Futuro humano y Tiempo Profundo
- Alejandro Badillo - Saturday, 11 Apr 2026 21:22
En uno de los ensayos incluidos en el libro Ocho cerditos: Reflexiones sobre historia natural titulado “Caída en la casa de Ussher”, el famoso paleontólogo Stephen Jay Gould reivindica al arzobispo y erudito irlandés James Ussher quien, en 1650, argumentó que el mundo se había creado en el 4004 aC, exactamente el 23 de octubre de 4004 aC al mediodía. Los padres de la Iglesia de siglos anteriores habían previsto que el mundo finalizaría 6 mil años después de creado, ya que Dios había hecho su trabajo en seis días y un pasaje bíblico –2 Pedro 3:8-13– afirma que “un día para el Señor es como mil años”. Gould refiere en su ensayo –en el que hace alusión al famoso cuento de Edgar Allan Poe– que el arzobispo había seguido el marco contextual disponible en su época: las genealogías bíblicas y la tradición cristiana plasmada en un libro cuya autoría es divina. De esta manera su aproximación había sido completamente racional, tomando en cuenta las herramientas y límites de su siglo. Siguiendo el planteamiento de Ussher, el mundo debió haber acabado el 23 de octubre de 1997 y así lo hizo saber el palentólogo en un artículo publicado en el New York Times ese mismo día, titulado “Today is the day”.
Con el paso del tiempo, el ser humano se dio cuenta de que el pasado y el futuro del mundo son más amplios de lo que había imaginado. El desarrollo del método científico y, particularmente, los avances en la Geología, abrieron un territorio inexplorado para el conocimiento y, sobre todo, para la imaginación. La aparición y desaparición del hombre en la Tierra será una mera anécdota en una historia muy larga. El demoledor paso del tiempo puede borrar casi todos los rastros de nuestra civilización. El mundo que habitamos tiene, según los investigadores, 4 mil 500 millones de años y le faltan otros 5 mil 500 millones de años antes de ser devorado por el Sol ya convertido en una Gigante Roja. Por supuesto, antes de esto pueden ocurrir muchas cosas que destruyan a nuestro planeta cuando no existan humanos: colisiones con asteroides o fenómenos espaciales de los que aún no tenemos noticia.
James Hutton, un hacendado escocés, publicó en 1788 Teoría de la Tierra, un trabajo que reflejó, por primera vez, las inmensas escalas de tiempo que esculpen nuestro mundo. A partir de estudios geológicos que demostraron cómo las rocas sedimentarias se elevaban gradualmente empujadas por el calor y la presión hasta convertirse en montañas, Hutton ayudó a popularizar el concepto de Tiempo Profundo teorizado por algunos investigadores y escritores que lo precedieron. Sin embargo, incluso en la actualidad pensar en miles de millones de años sigue siendo una tarea complicada. El filósofo inglés Timothy Morton acuñó, ya en nuestro siglo, el término “hiperobjetos” para describir objetos difíciles de percibir por su extensión temporal, espacial y complejidad.
El Tiempo Profundo, cuyo rango abarca miles de millones de años de existencia de la Tierra, ya había estimulado la imaginación de escritores como H.G. Wells. En La máquina del tiempo de 1895 el autor inglés especula con una división en la evolución humana y un panorama lejano a las utopías de la época que imaginaban –fieles a la idea de un progreso lineal e ininterrumpido, fruto de la Ilustración– fantasías tecnológicas en las que el hombre lograba, incluso, la inmortalidad. Una obra menos conocida en la cultura popular, como la novela Cántico por Leibowitz de Walter M. Miller, de 1960, describe una suerte de amnesia en la civilización que surge de los escombros de una guerra nuclear. Los sobrevivientes al desastre consideran como un profeta a un científico (Leibowitz) cuyas huellas y documentos son rescatados de un refugio antibombas. La humanidad, al inicio de estos nuevos tiempos, rechaza los pocos rastros de conocimiento que quedaron esparcidos por el planeta. Sin embargo, con el paso de los siglos repite –en una especie de condena cíclica que recuerda el Mito de Sísifo de los griegos– el camino de sus ancestros recorriendo etapas similares a la Edad Media, el Renacimiento y la era tecnológica que ocasionó la destrucción anterior. En este escenario, la civilización está atrapada en un determinismo fatal que se extiende a través de miles o millones de años.
