Tríptico del tiempo

- Gustavo Ogarrio - Saturday, 25 Apr 2026 22:19 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

I

Teogonía

En cada avenida languidece la sombra del Dios del abismo y del asfalto, ninguna de sus verdades de murmullo sirvió para destruir, con su furia sin océanos, esta ciudad estoica. Muchos afirman que murió atropellado y que su aliento todavía caliente se desvaneció en el parabrisas roto de un tráiler cargado de plátanos y mesas. Otros sostienen que escapó hacia los volcanes la noche del último terremoto y que de su fuga surgieron los vientos que hacen retumbar los puentes peatonales y los anuncios luminosos en los que también agonizan hombres y mujeres en bikinis de colores divulgando el fin de los tiempos. Se dice que de una mañana de tormentas eléctricas y de juramentos refulgentes de lluvia nacieron pequeños dioses que ahora habitan las coladeras y los ríos entubados que cruzan la ciudad. Estos dioses menores, hijos del agua y de la suciedad, emascularon a los pordioseros que se escondían en esos pasillos subterráneos y libaron durante años el vino amargo de esas aguas negras. En el punto más alto de su miseria y de su gloria, se blasfema contra ellos en las plazas y en los mercados y corre el rumor de que en el mar subterráneo de líquidos turbulentos apenas hoy son enaltecidos en secretos rituales con sus pequeños trajes de buzo y su triste parodia de titanes de la mierda. No tenemos esfinges, todas ellas murieron en combates incomprensibles. Los dioses de la justicia se quedan dormidos en algún vagón del Metro y por las tardes también cantan a todo pulmón insignes boleros de artistas muertos. Tampoco tenemos ya ningún destino que cumplir, ninguna gracia ultraterrena que ilumine nuestros momentos más infames o que nos obligue a la maldición secreta de nuestros hijos o a la traición que rige calladamente nuestras desgracias. Nunca más tendremos alas de murciélago que nos transformen en emisarios de algunos castigados por el olvido. Ningún poeta ciego camina ya por nuestras calles. Ningún ojo inmortal nos lleva la cuenta de todos nuestros suplicios.

II

Margarida

para Luciano Prado da Silva

para André Mantelli

para Valentina Quaresma Rodríguez

Mi nombre es Margarida, vivo en Cruzeiro do Sul y todos dicen que tengo 116 años, con sus días y sus noches impalpables. Soy un recuento vetusto de sombras gobernadas por el murmullo. Soy la herida misma del tiempo, el descuido de un dios homicida. Nunca tuve un novio, podría decir que le tenía miedo a mi padre y que mis entrañas fueron saqueadas por ese miedo que se impuso en mí como una devoción. Además, mi madrina de bautismo un día me susurró al oído: “Nunca te cases.” Y yo le obedecí para vengarme de ella, para vengarme de todas y todos por anticipado. Para vibrar sin deseo tuve que ser este cuerpo sellado, esta sonrisa sin fulgor de virgen clausurada; el siglo negro que vive en mí es un largo velorio en el que sólo se ríe el diablo. Cuando estoy un poco ebria de silencio le digo a los micrófonos de la radio y de la televisión –que vienen a verme de vez en cuando como si fuera la madre de Dios y me preguntan por mi edad y por los caballos que ardieron secretamente en mis ojos–: he sido muy feliz y no tengo nada que reclamar, porque mi felicidad no está en los hombres. Investida de ese poder que me ha dado el transcurrir del tiempo, les digo lo que quieren escuchar: la vida es una fosa, un ataúd de tiempo, un desierto moribundo, un sol que no arde, las sustancias invisibles del río que se pegan en los techos de las casas de madera; la vida siempre es el paso brutal de los años. Ellos ríen y se van complacidos con mis herejías. Todos han muerto. Mis padres y mis tres hermanos; un zapatero que venía de Río de Janeiro; una prostituta que se internó en el Amazonas y de la cual se dice que en las noches grita al borde del río mientras camina hacia atrás, como una hermosa reina despojada e invertida; veinticinco curas de la iglesia de San Francisco; treinta niños y dieciocho niñas que se ahogaron en el río. Últimamente me duele mi pierna izquierda y esto no me ha dejado salir de casa. Soy devota de San Francisco y guardo cuarenta y tres imágenes suyas. Los domingos en la tarde me refugio en mi cama, apago la luz y en una radio muy vieja me pongo a escuchar las tres misas que se celebran en Cruzeiro do Sul. Tengo miedo de quedarme para siempre aquí en la Tierra.

III

Una carta

evocación de Francesca Gargallo

De la boca saturnina nació su carta hablada; la tinta labial que fue dibujando aquella tarde una caligrafía diáfana de palabras e imágenes que se rompían con el viento del otoño.

Hermanas: abracen la semilla glaciar de otros deseos donde quepa la ternura secreta de sus historias. Corran a la orilla de este mundo en el que la sangre es la ecuación pública del odio, de esta galaxia de lunares en el desierto; arrojadas e insepultas en medio de la guerra muda. Corran a refugiarse en las manchas de betabel que dejaron las abuelas en sus rostros para cubrirlas de los mismos tormentos, del toro de sesenta años enfurecido porque no le servían la comida. Nunca más el precipicio que murmura crucifijos y obediencia. Nunca más el patrón montado, el torpe títere que babea el horror de la pernada en el hombro sin escapatoria. Nunca más la caricia incomprensible del destino de tiniebla que las reparte en la eternidad como cabras heridas; aves descompuestas ante la certeza del cazador complacido. Nunca más esas boquitas inmóviles, rosadas, como de chupón, cerradas para siempre en la imagen funesta de los diarios. Besen los rostros quemados del amor, la felicidad breve de cenicienta sin príncipe. Evoquen la alegría matinal compartida al menos con aquella o aquel que les sirvió el desayuno o que las cubrió con la sábana después del último sollozo; o que en su desorden de aguas las quiso monstruosas, ciertas, ambiguas, incomprensibles. Acomodadas la una con la otra, frotando su pedazo de olvido en el dorso. Que se mezcle con el olvido su saliva negra de brujas intemporales, que se calcinen sus manos en el rozamiento mutuo, en esos masajes de tierra que guardan algo de la sustancia nocturna de los árboles. Fajen, broten, háganse verdes y violetas sin miramientos, sin las fantasías sicalípticas de los machos frustrados, renuncien al baile de Barbies que el mundo preparó para ustedes. Déjenles a ellos la tristeza de los genitales furiosos, que las aves de rapiña devoren los falos que caerán como moscas en la playa morada de los metales muertos, esos falos con su ojo ciego que mira a ningún lado, o como peces que se estremecen moribundos en la arena para boquear los estertores de la vida submarina.

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