Amor y amar en la visión de trece autoras

- Evelina Gil - Saturday, 11 Apr 2026 21:28 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Del amor y del verbo amar hay mucho, casi infinito, que decir, y no es para menos, pues ese sentimiento complejo o simple explosión química es la forma más evidente de vínculo humano y sus múltiples géneros. Este artículo reseña algunas de las voces que participan en el libro Cuando hablamos de amor.

Cuando hablamos de amor, edición y prólogo de Aura García Junco (Sexto Piso, México, 2025), es una diversificada compilación de formas de amar, o darle sentido o forma a esa palabra de tan flexible interpretación que, sin embargo, apenas se desgasta: “esa fantasía exultante de oxitocina y de ciprina que llaman amor […]Yo vivo el amor como […] una especie de rally que me lleva a lugares del lenguaje que nunca pensé ir”, Sayak Valencia dixit. Aunque muchos de estos textos hablan de sexo, que suele ser su adjunto (no necesariamente), hubo algún momento en que eran conceptos por completo divorciados. Como en la época del amor cortés, Edad Media, en la que el amor era aquel acto emocionante que se realizaba mediante intercambios de canciones o poemas, si acaso algún roce de telas pero, incluso existiendo deseo, la idea de ensuciar algo tan puro y perfecto con saliva y fluidos era sacrílega: eso se reservaba para los aburridos matrimonios arreglados cuya finalidad era la reproducción.

Las trece autoras de esta antología, entre ellas una mujer transgénero, una española y una estadunidense, en su gran mayoría pertenecen a la generación millenial. Cada una aporta una visión subjetiva de su concepto de “amor” y de “amar”, pues, en algunos casos, se asume que la, llamémosle “ética” amorosa, que es individual, difiere del verbo y de su práctica, que implica asimismo una naturaleza inalienable. En 2021, García Junco (Ciudad de México, 1988), antologadora, publicó un ensayo excelentemente logrado, El día que aprendí que no sé amar, que parte del instante en que confesó a sus amigas que nunca había experimentado celos sexuales, y éstas le dejaron caer la guillotina al determinar que, en consecuencia, ella no sabía amar. Quienes domesticamos ese sentimiento pernicioso, por mucho que se le haya normalizado, consideramos envidiable la extirpación nata o trabajada de los celos, casi tanto como envidiamos esos metabolismos que no esclavizan al conteo de calorías a sus privilegiados (y delgados) propietarios. En su ensayo “Mis bonobas soñadas: sobre no monogamia y comunidad”, retoma el asunto pero desde una óptica más sociológica y política. García Junco expone la posibilidad que, se sugiere, es una práctica común para ella, de crear redes de personas de alta confianza que se echen la mano entre sí. Lo que vincula a todos estos personajes, aludidos con nombres y apellidos, es que en algún momento formaron pareja con algún o algunos integrantes de dicha red, si bien, señala Aura, la pertenencia no necesariamente implica algún vínculo de tipo sexual. “El capitalismo no te cuida, pero el examante que todavía te sigue en Instagram, en una de esas sí [...] Lo que esta red no monógama facilita es una ética relacional más flexible, donde también amistades, cómplices, amores platónicos, amantes y hasta ‘ligues fallidos’ se convierten en aliadxs para sostener la vida [...] el deseo también puede ser una puerta de entrada.” Aura alude a la revolucionaria y feminista rusa Alexandra Kollontai, quien pugnaba por una crianza colectiva; “las labores domésticas se rotan, todos tienen derecho al tiempo libre”. Señala asimismo que el capitalismo extremo se alimenta de una serie de subjetividades institucionales que incluyen el sistema monógamo que “(enajena) a las personas de sus redes más amplias”. Podrá uno no compartir este ideal, pero indagar otros modos de vivir (y de amar) no deja de ser cautivador.

Entre amar y beatrizar

El texto de Dahlia de la Cerda, contra todo pronóstico, expone un ideal de amor más… a punto estuve de escribir “convencional”, pero no, este adjetivo le es antagónico a Dahlia. Escribamos, pues, “sensato”, porque para esta autora nacida en Aguascalientes, en 1985, el amor es correlación más que relación. Su ensayo reitera su postura crítica –que comparto al 100– hacia el feminismo radical que excluye a las mujeres trans y al género masculino, para con el que exhibe una andanada de ideas estereotipadas y totalitarias. Le doy toda la razón cuando dice que “si el feminismo no alcanza para pensar el amor, entonces no alcanza para transformar el mundo [...]o empezamos a aplicar la interseccionalidad también al amor, también a los vínculos, también a los hombres [...] o vamos a seguir atrapadas en un guión que no nos hace más libres, sólo más solas”. (“El amor: el último bastión del patriarcado universal”). Ya en su extraordinario ensayo de 2023, Desde los zulos, expone su situación con un novio que trabajó
con ahínco mientras ella cursaba estudios universitarios. Retribuye, en consecuencia, aquel
sacrificio, ahora que es una autora exitosa e influyente, lo esperable en toda unión igualitaria. Su discurso, que incorpora a los hombres vulnerables, aquellos que tienen que tragarse su hambre y su dolor, y a los que  “el feminismo escupe”, comprende que se vean orillados a tragarse a Andrew Tate, y a otros por el estilo (El Temach), como quienes ingieren veneno.

