Retratos del abismo: la sabiduría narrativa de Jack London Alejandro Montes
- Alejandro Montes - Saturday, 18 Apr 2026 21:23
I
La fotografía de un Jack London jovencito, al lado de su perro, los dos mirando con firmeza, pero a la vez con quietud a la cámara, dice mucho de este escritor: la postura de su cuerpo delata seguridad, sus pequeños puños ya muestran una sutil rudeza, su rostro pinta inteligencia, su mirada perfila la intensidad de carácter de quien sería uno de los principales narradores estadunidenses de todos los tiempos.
La vida de Jack London fue agitada de principio a fin. De niño laboró en diferentes oficios (a los ocho años fue peón de granja, vendedor callejero de periódicos a los diez…); sudó en la “bestia de trabajo” por 10 centavos la hora, en jornadas de 12 a 18 horas diarias planchando camisas; viajó por varios países; fue traficante de ostras en la Bahía de San Francisco (ganó el apodo el Príncipe de los piratas de las ostras) y luego policía marítimo; pescador de focas en Japón; paleador de carbón; vagabundo que pasó un mes en la Penitenciaría del Condado de Erie, Nueva York; aventurero en búsqueda de oro por Canadá (donde perdió cuatro dientes frontales por culpa del escorbuto); corresponsal de guerra en Veracruz; se disfrazó de pordiosero para conocer la vida de los que nada tienen en Londres y escribir sobre ella en Gente del abismo. En su ensayo “Lo que la vida significa para mí”, describió la síntesis de su paso como obrero: “Mi entorno era crudo y áspero y hostil. No tenía perspectivas, sino más bien una mirada hacia arriba. Mi lugar en la sociedad estaba en el fondo.” Después sería el escritor mejor pagado de su país.
Murió en 1916, a la edad de cuarenta años (la versión oficial señala uremia como causa, pero también se menciona sobredosis).
Con el historial anterior, London –entre novelas, cuentos, artículos, conferencias– publicó cincuenta y un libros. Hace de su narrativa una fuente de sabiduría. Reflexionó sobre el sufrimiento que existe en el hombre cuando lucha contra la naturaleza o la sociedad, contra otro hombre o contra sí mismo para sobrevivir. Narró la dureza de la vida, donde el individuo vale poco y, por ello, sólo se tiene a sí mismo para afrontar la vida. En su autobiografía, donde dice que en “los congestionados centros industriales de Oriente –donde el individuo no significa nada y ha de valerse de todas sus fuerzas para obtener un empleo”– pinta de un trazo la inequidad social. Los personajes de este autor se enfrentan sólo con sus manos a los problemas que se presentan en su camino. A veces triunfan, muchas veces fracasan. Pero aún con lo complicado de la existencia humana, London no escribió desde la frustración melodramática, sino desde personajes conscientes de que la creencia de la felicidad o el éxito artificial son quimeras inventadas para consolar a los incautos.
Sus textos ofrecen una visión contundente de la lucha permanente de la existencia para no dejarse vencer tan fácilmente por las adversidades del entorno. En esto hay una sabiduría narrativa que conecta con el lector donde, como dice en La llamada de la selva:
Había que dominar o ser dominado, y mostrar compasión era una debilidad. La compasión no existía en la vida primordial, pues se la confundía con el miedo, y tal tipo de confusiones llevaban a la muerte. Matar o morir, comer o ser comido: tal era la ley. Y él [se refiere al perro Buck] obedecía este mandato, proveniente de las profundidades del Tiempo.
II
London narró desde la esquina del perdedor. Desde el personaje que sabe que todos y todo no están con él necesariamente pero, aun así, se aferra porque una rabia interna le impide derrumbarse y lo obliga a seguir, aunque en el fondo conoce que el descalabro es su destino. En “Un bistec”, muestra el rostro amargo de la derrota, de la impotencia, cuando el personaje, el viejo pugilista King, después de hacer todo lo posible por vencer, cae noqueado por la juventud de su oponente. Al final, King llora y comprende a aquel viejo boxeador a quien venció por knockout hace muchos años y también lo vio llorar solo en el vestidor.
