Bemol sostenido / Angine de Poitrine y el virus microtonal
- Alonso Arreola @escribajista - Saturday, 11 Apr 2026 21:57
Allí donde la experimentación suele quedar confinada a circuitos marginales, Angine de Poitrine ha irrumpido atípicamente. Hablamos de un proyecto que inserta el microtonalismo en la música alternativa, pero con un alcance masivo, sorprendente. No es ornamento. No es gesto intelectual. Es núcleo estructural de su lenguaje.
El dúo proviene de Quebec, Canadá. Está conformado por Khn de Poitrine (guitarra, bajo y loops) y Klek de Poitrine (batería). Aunque el proyecto se formaliza en 2019, se dice que llevan tocando juntos desde la adolescencia. Su “identidad” escénica ‒máscaras, nombres ficticios, narrativas ambiguas‒ surgió como broma para duplicar presentaciones en un mismo foro, pero terminó como parte esencial de su propuesta.
Sobre el tinglado, Angine de Poitrine articula una teatralidad que remite tanto a lo ritual como a lo extraterrestre. Esa dimensión conecta con linajes performáticos como el de Les Claypool (Primus); con la lógica escénica de Frank Zappa; con la irritante mutación de Mr. Bungle. Sin embargo, aquí la máscara no es sólo un gesto: funciona como una extensión sonora que desestabiliza la expectativa tonal. Eso es el microtonalismo.
Frente al sistema de doce tonos temperados (afinados), el grupo trabaja con divisiones menores que introducen intervalos intermedios y, ergo, tensiones armónicas inusuales. Esta búsqueda tiene antecedentes claros: Julián Carrillo, quien con su “Sonido 13” sistematiza la expansión del espectro tonal. También están las prácticas contemporáneas de guitarristas excepcionales como Marc Ducret o David Fiuczynski, quienes prescinden de trastes para acceder a una continuidad microinterválica.
Todo ello, lectora, lector, nos lleva a tradiciones como la persa, donde instrumentos con diapasones más densamente distribuidos permiten trabajar sobre escalas que superan la lógica occidental. Como derivado tenemos que Angine de Poitrine requiera un instrumento híbrido de doble mástil ‒guitarra y bajo‒, personalizado con trastes adicionales para permitir esas subdivisiones. Así, su guitarrista no sólo ejecuta líneas simultáneas, sino que construye capas mediante un sistema de loops en tiempo real, lo que define la arquitectura de cada pieza: acumulación, sustracción y variación sobre ciclos previamente fijados.
Dicho procedimiento exige una precisión notable, pues cualquier desviación compromete la estructura entera. Además, se encuentra limitado frente a las posibilidades de programas de asistencia digital, lo que vuelve cada ejecución un ejercicio de riesgo controlado. La batería, por su parte, se mantiene orgánica, anclando el flujo rítmico frente a la inestabilidad armónica.
Ahora bien. El formato remite a la tradición expresiva de los dúos. De la violencia matemática de los japoneses Ruins, a la síntesis rockera de The White Stripes o Royal Blood, la reducción instrumental ha sido una vía para intensificar identidad. Aquí, empero, la limitación no se presenta como carencia sino como motor: al constreñirse a lo que pueda nacer en el momento, el dúo alcanza un nivel de energía y radicalidad que difícilmente encontraríamos en un entorno más expandido.
Preguntas: ¿resistirá su concepto el paso del tiempo o se agotará como curiosidad viral? ¿Podrán ampliar su repertorio sin perder originalidad? ¿Reinventarán una escena basada en el extrañamiento? Por ahora celebramos que su apuesta haya producido un efecto concreto: obligar a las masas a escuchar ‒sin saberlo‒ el universo que se oculta entre dos notas. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.