La flor de la palabra / Irma Pineda Santiago

- Irma Pineda Santiago - Saturday, 11 Apr 2026 21:47 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

 

La migración es parte de la vida de los pueblos indígenas desde tiempos inmemoriales, en algunos casos por desplazamiento forzado debido a diversos conflictos, o derivado de las condiciones climatológicas, la búsqueda de mejores condiciones económicas, persiguiendo los centros educativos que no existen en las comunidades, o quizás simplemente por curiosidad, por las ganas de conocer qué hay más allá de los linderos del pueblo. Unos se fueron a los estados del norte del país a trabajar en los campos agrícolas, otros cruzaron la frontera norte para llegar a Estados Unidos.

Los indígenas migran y con ellos también migra la muerte, a veces como una presencia silenciosa que cruza con ellos el río o el desierto, a veces los acompaña por años, los mira librar dificultades, mejorar su economía; contempla cómo crece la familia, cómo consiguen legalizar su estancia en un país ajeno o cómo se frustran por no conseguir los deseados papeles. Pero de la muerte nadie se salva y, aunque las personas pasen décadas fuera de su lugar de origen, todos quieren volver a ser abrazados por la tierra que los vio nacer, la que abriga a sus ancestros y la que siempre desean que sea su última morada.

Volver, para que el cuerpo sea enterrado en la tierra que guarda el ombligo y el corazón, no siempre es fácil, porque cuando alguien fallece “en el norte”, la familia que queda a cargo de cumplir esta última voluntad tiene que resolver varias cosas. En primer lugar, las finanzas para costear el traslado desde
un país lejano, luego hay que conseguir los permisos necesarios para hacer el largo viaje en las condiciones sanitarias requeridas, además de otras dificultades, como la documentación, ya que en ocasiones el acta de nacimiento de la persona fallecida no coincide con los datos de sus familiares, cambiaron de apellido debido al matrimonio, modificaron sus documentos para conseguir un empleo o la “tarjeta verde” para trabajar en territorio estadunidense.

En estas situaciones lo que sostiene a las familias son las redes comunitarias, donde se reagrupan en cualquier sitio al que llegan, pues los identifica el origen, el color de piel, el idioma, las tradiciones. Estas redes saben que el descanso eterno sólo es posible al volver al vientre de la misma madre que les dio la vida. Por ello estas redes son las que se mueven, buscan apoyos, realizan actividades para conseguir dinero, permisos, traslados y todo lo que sea necesario para devolver a una persona a su propia tierra.

En la tierra de origen la familia, una vez enterada del fallecimiento de un ser querido, se prepara para los rituales funerarios, que pueden ser entre uno y tres días, en los cuales se recibe el acompañamiento de la gente de la comunidad, así como su cooperación económica y el apoyo para la preparación de los alimentos que habrán de compartirse. Las mujeres preparan los diferentes platillos y bebidas tradicionales, lo que implica picar, moler, cuidar el fuego, las porciones correctas de cada ingrediente para obtener la consistencia y sazón deseados. Los hombres se encargan del sacrificio de los animales para la comida, acompañar a las mujeres a hacer las compras de todo lo requerido, acarrear la leña para el fuego, mover las ollas grandes, cavar la tumba en el cementerio y, finalmente, cargar el cuerpo para depositarlo en el abrazo de la tierra.

La preparación del cuerpo constituye otro ritual. Además de limpiarlo, se le viste con sus prendas nuevas o las favoritas, en el féretro se colocan algunas cosas que la persona requerirá en ese ultimo viaje que varían dependiendo de la región. Puede ser ropa, trastos, como las jícaras, en algunos casos se colocan en las manos tortillas, monedas, maíz o pequeñas bolas de masa para sobornar a los perros negros o a los pollos que custodian el paso por el río que separa el mundo de los vivos de los muertos, porque la muerte también migra para recordarnos que nada es eterno l

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