London conoció bien el box –miró peleas en tabernas, apostó en combates clandestinos en salones y la vida misma así lo curtió–; describió con milimétrica exactitud lo que pasa en la pelea hombre a hombre, tanto arriba como abajo del ring. La tensión antes de pelear, el miedo contenido, el sonido de los golpes, el sudor de los cuerpos, los tipos de golpes y castigos, las mañas comunes, las virtudes técnicas, el tormento de los derechazos y cruzados al rostro o al hígado, el dolor de la derrota… son elementos que utilizó para generar tensión dramática. Quizá para London el ring fue como la vida.
Jamás repitió la misma fórmula narrativa. Cambió la perspectiva, el enfoque de la trama. En “Un bistec”, El mexicano y “El combate”, el foco narrativo radica en la tragedia implícita albergada en el box y cómo los personajes la afrontan, pero no desde el pugilato, sino desde lo que pasa antes, durante y después, así como los motivos y las consecuencias por ponerse los guantes.
Sus personajes tienen una profundidad psicológica que se muestra en los conflictos dramáticos que exploró en sus relatos. El hombre de “Encender una hoguera”, por ejemplo, se enfrenta contra la naturaleza –¿o contra su propia estupidez por ser imprudente ante el frío polar que lo llevó a la muerte por congelamiento?–: “El frío del espacio azotaba el polo desprotegido del planeta, y él, que estaba en aquel polo, recibía toda la fuerza del impacto.” Lloyd Inwood y Paul Tichorne (que recuerdan al William Wilson de Edgar A. Poe) luchan a muerte en “Luz y sombra”, cuento de ciencia ficción, pues se odian porque son igual de repugnantes: “De nuevo oí la embestida de los cuerpos, el sonar de golpes, el jadear de sus respiraciones anhelantes, unido todo a la presencia de rápidos destellos de luz y de vertiginosos movimientos de la sombra, que demostraban lo enconado de la pelea.”
Las descripciones en la crónica Gente del abismo muestran a hombres y mujeres sumidos en un sistema social:
Las calles estaban pobladas por una raza diferente, nueva para mí, de baja estatura y aspecto vil y alcoholizado. Durante varias millas no vimos otra cosa que ladrillos y mugre, y en cada cruce no había otro panorama que ladrillos y miseria. Aquí y allá se tambaleaba un hombre o una mujer en plena borrachera, y el aire resultaba obsceno por el sonido de las peleas y disputas. En el mercado, viejos y viejas temblorosos revolvían los desperdicios arrojados al fango buscando patatas, alubias y verduras podridas, mientras los chiquillos se apiñaban como moscas alrededor de una masa de fruta corrompida, hundiendo sus brazos en una pasta pútrida para extraer pedazos que devoraban al instante.
London no victimizó al hombre; también mostró la crueldad y la estupidez de éste, reflejadas en la brutalidad de las “caricias del látigo” que utiliza para someter a los animales. Al describir una de las peores caras de la insensatez humana, la crueldad en contra de los animales, otorgó un ejemplo de sabiduría narrativa. En Colmillo Blanco, el indio Castor Gris lo muestra: “Esperaba ya que ocurriera aquello. Enarbolando el garrote con viveza, le paró los pies al perro en mitad de su embestida, lanzándolo de un taconazo contra el suelo. Castor Gris se echó a reír, aprobando lo hecho.”
III
Jack London fue un escritor con actitud ante la vida (Ambrose Bierce se decía amigo de él), contradictoria por momentos, pues ideas de Marx lo influenciaron (en El talón de hierro hizo una prospección literaria donde Ernest Everhard es líder anticapitalista), pero llegó a tener un rancho propio en California y comprar un velero que bautizó con el nombre de Snark para dar la vuelta al mundo. Defendía el derecho del proletariado, pero llegó a ganar miles de dólares. Fue un vago al que le gustaba leer en la biblioteca pública de Oakland para autoeducarse (ahí la poeta Ina Coolbrith le enseñó a amar la lectura).