Otro autor que exploró el Tiempo Profundo fue H.P. Lovecraft. El creador del terror cósmico –interesado en las ciencias y los descubrimientos científicos de finales del siglo XIX e incios del XX– imaginó un pasado inquietante para nuestro planeta. En la mitología lovecraftiana, la Tierra era habitada por unos seres monstruosos. La escala temporal había sido tan extensa que borró casi todas sus huellas. El ser humano, en esta fantasía, se cree dueño de un planeta que guarda secretos terribles en lugares inaccesibles como la Antártida –tema de su novela En las montañas de la locura de 1936– o en el fondo del mar, como se describe en los mitos de Cthulhu, el personaje más famoso del autor estadunidense. Es curioso –por no decir trágico– que la creciente contaminación de los mares beneficie a las medusas –animales tentaculares que recuerdan al monstruo lovecraftiano–, cuya abundancia ha ocasionado problemas en el dañado ecosistema marino e, incluso, en instalaciones nucleares que usan el agua del mar para enfriar sus reactores. Si seguimos el camino que advierten los científicos, podríamos heredar al mundo del futuro profundo un mar silencioso y habitado por animales que parecen fantasmas.
Tener conciencia del Tiempo Profundo no es, en absoluto, un ejercicio de evasión, pues nos sitúa de una manera diferente en un presente que nos aprisiona y nos impide pensar. Un ensayo que explora esta idea es Huellas. En busca del mundo que dejaremos atrás de David Farrier, profesor de Literatura y Medio Ambiente en la Universidad de Edimburgo. Farrier realiza un notable trabajo
de especulación estudiando lo que él llama “fósiles futuros”, es decir, aquellos rastros humanos que podrían sobrevivir al paso implacable de la erosión y al Tiempo Profundo que le resta a nuestro planeta. Las ciudades cercanas a la costa –primeras víctimas del cambio climático y del aumento del nivel del mar– serán, irónicamente, los primeros fósiles para el primer trecho del futuro inmenso que hay por delante, pues serán protegidas de la erosión del exterior. Sin embargo, las grandes obras de nuestra sociedad tecnológica –imponentes rascacielos e infraestructura que creemos eterna– serán reducidos a estratos geológicos difíciles de interpretar, una huella apenas visible de nosotros y del llamado Antropoceno, una era dominada por la actividad humana que extinguió a miles de especies y moldeó la geología del planeta gracias a su insaciable necesidad de recursos. El último fósil –el que efectivamente se internará en el Tiempo Profundo– son las instalaciones nucleares, particularmente los inmensos sarcófagos que resguardan los desechos radioactivos que durarán cientos de miles de años o más. Farrier visita uno de esos cementerios que legaremos a la posteridad localizado en Finlandia. El cuidado con el que se sella el sarcófago implica, por sí mismo, un mensaje al futuro lejano, pues la estructura hecha de hormigón y acero va a tener un viaje muy largo en el tiempo. Este mensaje, incluso, saldrá de las profundidades excavadas por los seres humanos gracias al movimiento de las placas tectónicas y quedará expuesto en la superficie. Los científicos e investigadores con los que trató Farrier le explicaron que, para ese entonces, no sólo el ser humano habrá desaparecido sino también su lenguaje y casi cualquier huella susceptible de ser interpretada. Lo único que quedará es una tumba sin ninguna inscripción y la esperanza de que su presencia misteriosa prevenga a quien sea que la encuentre. Este testimonio del pasado, lo más duradero que quedará de nosotros –un recurso energético destinado al fracaso, pues la energía nuclear nunca podrá sostener una civilización volcada a la extracción y el consumo– nos ayuda a mirar con otros ojos un presente que limita nuestra capacidad para entender la finitud que nos determina. Esa experiencia –paradójica para algunos– es liberadora l