James Baldwin, religiosidad afroamericana y derechos civiles

- Leopoldo Cervantes-Ortiz - Saturday, 18 Apr 2026 21:31 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
En el contexto de la sociedad estadunidense, en la que los conflictos raciales no dejan de presentarse, o cultivarse, sobre todo en los últimos años, este artículo recupera, encomia y recomienda la gran novela del escritor, poeta, dramaturgo y activista de los derechos humanos James Baldwin (1924-1987), Go tell it on the mountain, cuya lectura “implica un ejercicio de experimentación de la otredad como algo siempre necesario para ir más allá de la norma que cree apreciarlo y conocerlo todo, especialmente en estos tiempos oscuros en los que el racismo ha renovado fuerzas”.

 

El rostro del padre de John, siempre terrible, era ahora más terrible todavía; el cotidiano enojo de su padre se transformaba ahora en profética ira. Y su madre, alzada la vista a los cielos, moviendo las manos unidas por las palmas, convertía en realidad para John aquella paciencia, aquella fortaleza, aquel largo padecer de los que tenía noticia por la Biblia, y que tanto le costaba imaginar.

James Baldwin

No cuesta trabajo imaginar el asombro y la sorpresa que debió causar al teólogo luterano alemán Dietrich Bonhoeffer el estilo litúrgico afroamericano que conoció en la Iglesia Bautista Abisinia, en Harlem, Nueva York, durante su estancia en el Seminario Unión, entre 1930 y 1931. Su compañero de estudios, Albert Fisher, lo introdujo a esa comunidad de fe y lo acercó a las predicaciones del reverendo Adam Clayton Powell Sr. Subyacente a lo que permitía visibilizar la exultante adoración, estaba muy vivo lo que James Baldwin escribiría más tarde sobre sus tempranos años en una iglesia similar. Sea o no la novela un arte típicamente protestante, como ha analizado Joseph Bottum, lo cierto es que sus apreciaciones vienen muy al caso para acercarse, así sea mínimamente, a la primera y portentosa novela del escritor estadunidense:

Por muy poderosa que sea nuestra sociedad, es un epifenómeno creado por el drama metafísico del alma. Por mucho que nuestra cultura nos moldee, a escala cósmica, es sólo la lluvia prismática que lanzan los individuos que representan sus obras de salvación individuales. ¿Dónde, salvo en la reforma de muchos yoes separados, podríamos encontrar una base sólida para el cambio en su sociedad y cultura? […] Pero la nación no es el verdadero objeto de la gracia y la salvación. Sólo el alma individual tiene verdadero peso y trascendencia metafísica, y la novela es la historia del viaje de un alma.

James Baldwin (1924-1987) entró a los veintinueve años de edad a la historia de la literatura con una obra deslumbrante, Go tell it on the mountain (Ve y dilo en la montaña), título de un famoso cántico gospel, desgarrador relato con fuertes y duros tintes autobiográficos acerca del ambiente pentecostal afroamericano. Escrito de primera mano, pues él mismo fue un predicador adolescente, la novela introduce vívidamente
a ese mundo religioso tan incomprendido como estereotipado. En el mundo hispanohablante es posible conocer ese contexto religioso gracias a los relatos y novelas del chileno Hernán Rivera Letelier, cuya novela Himno del ángel parado en una pata (1996) lo retrata desde adentro con suma eficacia y realismo.

Los conflictos humanos y espirituales tejidos mediante una magistral serie de personajes que enredan sus vidas alrededor de la Iglesia aparecen como un crudo registro existencial. La amarga relación del protagonista con su padre y la presencia de las mujeres devotas otorga a la historia una profundidad que deja sin aliento. Es posible escuchar y adentrarse en ese universo marcado por la pobreza, el racismo, el rencor y la violencia a través de los sondeos que la narración consigue con un lenguaje siempre aderezado con los elementos de la fe. Las observaciones y reflexiones son incisivas y directas: “¿Y por qué acudían a la iglesia, noche tras noche, invocando a un Dios que ninguna atención les prestaba, caso de que más allá del despintado techo realmente hubiera un Dios? Entonces, John recordó que el insensato había dicho en su corazón: ‘No hay Dios’.” John, el hijo; Gabriel, el padre; Deborah, la esposa; Florence, la hermana de Gabriel; Elizabeth, la verdadera madre de John y otros personajes colaterales forman un rico mosaico que, a partir de la experiencia religiosa y humana, muestra las ambivalencias, desencuentros, vidas cruzadas y cruces de caminos de personas integradas en una comunidad que las integraba formalmente. Las secciones dedicadas a los personajes principales con frescos completos que indagan hondamente en la existencia de cada uno.

Los colores de la fe

Baldwin está emparentado directamente con clásicos como La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, y Matar a un ruiseñor, de Harper Lee. Esa religiosidad exuberante y envolvente es el telón de fondo de la convivencia de la fuerza espiritual de una comunidad con los fantasmas rudos de una sociedad supremacista que está retomando sus impulsos en estos tiempos. La novela maneja todo el tiempo una fuerte crítica hacia la práctica cristiana de la población blanca y de cómo la fe no le alcanzaba a ésta para identificarse con la población de color, igualmente cristiana. Los ecos de ese resentimiento son constantes: “Su padre decía que todos los blancos eran malvados, y que Dios les humillaría. Decía que no se debía confiar jamás en los blancos, que sólo decían mentiras y que jamás hubo blanco que amara a un negro. Él, John, era negro, y de esto se daría plena cuenta tan pronto creciera un poco, y entonces sabría lo malvados que son los blancos.”

