Elogio de la pereza: el blues de J.J. Cale

- Hermann Bellinghausen - Sunday, 03 May 2026 02:25 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Elogio de una roquero de enorme talento y discreta figura, J.J. Cale (1938-2013), guitarrista excelso que cantaba, se dice aquí con admiración y acierto, “a los placeres de la pereza inteligente y a la mariguana de rigor, vertía lágrimas en su tequila, deploraba la pobreza del downtown angelino, simpatizaba con los de abajo y los perdedores con sus mejores notas...”

 

En la jerga roquera dan en llamar dios a Eric Clapton que, como suele suceder, es una exageración. Y si un presunto dios del rock (al parecer hay otros), tras imitar en los años sesenta el pacto-de-crucero-con-el-diablo de Robert Johnson, dedicó la década siguiente a imitar y saquear a un tal J.J. Cale, que no era dios, ni diablo, pero había perfeccionado la destreza de mano-lenta (slowhand) que Clapton quiso para sí de ahí en adelante, alguien grueso debía de ser. Clapton le hizo muy famosas dos canciones, Cocaína y Después de medianoche en la década de los setenta, su mejor época en mi humilde opinión. Pero sobre quién era el tal J.J. (fallecido el 26 de julio de 2013 en La Jolla, de un infarto cardiaco) no es mucho lo que se supo en vida suya. Era algo así como un flojazo genial. Para sus pacientes productores, el artista más inaprensible del medio. Para Neil Young, un virtuoso sólo comparable a Jimi Hendrix. La guitarra fue su religión.

Nacido en 1938 en Tulsa, Oklahoma, grabó algunos sencillos (pocos) entre 1958 y 1971. Fue hasta 1972 que terminó su primer álbum, Naturally. Desde los primeros acordes se presentaba como “la brisa” (“Call me the breeze”) y, por increíble que parezca, eso fue y nada más: una brisa siempre fresca de blues campirano, jazzeado y veloz, al que debe Dire Straits su sustancia primera. Si Clapton es el hermanito abusado y abusivo, Mark Knopfler resulta el vástago directo de ese estilo suave, ágil, melódico y rítmico de pulsar la lira. De entonces a Roll On (¿rolón?) en 2009, grabó quince discos (incluyendo los inéditos de Rewind, 2007), para añadir el póstumo Stay Around (2018); ninguno es mejor ni peor y todos son obras maestras, cargadas de breves composiciones, epigramas de sabiduría vagabunda, el sonido con la misma arquitectura, la inconfundible voz de fumador y esa guitarra perfecta. Con decir que el único álbum distinto es el comparativamente sobreproducido The Road To Escondido (y aún así estupendo y entrañable), que grabó con el mismísimo Clapton en 2006. El astro inglés tardó treinta y seis años en pagar su deuda vital. A Cale debió darle igual, aunque en To Tulsa and Back: On Tour with J.J. Cale (2005), documental de Jörg Bundschuh, admitía que el reconocimiento “le ayuda a mi ego”.

Cantaba a sus novias flacas (Woman I love ain’t much more than skin and bones: “la mujer que amo no es mucho más que huesos y pellejo”), a los placeres de la pereza inteligente y a la mariguana de rigor, vertía lágrimas en su tequila, deploraba la pobreza del downtown angelino, simpatizaba con los de abajo y los perdedores con sus mejores notas, celebraba la naturaleza con conciencia ambiental y practicaba el alarde musical para ahuyentar suegras engorrosas. El prisionero, polizonte en el tren, viajero en carro o autobús. Days go by, cantaba. Caminos de ida y vuelta en la gran pradera: una banda sonora perfecta para nuestra road movie mental.

“Tuvo una infancia feliz, y se le notaba”

Creó algo así como un blues en suspensión, que parece transparente pero basta que uno lo menee tantito para que se le agiten los colores y se reparta su sabor. Su gran pretensión fue su falta de ella. Al combo básico del rock le añadía dosis variables de sax y teclados minimalistas, y sus rolas se desenvuelven así nomás, con el pespunteo siempre de su prodigiosa guitarra, lenta y relajada. Para los títulos de sus álbumes no se hacía bolas, eran “naturalmente” simples. Unos de plano llevan 5, 8, 10, por todo título. A su estilo se le llamó laid back. Pero no fue ningún güevón, su perfección y su producción son las de un artista disciplinado y con intenciones claras. Por eso tan seguro y despreocupado.

Su acompañante y compañera fue Christine Lakeland, flaca y sonriente, a quien conoció en 1977 y unió a la banda en 1979 para la grabación del quinto álbum. En adelante participó como segundas voz y guitarra en prácticamente todas las grabaciones del músico paradigmático de Tulsa. Su cercanía musical fue más constante que su matrimonio, formalizado en 1995. Sería ella quien lo acompañara al final, si bien desde 1984 desarrolló una solvente carrera solista. En 2014 tocó en el álbum The Breeze. An Appreciation of J.J. Cale, convocado por Eric Clapton para recordar al amigo, donde guitarrean Willie Nelson, Tom Petty, John Mayer, Don White, David Lindley, Albert Lee y, obligado por Clapton, el sangrón de Mark Knopfler.

Los tempranos hits de Clapton, y la roqueadísima versión de “Call Me The Breeze” por Lynrd Skynyrd en 1975, lo promovieron como autor y recibió pronto reconocimiento, aunque a diferencia de sus pares optó siempre por la discreción. Sus composiciones resultaron muy interpretables en manos de artistas tan diversos como Johnny Cash y Captain Beefheart, The Band, Santana, Leon Russell, The Allman Brothers, Maria Muldaur, Widespead Panic y moe.

Clapton ha declarado que Cale fue una de sus personas favoritas, un hombre sencillo “que tuvo una infancia feliz, y se le notaba”. Si Luis Cernuda opinaba que Dashiell Hammett fue “un escritor para escritores”, muchos consideran a John Weldon (J.J.) Cale un “trovador para trovadores”, que gastaba las uñas y los jeans en no hacer gran cosa, salvo tocar y rodar. Fue siempre el mismo, del principio al final. Pocos artistas en el mundo salen así, ya hechos, no evolucionan, no envejecen, no conceden; hacen poco ruido y, sin ser dioses, sorpresivamente nunca mueren l

Versión PDF