Los misterios de un manicomio

- Vilma Fuentes - Saturday, 25 Apr 2026 22:24 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
En la zona de Tlalpan, al sur de Ciudad de México, zona no sólo de hospitales generales o especializados, se encontraba el Sanatorio Psiquiátrico Floresta, ahora el Parque Juan de Asbaje, que en este artículo es recordado con cierta melancolía, “acaso desprendida de los pacientes que circulaban entre sus árboles”.

 

Acausa de misteriosas razones que no tienen una razón de ser distinta a su existencia, la mayoría de los hospitales psiquiátricos, llamados manicomios por la gente, se hallaban situados al sur de Ciudad de México en Tlalpan, sitio donde floreció la primera urbe prehispánica de la Cuenca de México. Lugar de recreo y esparcimiento desde la época novohispana, sus bosques, lagos, casas e iglesias hacen de Tlalpan una de las zonas más bellas de la capital mexicana. No puedo dejar de recordar, cuando me refiero a esta zona, a un gran amigo y poeta: Ignacio Hernández, por desgracia desaparecido, quien presumía de ser tlalpeño de hueso colorado.

Cabe señalar que la palabra “tlalpan” está formada por dos voces en náhuatl: tlalli que significa “tierra” y pan que quiere decir “encima o sobre”. Así, la palabra en conjunto significa “encima de la tierra” o “en la tierra firme”.

Escenario de la primera sociedad estratificada urbana en la Cuenca de México, sus ruinas se conservan en Cuicuilco, pues su desarrollo se vio interrumpido por la erupción del volcán Xitle hacia el año 100 aC. Después de ser ocupado por tribus nahuas, Tlalpan fue parte del marquesado del Valle de Oaxaca que se otorgó a Hernán Cortés en recompensa por sus conquistas. Desde finales del siglo XVII se convirtió en sitio de recreo donde algunas ricas familias construyeron suntuosas fincas. Después de muchas peripecias entre la Independencia de México, el Segundo Imperio, el porfiriato y la Revolución, Tlalpan se convirtió en una de las doce delegaciones del Distrito Federal. Lo que la Historia no explica es por qué los hospitales psiquiátricos, entre éstos la antigua Castañeda, rebautizada Fray Bernardino, se instalaron en Tlalpan. Otros manicomios se domiciliaron también en esa zona. Tal fue el caso del Floresta, hospital privado cuyo propietario era el doctor Millán, padre de los médicos Alfonso e Ignacio.

El Floresta era un terreno donde se levantaban tres unidades habitacionales que gozaban de un vasto parque. Este jardín respiraba una melancolía acaso desprendida de los pacientes que circulaban entre sus árboles. En la primera de las tres unidades estaban alojados, y encerrados, los enfermos que sufrían de accesos violentos y los que acababan de sufrir electrochoques –la cabina donde éstos eran aplicados se ubicaba también ahí. Muchos de ellos eran enfermos de nacimiento y otros no recuperarían nunca la salud mental.

La segunda unidad, constituida por un largo dormitorio donde se alineaban dos hileras de camas, era habitada por enfermos incurables pero sin graves manifestaciones agresivas. Enfermos enviados al hospital por alguna administración sanitaria, los cuales se veían condenados al encierro de por vida. Estas víctimas de alienación mental gozaban del permiso para pasearse en los jardines durante el día. Su pérdida de la lucidez era debida a algún accidente que afectó su cerebro o un choque emocional capaz de conmocionar sus funciones mentales. Estos pacientes, más o menos lúcidos, se distraían trepándose en un escenario de teatro sin telón ni foso de orquesta, puesto a disposición de los locos por algunos de los psiquiatras que creían en la curación mental gracias a una actividad artística.

La tercera unidad, erigida alrededor de un agradable jardín exclusivo, estaba formada por una serie de cuartos privados donde eran alojadas personas adineradas y más o menos deprimidas, sufrientes de un choque sin consecuencias, enfermos que requerían asistencia médica temporal, pero conservaban su lucidez. Algunos de ellos, para ocuparse durante su estancia en el Floresta, crearon una especie de periódico titulado, no sin humor, El Ocote. Por esta unidad pasaron algunas personas bastante famosas
que padecían alcoholismo o de alguna otra adicción.

Había también una sección secreta a la cual tuve acceso por accidente y a causa de mi curiosidad ante una puerta cerrada. En esta parte escondida a los ojos indiscretos se albergaban seres que no tenían apariencia humana, cuyas familias gozaban de suficiente dinero para mantenerlas en vida, ocultas en este pabellón hermético, con excepción de alguno de los médicos psiquiatras iniciado en el secreto de su existencia.

Los doctores Millán dudaron mucho en conservar la existencia del Hospital Floresta cuando su padre murió. Herederos del establecimiento, les fue difícil encontrar un médico deseoso de encargarse del manicomio. Ni Alfonso ni Ignacio quisieron esclavizarse en el funcionamiento diario del hospital, el cual requería atención, esfuerzo y trabajo las veinticuatro horas del día. Alfonso me contó que terminaron por trasladar a los enfermos a otros establecimientos y vender el sitio como terreno. Con una sonrisa entre divertida y melancólica, me narró también cómo vio volar y perderse en el espacio los archivos del hospital, la vida de sus locos antes del encierro en el nosocomio. Y en el olvido quedaron, esa mañana, sus existencias esfumadas y los recuerdos que el viento se llevó.

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