También fue un borracho de largo alcance; señaló en su autobiografía que de puberto compraba cerveza en vez de dulces. Escribió una novela que narra su alcoholismo, John Barleycorn, donde afirmó: “Alcancé una condición en la que mi cuerpo nunca estaba libre de alcohol.” Upton Sinclair ironizó: “Que la obra de un bebedor que no tenía intención de dejar de beber se convirtiera en una pieza mayor de propaganda en la campaña por la prohibición es, sin duda, una de las ironías de la historia del alcohol.”
Quizá por andar entre polos opuestos, London se hizo todoterreno y, con ello, su actitud ante la vida y la literatura alcanzó sabiduría no sólo para describir la condición –¿o contradicción?– humana, sino para comprenderla con honestidad. Si bien la rudeza destaca en varios de sus relatos, también resalta la visión sensible y compasiva de la existencia. En El vagabundo de las estrellas, el profesor Darrell Standing, recluido por homicidio en San Quintín, castigado con la camisa de fuerza, viaja espiritualmente a sus vidas pasadas.
Sin considerar la posibilidad de que London creyera en la reencarnación o fuese seguidor de la metempsicosis, en esa novela de 1915 planteó con total responsabilidad la importancia de mirar hacia adentro de uno mismo y reflexionar sobre el sentido de la vida:
Debo acabar aquí. Déjeme que lo diga una vez más. La muerte no existe. La vida es espíritu, y el espíritu no puede morir. El cuerpo muere y se transforma, se disuelve en un fermento químico que se funde para cristalizarse en una nueva forma, que también acabará por diluirse. Solamente el espíritu perdura, y vive siempre en un eterno ascenso hacia la luz. ¿Qué seré yo cuando vuelva a vivir? Quién sabe. Quién sabe.
El mexicano (fragmento)
Jack London
I
Nadie conocía su historia... y los de la Junta los que menos de todos. Era su “colaborador misterioso”, su “gran patriota”, y a su manera trabajaba para la inmediata Revolución Mexicana con tanto ahínco como ellos. Tardaron en reconocerlo, pues a ninguno de los de la Junta les gustaba. El día en que apareció por primera vez en sus reducidas y atareadas oficinas, todos sospecharon que era un espía: uno de los agentes del servicio de Díaz. Tenían a demasiados camaradas en prisiones civiles y militares dispersas por los Estados Unidos, y a algunos de ellos, incluso los llevaban encadenados al otro lado de la frontera, los ponían delante de una pared de adobe y los fusilaban.
A primera vista el chico no les impresionó
favorablemente. Un chico, eso era. No tenía
más de dieciocho años y no estaba especialmente desarrollado para su edad. Dijo que se llamaba Felipe Rivera y que su deseo era trabajar para la revolución. Y eso fue todo... ni una palabra más, ninguna explicación adicional. Se quedó esperando de pie. A sus labios no asomaba ninguna sonrisa; ninguna cordialidad en sus ojos. El corpulento y decidido Paulino Vera sintió un escalofrío en su interior. Delante tenía algo repulsivo, terrible, inescrutable. Había algo ponzoñoso y como de serpiente en los ojos negros del chico. Ardían como un fuego frío, como con una infinita y reconcentrada amargura. Pasaron igual que un relámpago de los rostros de los conspiradores a la máquina de escribir en la que se afanaba la diminuta señora Sethby. Sus ojos descansaron en los de ella, pero sólo un instante ‒la señora Sethby se había aventurado a levantar la vista‒, y también ella notó ese algo innombrable que la hizo detenerse. Tuvo que volver a leer el papel que tenía delante con objeto de coger nuevamente el hilo de la carta que estaba escribiendo.
Paulino Vera miró interrogante a Arrellano y a Ramos, y éstos se miraron a su vez interrogantes entre sí. La indecisión de la duda asomó a sus ojos. Aquel chico delgado era lo Desconocido, investido de todo el peligro que representa lo Desconocido. Era un tipo muy extraño, con algo que estaba situado más allá del alcance de aquellos revolucionarios honestos y sencillos cuyo feroz odio hacia Díaz y su tiranía, después de todo, no era más que la de unos honrados y sencillos patriotas. Pero el chico poseía algo más, y ellos no sabían qué. Sin embargo, Vera, siempre el más impulsivo, rompió el fuego.
