Galería / El brutalismo arquitectónico

- José Rivera Guadarrama - Saturday, 25 Apr 2026 22:42 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

 

Durante la década de los años cincuenta del siglo pasado, surgió un movimiento arquitectónico que priorizaba una determinada “honestidad estructural”, cuya característica predominante era la de exhibir los materiales de construcción, sin ornamentos; eran edificaciones realizadas con el propósito de ser duraderas y accesibles a la mayoría de la población.

A esa corriente se le llamó brutalismo arquitectónico, en el que se priorizaban las formas sencillas y que los materiales empleados fueran crudos, expuestos, sin la intención de embellecer las estructuras. Con estas propuestas emergentes, este movimiento se oponía a todos los estilos que le habían precedido.

Pero esa disrupción obedecía además a los grandes cambios por los que estaban pasando las sociedades de aquellos años. Era una época que se estaba recuperando de dos grandes guerras, por lo tanto, los materiales escaseaban y la población en todo el mundo experimentaba un crecimiento constante. En ese sentido, como actividad social, la arquitectura buscaba crear espacios y modelar entornos en donde las personas pudieran vivir e interactuar, por lo que esta tendencia también contendría valores, concepciones y formas de vida en el acontecer humano. Era una actividad que buscaba expresar una cosmovisión subyacente, un todo cultural, un valor vital dominante.

Así, entonces, no se trataba de un simple construir, ya que en determinados momentos la arquitectura ha tenido que debatirse entre forma, funcionalismo u ornamentación, como una manera de zanjar la división entre individuo y comunidad.

La Unitè d´Habitation, construido en Marsella, Francia, es considerado como uno de los primeros edificios brutalistas. Fue realizado por el arquitecto Le Corbusier durante los años 1947 y 1952. Concebido como una “ciudad jardín vertical”, está hecho de hormigón, cuenta con 337 departamentos, con pasillos interiores y servicios comunes, como guardería y gimnasio, y tiene capacidad para mil 600 personas, y busca armonizar la vida individual con la colectiva.

Su apariencia es masiva, cruda, ortogonal y geométrica, sin ornamentos, de acuerdo con las características de ese incipiente estilo que predominaría durante casi tres décadas del siglo XX; es decir, tiene expuesto el material de concreto con el que está construido, tiene formas sencillas y es funcional.

El término “brutalismo” fue empleado por el ingeniero británico Reyner Banham, quien adaptó las palabras francesas béton brut con la que se conoce el hormigón armado, que es el principal material usado por este movimiento. Al adaptar la palabra al inglés, lo llamó brutalism.

En México y en el resto de nuestro continente tuvo mucha resonancia durante los años setenta y ochenta. Por ejemplo, el Auditorio Nacional, tal como lo conocemos ahora, pertenece a ese movimiento. De igual manera, el Centro Cultural Universitario de la UNAM sigue esa misma corriente, ya que contiene tonalidades grises y marrones en concreto expuesto y robusto, con enormes dimensiones, planos inclinados entre líneas verticales y horizontales, y ofrece un peculiar juego de sombras. También podemos incluir la construcción del Heroico Colegio Militar, el Museo Tamayo, el Colegio de México, entre muchas otras. En todos ellos se destaca la masa y materialidad, señales distintivas de este tipo de estilo arquitectónico.

El declive del brutalismo comenzó a finales del siglo XX, a partir de la década de 1970, sobre todo por las críticas a su apariencia austera y su escasa adaptabilidad a las necesidades sociales contemporáneas, pues además daba cierta percepción de frialdad, aunado a los problemas de mantenimiento y al envejecimiento de las estructuras, dando paso a otras corrientes arquitectónicas más contemporáneas.

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