La reconstrucción de la vida religiosa de la comunidad afroamericana y los matices que el autor encuentra en la espiritualidad pentecostal le permiten acceder, como fue natural por la enorme familiaridad que tuvo con ella, a una cultura religiosa que es experimentada mediante la lectura y el cambio de voces de los hombres y mujeres que se expresan allí. Uno de los grandes momentos del relato es la transcripción prácticamente completa de un sermón (basado en Isaías 18), con su tono oral intacto y el estilo interpretativo propio de esas iglesias, pues parte de una sección del profeta Isaías y de ahí se expande en una serie de divagaciones que abunda en exhortaciones y en reflexiones sobre la fe, la relación con Dios y el sabor apocalíptico de la vida, todo ello tejido con la necesidad cotidiana de lidiar con el racismo desatado en todas sus manifestaciones. He aquí un fragmento del sermón con todo el sabor evangelizador del momento, una auténtica perorata que forma parte de una campaña con expositores diferentes cada día:

‒¡Oh, hermanos y hermanas! ¡Se acerca el momento! Un día, Él regresará para juzgar a las naciones, para llevar a sus hijos, ¡aleluya!, al descanso. Y yo sé, bendito sea el nombre de Dios, que dos estarán trabajando los campos, y uno será elegido y el otro no; que dos yacerán, amén, en la misma cama, y uno será elegido y el otro no. Viene, amadísimos hermanos, como un ladrón en la noche, y nadie sabe la hora de su llegada. Entonces será demasiado tarde para gritar: “¡Señor, apiádate!” Ahora es el instante de prepararos, ahora, amén, esta noche, ante este altar. ¿Es que nadie quiere acercarse a esta noche? ¿Nadie quiere decir no a Satán y entregar su vida al Señor?

La enjundia homilética es transmitida con toda su intensidad gracias a la capacidad del narrador para trasladar el lenguaje del predicador al texto escrito. Son tan vívidos los párrafos de la pieza retórica que casi se escucha la exposición rodeada de las expresiones comunitarias desatadas y del entusiasmo con que se acompaña la predicación en esos espacios eclesiales. Hasta es posible percibir el agotamiento producido por semejante esfuerzo: “De nuevo se sentía agotado y enfermo. Estaba empapado en sudor, y a su olfato llegaba el olor de su propio cuerpo.”

Baldwin transfigura su pasado sin piedad y rompe lanzas con él para verlo como un purgatorio del que debió salir para explotar como una gran figura creativa de su tiempo, no exenta de polémica. Tanto así que debió distanciarse geográfica y anímicamente de su país por largos períodos. De hecho, moriría en Francia. Marguerite Yourcenar tradujo la obra teatral The Amen Corner, nada menos. Sus posteriores trabajos mostraron una veta personal que, para la época, fue sumamente provocadora y difícil de aceptar.

La lectura de esta obra maestra implica un ejercicio de experimentación de la otredad como algo siempre necesario para ir más allá de la norma que cree apreciarlo y conocerlo todo, especialmente en estos tiempos oscuros en los que el racismo ha renovado fuerzas. Baldwin ajustó cuentas con su país en varios momentos de su trabajo literario. Tal como lo señaló Diego E. Barros:

Baldwin escribiría en No Name in the Street (1972) que la imagen de Dorothy Counts desafiando tres siglos de supremacismo blanco fue la razón que lo hizo regresar de Francia, país al que había huido en 1948 para, en sus propias palabras, no acabar en la cárcel, asesinado a alguien, o muerto: “Alguno de nosotros debería haber estado con ella ese día […] en aquella luminosa tarde supe que debía abandonar Francia. No podía quedarme más tiempo en París discutiendo el problema de Argelia y la América negra. Todo el mundo estaba pagando sus facturas y había llegado el momento de volver a casa y pagar las mías.” En realidad, esto no era cierto, o al menos no del todo. Pero qué es un escritor sino el fabulador de su propia existencia.

Malcolm X bautizó a Baldwin como “el poeta del movimiento” de los derechos civiles. “Baldwin escribe una suerte de testamento vital a su sobrino de catorce años: este es el país en el que has nacido y has de sobrevivir, le dice. Publicado originalmente en la revista The Progressive, en apenas cuatro páginas, el escritor problematiza, medio siglo antes de la aparición del Project 1619 y décadas antes del desarrollo de la llamada teoría crítica racial (Critical Race Theory, CRT), el lugar de la raza en la historia de su país”. Y también del cristianismo, habría que agregar. A eso se refiere Barros cuando añade: “Sus textos saltan de Dostoievsky a Henry James, pasando por los bajos fondos neoyorquinos y las citas bíblicas heredadas de un padrastro predicador. Él mismo coqueteó con la idea de convertirse, a su vez, en pastor hasta que descubrió que ‘la iglesia no es la salvación de los negros de EU’. Y en esa iglesia incluía a todas”.

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