premio Mazatlán de Literatura por su novela El polvo y el oro, publicada un año antes por Siglo XXI. Un bálsamo a la desesperanza y la derrota que representó el Período Especial tras el derrumbe del realismo socialista, la partida de los barcos rusos de Cuba y las sanciones comerciales incrementadas por George Bush, en 1992; bloqueo que Bill Clinton llevaría a niveles asfixiantes en 1996.

Los últimos treinta y cinco años de Travieso estuvieron marcados por la penuria, la sobrevivencia y la diáspora de su familia. Lo consolaba la escritura, la traducción y su espíritu coleccionista que lo llevaba a buscar ediciones príncipe. A veces se veía obligado a vender algunas para paliar urgencias domésticas y falta de medicamentos. En 2021, durante la pandemia, le fue anunciada la concesión del Premio Nacional de Literatura en su país; no lo recibió sino un par de años después.

Fue a finales de 1990 cuando su amigo Carlos Maciel, historiador y artista plástico, catedrático en la Universidad Autónoma de Sinaloa, hizo las gestiones para que la institución lo invitara a impartir cursos a la maestría de Historia. Se habían encontrado, a mediados de los ochenta, en el Instituto de América Latina de Moscú. Cursaban el doctorado, Maciel en Historia y Travieso en Economía. Pero en ambos dominaban otras pasiones, en el mexicano la pintura y en el cubano la literatura. Maciel, también conocido por su nombre artístico, Kijano, afirma que fueron los años de bonanza de Julio. Su condición de cubano le daba el privilegio de una beca más jugosa. Al año siguiente, a mediados de 1991, Travieso volvió a México con un manuscrito bajo el brazo. Era la versión mecanografiada de El polvo y el oro, que Maciel y yo leímos con rigor crítico.

Julio me había obsequiado antes la cuarta edición (1988) de Para matar al lobo, su primera novela (1971), publicada después de los libros de relatos Dios de guerra (1967) y Los corderos beben vino (1969). Por eso, cuando viajó a Moscú para realizar su doctorado en Economía, llevaba un aura de escritor reconocido; había ganado, en 1981, el Premio de Novela Cirilo Villaverde con Cuando la noche muera.

Ya en Para matar al lobo da muestras de un gran conocimiento de las técnicas narrativas modernas y recurre a la experimentación para construir un complejo andamiaje en el que sostiene la polifonía de voces testimoniales, víctimas y victimarios de la rebelión contra la dictadura de Batista: jóvenes universitarios alzados en armas, a la espera de los revolucionarios del Granma, sublevados muertos o heridos en emboscadas, sobrevivientes sometidos a sesiones de tortura, a menudo funestas. El placer de los torturadores contrasta con el idealismo y la ingenuidad, la valentía de los muchachos. Una novela que dialoga con la nueva narrativa de la violencia, no sólo por la acción sino y sobre todo por el lenguaje y los recursos narrativos.

Julio participó en esa revuelta y sufrió tortura, me lo vino a corroborar Ramiro del Río, un colega suyo que hizo un comentario en Facebook tras el anuncio de su muerte: “Julio y yo sobrevivimos al ataque a la armería en La Habana vieja, el 9 de abril de 1958. Fuimos encarcelados.” Tenían entonces dieciocho años. La violencia política fue un tema literaturizado en sus relatos, particularmente en Los corderos beben vino.

El polvo y el oro: Historia
en la ficción

En 1992, cuando recibí de sus manos El polvo y el oro, Julio traía signos claros de desnutrición y dolores intensos de la columna vertebral, pero lo animaba la posibilidad de ver publicada su obra en México. Desde las primeras páginas del manuscrito supe que estaba ante una obra de gran aliento. La narración de casi dos siglos de la historia cubana a través del árbol genealógico de una familia descendiente de un negrero español, que llega a la isla sin escrúpulos, con el objetivo claro de enriquecerse. Desde su arribo descubre que el comercio de africanos, a los que llamaba sacos de carbón, era el gran negocio de los británicos, el imperio con mayor tráfico de esclavos durante la colonia. Como en Para matar al lobo, el autor emplea recursos modernos que entreveran voces narrativas, en planos sincrónicos y diacrónicos, es decir que nos informan sobre la evolución social y cultural, nos llevan y nos traen a situaciones precisas, contrastantes entre el pasado y el presente. Así, con el tráfico africano y la migración europea a Cuba se gesta un sincretismo profundo, a veces soterrado para ocultar la negritud y las creencias religiosas de origen yoruba, porque el racismo es uno de los atavismos palpables en ciertas capas de la sociedad cubana. Recuerdo el comentario de un médico, amigo de Travieso, en una de mis visitas a la isla: “Sabes, la mayor tragedia no es la diáspora, es que la población blanca sea la que se vaya y nos quedemos con los negros.” Julio se moría de la vergüenza, pero aceptó que prevalecía en ciertos sectores una idea supremacista. Una llaga que su novela deja al descubierto.