‒Muy bien ‒dijo con frialdad‒. Conque dices que quieres trabajar para la revolución. Bien. Quítate la chaqueta. Puedes colgarla ahí. Ven, yo te enseñaré dónde están los cubos y las bayetas. El suelo está sucio. Te pondrás a fregarlo, y luego fregarás el suelo de las demás habitaciones. Las escupideras necesitan una buena limpieza. Luego están las ventanas.
‒¿Y eso será por la revolución? ‒preguntó el chico.
‒Será por la revolución ‒respondió Vera.
Rivera miró con fría desconfianza a todos los presentes, luego procedió a quitarse la chaqueta.
‒Está bien ‒dijo.
Y nada más. Día tras día acudía al trabajo: barrer, fregar, limpiar. Vaciaba de ceniza las estufas, traía el carbón y las astillas, y encendía el fuego antes de que el más activo de ellos llegara a su despacho.
‒¿Puedo quedarme a dormir aquí? ‒preguntó en una ocasión.
¡Vaya! Conque era eso: ¡Díaz enseñando la oreja! Dormir en las dependencias de la Junta suponía el acceso a sus secretos, a las listas de nombres, a las direcciones de los camaradas que estaban
en suelo mexicano. La petición fue denegada y Rivera no volvió a hablar del asunto. Dormía, pero ellos no sabían dónde, y comía, pero tampoco sabían dónde ni cómo. En una ocasión Arrellano le ofreció un par de dólares. Rivera rechazó el dinero con un movimiento de cabeza. Cuando Vera se le acercó y trató de que lo cogiera dijo:
‒Trabajo por la revolución.
Cuesta dinero hacer una revolución moderna, y la Junta siempre se encontraba en apuros. Sus miembros pasaban hambre y estaban agotados, y por largo que fuera el día nunca era lo bastante largo y, sin embargo, había veces en que parecía como si la revolución se retrasara o fuera a fracasar por cuestión de unos pocos dólares. Una vez, la primera, cuando debían dos meses de alquiler de la casa y el casero amenazaba con echarlos, fue Felipe Rivera, el que fregaba con sus ropas pobres y baratas, destrozadas y andrajosas, quien puso sesenta dólares de oro encima de la mesa de May Sethby. Hubo más veces. Trescientas cartas escritas con las máquinas de escribir siempre en funcionamiento (peticiones de ayuda, de autorización de los grupos de trabajo organizados, exigencias de noticias exactas a los directores de los periódicos, protestas contra el despótico tratamiento dado a los revolucionarios por parte de los tribunales norteamericanos), estaban sin echar, esperando el franqueo. El reloj de Vera ya había desaparecido: el reloj de repetición tan pasado de moda que había pertenecido a su padre. Y lo mismo había sucedido con el anillo de oro macizo del dedo corazón de May Sethby. La situación era desesperada. Ramos y Arrellano se tiraban de sus largos bigotes con desesperación. Tenían que echar las cartas, y en Correos no vendían los sellos a crédito. Entonces Rivera se puso el sombrero y salió. Cuando volvió dejó mil sellos de dos centavos encima de la mesa de May Sethby.
‒¿Se tratará del maldito dinero de Díaz? ‒dijo Vera a sus camaradas.
Se encogieron de hombros sin poder decidir.
Y Felipe Rivera, el que fregaba por la revolución, siguió, siempre que se presentaba la ocasión, trayendo oro y plata para uso de la Junta.
Y con todo no terminaba de gustarles. No sabían cómo era. Sus costumbres no eran como las de ellos. No hacía confidencias. Rehusaba cualquier tipo de acercamiento. La juventud, de eso se trataba, y no tenían el valor de hacerle preguntas directamente.
‒Un espíritu noble y solitario, tal vez, pero no sé, no sé ‒decía Arrellano con voz queda.