Cinexcusas / Todos los miedos el miedo
- Luis Tovar @luistovars - Saturday, 18 Apr 2026 21:36
Con su primer largometraje de ficción, titulado El diablo fuma (y guarda la cabeza de los cerillos quemados en la misma caja), el director, guionista y editor michoacano Ernesto Martínez Bucio (Uruapan, 1983) verificó el consabido tránsito cinematográfico de (casi) todo realizador, al arribar al largo aliento después de una estadía relativamente luenga y, en su caso, bastante afortunada en el cortometraje: su debut fue Benjamín, en 2007, y a lo largo de las casi dos décadas transcurridas desde entonces escribió y dirigió una media decena más de cortos, amén de editar otros cuatro de distintos cineastas y, destacadamente, el estupendo largometraje Blanco de verano (Rodrigo Ruiz Patterson, 2019).
El suyo en largo no fue uno de esos debuts poco menos que devorados por el semianonimato, pues obtuvo reconocimientos en festivales de Polonia, Hong Kong, Francia, Alemania –a la Mejor Ópera Prima de la Berlinale– y México –al Mejor Guión en Morelia–, con todo lo cual, a sus cuarenta y tres años, Martínez Bucio se perfila como un cineasta sólido del que cabe esperar más buenos resultados.
La época y la etapa
Martínez Bucio y Karen Plata son coautores del guión de El diablo fuma…, cuyo título procede de un poema escrito por Plata, ganadora del Premio Elías Nandino de Poesía 2025 por el libro Retratos de familia. Con toda seguridad el poemario influyó en el filme puesto que la trama, de acuerdo con afirmaciones de ambos guionistas, se nutre de sus respectivos recuerdos, especialmente sus miedos infantiles, aquí transformados mediante la ficción.
Sea que se apegue más o menos fielmente a la memoria de Martínez Bucio y Plata, la historia que se cuenta y los protagonistas de El diablo… funcionan bien a manera de alegoría tanto de una etapa como de una época: la primera, como ya se apuntó, es la infancia, mientras la segunda es la década de los años noventa mexicanos, período signado de manera infame por una larga lista de miedos, con el ominoso de perderlo todo a la cabeza. Recuérdese que los noventa en México corresponden al período nefasto del ascenso neoliberal, el “error de diciembre” que tumbó macro y micro economías, desmembró familias a causa de la migración forzada en busca de sustento y lo precarizó todo: la educación, el cuidado de la salud, la seguridad, los servicios y la atención gubernamentales…
Ese es el contexto en el que le toca vivir a los hermanos y la abuela protagonistas del filme; ellos pequeños, ella con un padecimiento mental –los padres están ausentes–, se hallan particularmente vulnerables a la posibilidad de sucumbir del todo, como la casa donde viven, auténtica metáfora tanto de su situación particular como de la vivida por la sociedad en su conjunto: en imparable y acelerado deterioro, parchada de improvisaciones, cada vez más inhóspita pero al mismo tiempo más necesaria para no perder lo último que les queda, es decir la solidaridad familiar que, aun con una galopante precariedad económica, los mantiene a flote.
La inminencia del derrumbe
Es por lo anterior que el arribo de los servicios sociales del Estado a la casa es visto como si de una amenaza se tratara: para los hermanos no significa ninguna salvación sino el desmembramiento de su núcleo, mientras que para la abuela –que se asume cuidadora cuando en realidad es ella a la que cuidan– significa la aparición del mismísimo diablo, a quien asegura ver. De suyo insostenible, la situación de vida de la familia anuncia sin ambages su derrumbe inminente, sólo precipitado por la irrupción gubernamental. La metáfora se completa: en ausencia forzada de los proveedores naturales de la familia, quienes deberían ser los protegidos se convierten en protectores y, llegado el caso, en defensores de su último reducto, y éste apenas es capaz de cumplir su función.
Se entiende por qué El diablo fuma… ha ganado tantos premios y por qué se aparta diametralmente del cine mexicano prevaleciente, tan bobo y epitelial l