Bemol sostenido / El internet y la memoria
- Alonso Arreola @escribajista - Saturday, 25 Apr 2026 22:40
Nos hemos acostumbrado a pensar en la memoria como un territorio frágil, dispuesto al extravío o la manipulación. En contrapeso activo, proyectos como el de Internet Archive almacenan, ordenan, contextualizan y ponen a disposición pública una vasta cantidad de materiales que de otro modo quedarían dispersos o en riesgo de extinción. Se trata de recuerdos vivos, en expansión constante, sostenidos por una lógica altruista que privilegia el acceso irrestricto.
Hablamos de una organización que ha tejido entramados con librerías e instituciones variopintas, pero también con proyectos similares entre los que destaca el International Internet Preservation Consortium (IIPC), cuya fuerza, igualmente, proviene de una comunidad que digitaliza y comparte contenido libremente. Algo parecido a Wikipedia, lectora, lector, pero que va más allá de la síntesis del conocimiento para abocarse al resguardo de huellas materiales: libros, grabaciones, sitios web ligados a fuentes originales.
El uso legal de este gigantesco compendio es claro: dominio público, licencias abiertas, acuerdos con titulares de derechos y el principio internacional de “uso justo”. Bajo esa lógica han desarrollado, incluso, modelos como el “préstamo digital controlado” que replica el funcionamiento de bibliotecas físicas. ¿Por qué hablar de esto hoy?
Hace unos días recibimos noticias de un amigo: el melómano Adam Jacobs donó a Internet Archive más de diez mil grabaciones en casetes y otros formatos en los que registró conciertos ocurridos desde los años ochenta. Por décadas y sin proponérselo, construyó un índice de enorme valor histórico. Según dijo a Associated Press, buscaba “preservar momentos que de otra manera se perderían”. Indicó que su registro contiene “versiones únicas y atmósferas irrepetibles”. Y sí.
En su acervo se traza una cartografía amplia de la música anglosajona en vivo: Nirvana, Björk, Sonic Youth, Phish y la estela de Grateful Dead, entre cientos más, sonando en espacios como CBGB de Nueva York, el 9:30 Club de Washington D.C., el Metro de Chicago o el Great American Music Hall de San Francisco. Recintos donde Jacobs fue presencia habitual y en donde las gerencias aceptaban su labor como parte del ecosistema.
En México, foros como el Tianguis Cultural del Chopo y el Multiforo Alicia han sostenido, asimismo, una cultura de intercambio y registro libre que documenta lo efímero. Nuestra Fonoteca Nacional, como hemos publicado anteriormente, ha institucionalizado parte de ese impulso, aunque la práctica informal sigue siendo decisiva al capturar sonidos en tiempo real. ¿Estamos romantizando la piratería? No. Jacobs no compartió ni usufructuó esas obras.
Gracias al trabajo de voluntarios, su legado se digitaliza y circula en línea. Al escucharlo accedemos a errores, variaciones, decisiones instantáneas. Reconocemos el pulso con el que muchos artistas consolidaron credibilidad ante públicos concretos. Para la crítica musical de nuestros días, además, esos documentos son contraste y referencia pues permiten matizar mitologías y revisitar juicios. En un entorno saturado, estas iniciativas afinan la capacidad de selección en los oyentes. Nos colocan a todos en el nacimiento mismo de la cascada para ampliar la comprensión. Pero también exigen una escucha más atenta. Allí hay decenas de canciones que movieron al mundo, pero recién paridas. Nos corresponde valorar que en los esfuerzos individuales hay una resistencia poderosa frente al olvido colectivo, desenfrenado. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.