Bemol sostenido / Rabia, algoritmo y sonido

- Alonso Arreola @escribajista - Saturday, 18 Apr 2026 21:51 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Bemol sostenido/

Alonso Arreola @escribajista

Rabia, algoritmo y sonido

Una emoción crece en el presente global: la rabia. No es nueva pero sí distinta. Además de dirigirse hacia gobiernos y sistemas abstractos, se eleva ante individuos concretos, identificables en escalas de riqueza. La figura del multimillonario ‒antes celebrada como síntesis de talento‒ encarna hoy una falla moral insoslayable.

El problema no es la acumulación de bienes sino la desconexión con la realidad cotidiana. A medida que la desigualdad se amplifica (Oxfam y World Inequality Lab estiman que uno por ciento de la población concentra cerca de la mitad de la riqueza global), crece la conciencia de que quienes concentran capital invierten donde hay rendimiento, no donde hay consecuencias. Hablamos, lectora, lector, de una economía sin empatía.

En tal contexto el caso de Daniel Ek, fundador de Spotify, es paradigmático. Su plataforma transformó el acceso a la música, pero también instauró un modelo cuestionable que distribuye alrededor del setenta por ciento de los ingresos a titulares de derechos. Eso, ya se sabe, no se traduce en ingresos para la mayoría de los músicos. El descontento aumentó cuando Ek, a través de su propia firma Prima Materia, hizo una inversión de 600 millones de euros en Helsing, empresa alemana de inteligencia artificial para uso militar (ya abordamos el asunto). De inmediato, artistas como Massive Attack retiraron su catálogo. No querían que su música estuviera conectada con tecnologías bélicas. El circuito entre cultura y guerra se había vuelto visible. Insoportable. Y hay más casos.

Jeff Bezos, fundador de Amazon, mantiene contratos multimillonarios con el Pentágono, consolidando la infraestructura de defensa estadunidense. Elon Musk “conecta” al mundo con sistemas satelitales clave en guerras contemporáneas, mediante Starlink. En ambos casos, la innovación se entrelaza con estructuras de poder militar o de vigilancia (porque el capital no sigue a la ética).

En América Latina la fractura adquiere matices de desigualdad propios. Empresarios como Carlos Slim ‒cuyo imperio se consolidó en sectores estratégicos como las telecomunicaciones‒ o figuras como Marcos Galperin, al frente de Mercado Libre, encarnan la promesa de modernización lo mismo que la persistencia de asimetrías: concentración de mercado y condiciones laborales precarias, más una fiscalidad cuestionable. Nada nuevo.

En el siglo XVIII, la obscena riqueza de una élite fue el combustible para la Revolución Francesa. Un siglo después, las críticas de Marx apuntaban a la misma separación entre quienes producen valor y quienes lo capturan. La diferencia hoy, empero, es la velocidad, el flujo instantáneo, su rastro público.

¿Ejemplo puntual? Spotify reportó más de 11 mil millones de dólares en regalías durante 2025. La cifra impresiona, pero su distribución sigue siendo desigual, difícil de ignorar. Una plataforma que capitaliza la creatividad mientras su fundador apuesta por tecnologías de combate avanzadas, no es una herramienta de negocio, es declaración de prioridades y principios.

Así, la rabia contemporánea surge de la carencia pero igualmente de la incoherencia ética en quienes toman decisiones. No está en la lupa el cuánto ganan, sino el cómo lo usan. Y, sobre todo, qué mundo están ayudando a construir, pues el viejo contrato entre riqueza y admiración se erosionó.

Allí están, verbigracia, las mantas en la más reciente marcha estadunidense de No Kings (“Workers over billionaires”). Nada nuevo, repetimos. Cuando el algoritmo que reparte centavos financia drones de millones, el clamor se vuelve moral. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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