La otra escena / Los milagros creadores de Duane Cochran

- Miguel Ángel Quemain quemain@comunidad.unam.mx - Saturday, 11 Apr 2026 21:42 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

El mandarín milagroso está inspirado en la pantomima coreográfica que construyó el gran músico húngaro Bela Bartok, a partir de una cruda realidad que trazó su compatriota, el extraordinario Melchior Lengyel, tiene como eje unos chacales explotadores de la ingenuidad voraz de quienes creen que se darán un festín sexual devorando una pieza en apariencia frágil e inocente que cederá a cada una de sus exigentes peticiones.

Mimí, sostenida por la bailarina Cecilia Contreras, es una de las figuras centrales de esta historia sórdida sobre el poder, la seducción, el engaño y el abuso que se trenzan para robar a los sátiros que se crucen en el camino de esta especie de ninfa poderosa y atrayente que es explotada por el gang de perversos que, al tiempo que delinquen, le hacen pagar, de entre los clientes voraces que personifican, al mejor postor que puja para poseer esa flor de loto sin ensuciarse.

Una vieja historia que Cochran ha dotado de un elaborado concepto escénico y ha puesto en escena con la sabiduría que lo caracteriza, y que en él crece desbordada hasta un punto que lo coloca cada vez a más alto nivel de complejidad, compasión y audacia transgresora y gozosa, en ese amplio diapasón de deseo que lo distingue como uno de los coreógrafos mexicanos poseedores de una herramienta que trenza lo musical, la plástica y la literatura.

Tal vez es el horizonte musical y su genealogía, que el piano propone, y lo
que se deriva de ese mundo íntimo y camerístico donde el cello y el violín lo hacen devoto del horizonte mittleuropeo que desde el mundo ruso, hoy tan francés, va de Stravinski hasta Bartok, honrando a la Hungría compleja cuyo trayecto revela los autoritarismos europeos, sus nacionalismos crueles y asfixiantes y su rebeldía, lo que emocionan tanto a Cochran y que él fecha en 1926, en el estreno que marcó un ir y venir de un lado a otro del Atlántico, en la misma Europa bajo las bengalas de los autoritarismos que les permitirían escapar de la letalidad nazi a mediados de los años treinta.

Con todo y que Bartok tiene una carta de naturalización en la música mexicana de concierto, el vínculo en el que ha colocado Cochran a Bartok en mancuerna con el siempre sonriente Menyhert Lengyel, es sumamente interesante, porque en esa bisagra de dos décadas entre la primera y la segunda mitad del siglo XX el cine figuró como uno de los escenarios privilegiados de su creación. Participó con el gran director Ernst Lubitsch ‒escribió los argumentos de Ángel (1937), Ninotchka (1939) y Ser o no ser (1942)‒ tras publicar una de las distopías más visionarias de mediados de los años treinta, La ciudad feliz (1936), cuya primera piedra es un profundo socavón creado a los pies de esa gran ciudad del desarrollo, la inclusión y hoy uno de los corredores más espectaculares de las víctimas del fentanilo: San Francisco, una ciudad purulenta y chancrosa.

Este montaje representa también la convergencia de una serie de eventos afortunados: la fundación en 1991 de Aksenti Danza Contemporánea, que es hoy una de las agrupaciones latinoamericanas vivas de más antigüedad y tradición, y la presencia de uno de los bailarines más respetados y queridos de la danza mexicana, un hombre que siempre será recordado por su enorme calidad, por su físico espectacular y de gran belleza en nuestra danza (como Jesús Romero, Antonia Quiroz, Rossana Filomarino, Rosa Romero, Amada Domínguez, Solange Lebourgues, Lorena Glinz y Victoria Camero, por mencionar algunos nombres), que ya cumplió cinco décadas entre nosotros tras su paso veraniego por la Xalapa de hace cincuenta años.

Como un generoso sembrador, a la danza se suman el violín virtuoso de Sebastián Kwapisz, acompañado por el experimentado (a pesar de su juventud) pianista libanés mexicano Abd El Hadi Sabag que, en la segunda parte del trabajo en El mandarín milagroso, comparte con el gran pianista polaco, Jozef Olechoeski, quien a su vez es otra de las almas musicales de este prodigioso
mandarín.

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