El polvo y el oro no es sólo una novela histórica y de ficción, lo es también política, como casi toda la narrativa de Travieso. Nos muestra la crueldad y la abyección del esclavismo, refresca la memoria sobre las prácticas inhumanas de los colonos españoles, el racismo, el crecimiento de la población africana en la isla, el mestizaje, las aspiraciones independentistas, la figura impoluta de José Martí, la valentía del héroe negro Antonio Maceo (ambos mártires, ambos amados), la revolución con sus jóvenes brillantes e idealistas, la contrarrevolución, Guantánamo, la crisis de los misiles, la descomposición burocrática, la perpetuación castrista en el poder, el bloqueo estadunidense, la diáspora, el fin de la Unión Soviética, el Período Especial que no cesa, el grito acusador ante el pelotón de fusilamiento.

La historia atravesada por la aguja y el hilo de la literatura, por una voz de ultratumba que viene del rencor vivo, de la violación, de la humillación y el deseo, de los hijos bastardos. Voz sobrenatural, Mayombe que serpentea con su maldición a lo largo de esta obra en la que se respira el salitre y la humedad de los muros de la isla, su música y su danza, su pasado señorial y su presente acosado por viejos y nuevos enemigos. El polvo y el oro, traducida a varias lenguas, fue publicada también en España y de nuevo en México por Lectorum. No obstante, es una obra que no ha tenido la proyección y el éxito editorial de novelas cubanas como El hombre que amaba los perros, de Leonardo Padura.

En ambos autores, Padura y Travieso, la historia y la vida cotidiana, habanera, son temáticas recurrentes y revelan sus preocupaciones socioculturales. Llueve sobre la Habana es una novela que supura por las escaras de la prostitución; salida emergente de mujeres y hombres para conseguir divisas y aliviar un poco la precariedad y el hambre; oficio practicado no sólo por negras y mulatas sino por mujeres blancas, universitarias, mujeres y hombres con estudios. Años duros en que la isla se convirtió en destino predilecto del turismo sexual. Cuba tiene las jineteras (y los jineteros) más ilustradas, diría Fidel en su momento. La novela fue publicada por la editorial sevillana Renacimiento y, siete años después, aparecería otra novela del español José Luis Muñoz con el mismo título y con una temática similar. Seguramente con perspectivas distintas, pero Julio estaba convencido del plagio; Muñoz argumentaba una malhadada coincidencia. Como sea, la de Travieso es una novela que se mueve en las entrañas del régimen y en los agobios de la estrechez cotidiana, en la falta de comestibles, en la migración o los riesgos de la huida como posibilidad de vida y esperanza.

No sólo es Cuba, México está presente en muchos de sus cuentos y novelas. A lo lejos volaba una gaviota contiene relatos que narran situaciones chuscas tanto en La Habana como en Ciudad de México. Él, como muchos extranjeros, buscaban casetas telefónicas averiadas o “claves mágicas” para hacer llamadas de larga distancia gratuitas. No era extraño ver largas filas de cubanos, colombianos, centroamericanos, caribeños, aguardar turno para marcar sin costo a sus países. Una pequeña muesca al caudal de Carlos Slim. Anécdotas de la vida chilanga de un escritor cubano. Pero las filas en La Habana son leit motiv, lo mismo que la tarjeta de racionamiento para adquirir comestibles y bebestibles. “Comprar el ron o leer a Bajtin” es un cuento que ilustra la ansiedad entre el intelecto y el desabasto. La aprehensión por alcanzar la cuota de ron, antes de que se agoten la provisiones, se cruza con la obligación de dictar una conferencia al día siguiente sobre el teórico ruso. El licor no es para beber, sino para intercambiarlo por otros insumos, como jabón o papel sanitario, café o carne de puerco. La ironía y el sarcasmo del relato ilustra la lucha entre Eros y Tánatos, entre el deseo de quedarse y la necesidad de abandonar la patria, de huir o naufragar en el mar Caribe montado en una balsa o en una lancha de manufactura casera.

Julio era un cubano de cepa, mas un cubano atípico: no bailaba, no le gustaba la salsa, aborrecía la estridencia y los excesos. No obstante, poseía sentido del humor y un nutrido repertorio de chistes y de sentencias ingeniosas que pueden constatarse en su Cuaderno de los disparates (2017). También coexistía en él un pesimismo pernicioso y sombrío con el cual escribió Yo, el enviado (2009), una ficción que encierra el papel del mal en la evolución de la humanidad, pero, según esto, desde finales del siglo XX, el Enviado sentó sus reales en México. La muerte no le permitió a Julio escribir sobre la presencia del Enviado en Israel y Estados Unidos, sus planes de construir un balneario sobre los escombros de Gaza, y tal vez de transformar a Cuba en su antiguo prostíbulo.

Julio amaba México, soñaba con este país, pero él, isleño y habanero irredento, necesitaba para escribir la cercanía del mar, la humedad, el árbol que daba mangos y una sombra fresca en el patio de su casa.

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