El texto de Yásnaya Elena A. Gil (Ayutla Mixe, 1981), “Yo sé que le duele a la máquina”, nos hace ver que la problematización del amor actual tiene su origen en el núcleo familiar; que, por lo general, actuamos por imitación y por proyección; por lo que se nos muestra en películas y telenovelas, o cómo vemos actuar, reaccionar y relacionarse a quienes nos rodean. Esto lo comprendió a través de su abuela, una indígena mixe en cuya lengua no existe, literalmente, la palabra “amor”. Lo más cercano para expresar un sentimiento amoroso es la palabra tsok cuya traducción más próxima al español sería “gustar”.  No fue sino hasta que aprendió español que Yásnaya conoció esa incertidumbre, esa ansiedad (porque así opera, la mayoría de las veces, el demonizado “amor romántico”). Aunque la abuela que la había criado manifestó su preocupación al verla llorar y sin apetito por primera vez, sencillamente no comprendió que un hombre fuera la razón de lo que ella percibía como una enfermedad. Entre la abuela que ignoraba qué era el amor en español y algunas teóricas feministas consultadas con fruición al respecto, Yásnaya inhibió ese “virus” y creó maneras de convivencia saludables y equitativas con el sexo opuesto, y de hecho, digámoslo así, este ensayo tiene una conclusión feliz que incluye a un esposo con quien colabora políticamente en su pueblo natal. La palabra “reciprocidad” sale a relucir nuevamente, escrita, como en el ensayo de Dahlia, como homóloga de “amor”. Y si bien hay lenguas o dialectos donde el verbo amar no existe o se parece más a otras que suelen vincularse al sentimiento, a veces es necesario inventarse otras que vuelvan más específica alguna faceta de eso que englobamos como “amor”, como propone la estadunidense Anne Boyer en “La única y verdadera” donde en “una Florencia de algoritmos” sobre la que a diario deambulamos, se hace necesario definir a aquellos que despiertan pasiones en perfectos desconocidos: beatrizar. Cada vez que un solitario en cualquier rincón del mundo se topa con una foto tuya en las redes sociales y se convence de que no puede vivir sin ti, te está “beatrizando”, como en su momento lo hiciera Dante sin ser consciente de que esa epifanía se replicaría, ad nauseam, varios siglos más tarde.

El más polifacético de los sentimientos

Siobhan Guerrero McManus (Ciudad de México, 1981) es una mujer transgénero y lesbiana que, asimismo, se expresa críticamente sobre quienes insisten en abolirlo todo; la familia, el matrimonio, la diferencia sexual y hasta el género, aunque lo hace con un lenguaje lúdico y cargado de referencias “pop”. Su amada es, como ella misma, una mujer trans: “Somos dos muñecas feas que por mucho tiempo moramos en rincones distintos llorando lágrimas de aserrín. Un día el ratón y el recogedor nos presentaron [...] el mito de que hay alguien para cada quien se reactualiza para cada cuerpo imaginable”. La vida diaria de Siobhan es homogénea respecto a la de cualquier persona que vive con una pareja establecida: despierta cada mañana, sale a trabajar y, al volver a casa, le reitera su amor a Ella, con quien comparte sueños que habrán de perseguir hasta volverlos materia. El amor romántico, pues, deja de ser una enfermedad, un componente tóxico, un sufrimiento al que hay que vadear cuando coincides con alguien decidido a trabajar en equipo para realizarse por separado y emerger tomados de la mano. Sí. Aunque me niegue a exponerlo con citas académicas que den al discurso un barniz de raciocinio o realidad absoluta.

Por supuesto, hay eventos que golpean cruelmente tu confianza en el amor, como los tan bellamente narrados por Clyo Mendoza (Oaxaca, 1993) en “Laberintos”. A ella tampoco le interesa intelectualizar la experiencia, la arroja fuera de sí con ojos nublados, titubeando un poco ante la pertinencia de confesarse públicamente. La maternidad suele ser representada con una pátina de dicha obligatoria. Se sobreentiende que si experimentas cualquier otro sentimiento (miedo, rechazo, inseguridad, tristeza) eres peor que las bestias, aunque la verdad es que algunas de ellas se comen a sus crías. A veces la lectura de una novela, Beloved, de Toni Morrison, en este caso, te hace sentir que si bien el amor de madre es el más grande (y el que más duele), no todas las mujeres se sienten realizadas, ni están dispuestas a sacrificar su dignidad en nombre del bienestar del hijo, cosa que muchas veces es una forma de justificar la permanencia en una relación codependiente y abusiva. No es el único texto que alude a la maternidad, pero sí el más honesto y doloroso: “sigo preguntándome qué opresión ha sido más severa y larga […] la que se ha impuesto sobre los cuerpos gestantes o la que se ha ejercido históricamente sobre los pueblos originarios”.

Otras autoras incluidas en Cuando hablamos de amor son Iveth Luna Flores, Andrea Chapela, Yol Segura, Luna Miguel, Alejandra Márquez Abella y Julia Diriksson Muriedas. Leídas en conjunto, el lector/a queda maravillado/a de lo polifacético que suele ser ese sentimiento que todos nombran pero cada una percibe, practica y elabora de manera distinta l

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