Anécdotas / En defensa de san Jorge

- Beatriz Gutiérrez Müller - Saturday, 11 Apr 2026 21:45 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Puede ser que las vidas de los santos no causen interés hoy. Me río hacia adentro porque confieso que quizá soy de esas pocas personas a las que les gusta conocer cuáles eran los milagros que se les atribuyeron a hombres y mujeres durante siglos. En el argot literario se les conoce como hagiografía y, sin duda, es un género precursor de la biografía.

Para ser santo se necesita corroborar que se ha tenido una vida buena, ser ejemplar y haber hecho milagros. Los milagros no tienen explicación, pero asombran. Lo maravilloso es bello, sorprendente, inesperado. Los griegos tenían al milagro como un suceso excepcional, portentoso; para los romanos era un prodigio, por tanto, una señal de que ocurría algo con intercesión divina. Los milagros están presentes en todas las religiones.

Quiero escribirle sobre san Jorge, protagonista de la historia más prodigiosa que se ha contado por siglos.
Pero también quiero referir al final mi gran molestia por la gran ofensa que le hicieron a este pobre hombre.

Desde hace muchos años leí de él porque los Jorges abundan en mi familia. Su santo era (o es) el 23 de abril y en las tradiciones familiares de antes, lo sabe bien, casi era más importante el “día de su santo” que el “día de su cumpleaños”. Teníamos buenas fiestas para
celebrarlos.

Jorge se atrevió a todo. En un navío inestable, casi recogido de la basura, pero con una certeza rara de encontrar, el osado George se fue mar adentro para cristianizar en tierras ignotas a finales del siglo IV. Y como la vida de los santos no puede ser otra sino la de aquel que realiza proezas y se enfrenta a toda adversidad, vea en qué circunstancia la vida le exigió sus mejores esfuerzos: llovía en aquella región del norte europeo como si fuese preludio del fin del mundo. La navecita colapsaría entre las olas aquella pesada noche. La tripulación se asomó a entristecerse por aquella condena y todos vieron, de repente, cómo emergieron del océano unos gigantes dragones. Abrían sus fauces, atenazaban sacando fuego, daban coletazos y el piélago infinito se alebrestaba aún más.

El pavor que sentían aquellos hombres era profético. Pero Jorge, dotado de un gran valor y una fe inmutable en la causa que defendía, decidió embestir. Empuñó su espada, fue a estribor, a babor, y conforme una y otra bestias se acercaban, los encaraba y asestaba el mandoble. Aquellas serpientes gigantescas comenzaron a retraerse. Él sacó la cruz (de Cristo), oró, se quedó detenido implorando a lo alto por su vida y la de sus navegantes. Los dragones se rindieron. Se alejaron. Paró aquella tempestad. El barquito se estabilizó. Todos descubrieron que estaban vivos. ¡Qué momento estelar! ¡Habían triunfado ante el mayor reto de sus vidas!

Jorge se convirtió en un héroe. La historia corrió por todo el mundo y comenzó a ser venerado. El papa Gelasio I lo santificó en el año 494. Los musulmanes le hicieron su propia mezquita en Irak (Nabi Jurjis). Fue nombrado santo patrono de Inglaterra desde el siglo XIV, y más, mucho más.

Con esta historia de lo maravilloso, paso a la queja. Lo amerita. En 1969, la Iglesia católica lo removió del Calendario Romano General. Fue descanonizado. Muchos sabihondos argumentaron que era una leyenda y que Jorge ni había existido; que, como no hay dragones, no pudo ocurrir aquel combate marino. Y luego aclararon que era un mártir, un megalomártir como le llamó el papa León XIV en 2025.

¿Y eso qué? ¿Las vidas de santos cuentan puros hechos verdaderos? ¿Y dónde queda lo maravilloso? ¿No se puede creer en sucesos fuera del orden común? Demasiada racionalidad. ¿Y lo místico? Yo me quedo con la historia de Jorge peleando contra los dragones porque es de las historias más maravillosas que se han contado en el mundo. Saludos, amiga, voy a ver a mi sobrina Georgina l

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