Juan O’Gorman: palabra de pintor (y arquitecto)
- Xavier Guzmán Urbiola - Saturday, 11 Apr 2026 21:32
El arquitecto Felipe Leal, miembro de El Colegio Nacional, para recordar a Juan O’Gorman, quien vino al mundo en 1905, decidió desempolvar una entrevista que le hizo al final del año 1977 a aquel enorme personaje. Por entonces, Leal estudiaba el segundo año de arquitectura en la UNAM y debía cumplir con un trabajo escolar. Las efemérides siempre serán oportunas a fin de rescatar materiales de interés para el público lector atento: arquitectos, artistas plásticos, historiadores del arte y de la cultura. A lo anterior se suma, en este caso, el enterarnos de que la entrevista nunca se publicó completa. El presente tomito de 98 páginas se enriqueció con una nota biográfica de O’Gorman y una buena selección de imágenes.
Tom Wolfe afirmó que el entrevistado debería ser el último en enterarse de lo que le dice a su entrevistador. Para lograrlo hace falta un plan bien trazado y anunciado desde el inicio ‒aquí se habla en primer lugar de la arquitectura y cuando Leal se sintió satisfecho pasó a abordar su trabajo como pintor y muralista‒, una dosis de atrevimiento (Leal tenía entonces veintiún años) y rapidez argumentativa. Al leer la entrevista, que fluye como limonada, es evidente lo último, así como el trabajo de edición al eliminar muletillas, reiteraciones, gazapos, que con seguridad los hubo.
Leal le hizo comentarios o preguntas directas (¿recibieron influencia del constructivismo soviético? ¿El funcionalismo le fue útil al Estado mexicano? Se dice que todos ustedes se declararon socialistas) y ante las evasivas insiste en lo que busca (“abandonó esa postura”, “me refiero a su postura ideológica”); cambia de tema abruptamente para descolocar a su entrevistado: cuando han pasado a hablar de los tres grandes muralistas, de pronto vuelve a la arquitectura funcionalista, sólo para regresar a preguntas más personales: “¿Qué opina usted de Diego Rivera?” Sólo así creo que logró que Juan O´Gorman, por ejemplo, le respondiera: “Mire usted, era un demagogo que aprovechó su inteligencia para colocarse en la mejor posición y hacer lo que se le diera la gana […] Era un hombre muy inteligente, que supo aprovecharlo todo, ¡todo!, con el objetivo de colocarse en una posición limpia y, naturalmente, poder pintar.”
Mucho se ha escrito sobre las fantasías de Rivera, pero al leer la anterior contundente afirmación recordé, para reafirmar lo dicho por O’Gorman, cierta anécdota que me platicó uno de sus amigos y colaboradores, Carlos Leduc. Él y O’Gorman, solían visitar al famoso muralista en su estudio de San Ángel, pero a veces se fastidiaban de oírlo hablar sin descanso sobre asuntos baladíes. Entonces, para salir del tedio, discurrieron hacerle preguntas provocadoras y absurdas, así que acordaron de pronto soltarle: Maestro ¿usted cree que los aztecas, dado su desarrollo tecnológico, podrían haber realizado la Revolución Industrial?, pregunta a la que, sin dejar de trabajar y, como se sintiera en confianza, siguió un “¡Pero claro!” y una larga peroración de horas que Leduc recordaba con una franca sonrisa y admiración.
La presente entrevista revela, una vez más, a un racionalista severo, a un obseso de los detalles, un desencantado de su profesión de arquitecto, no de pintor ‒aquí se ufana de ser buen retratista, “aunque eso no es ninguna cosa del otro mundo”‒, de la vida, de la política, del rumbo que tomó la humanidad. Vocifera contra la arquitectura mercantil, contra las modas en el arte, contra Siqueiros e incluso contra sí mismo. A pregunta expresa sobre las alternativas para los arquitectos en 1977, respondió: “Al paso que vamos, la muerte de la humanidad, porque la polución producto de la industria, que no es socialista ni capitalista, ha llegado a un grado que pone en peligro la vida.”
Un maestro tiene la alegría ocasional de recibir un trabajo escolar como el que Felipe Leal entregó en 1977. Recuerdo al arquitecto Carlos González Lobo poner en mis manos esta entrevista como un ejemplo que lo satisfacía. Él fue el maestro que le encargó a Leal llevarlo a cabo y un servidor, ayudante de González Lobo entre 1979 y 1982, quien lo leyó como modelo l