Adolfo Bioy Casares y Elena Garro: correspondencia amorosa

- Marco Antonio Campos - Saturday, 11 Apr 2026 21:21 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
La edición del volumen Cartas y poemas de amor entre Bioy y Elena es el motivo de este amplio comentario sobre la relación entre dos grandes de la literatura latinoamericana del siglo pasado, Adolfo Bioy Casares (1914-1999) y Elena Garro (1916-1998). A pesar de que el lector entra “en un terreno que no deja de ser incómodo”, los muchos proyectos y confesiones apasionadas, las referencias a la revista Sur, a Jorge Luis Borges, a Octavio Paz, a Victoria Ocampo, al cine y a México y a Argentina son de indudable interés.

 

A Bernardo Ruiz y José María Espinasa,
bioycasareanos

Cuando entrevisté a Adolfo Bioy Casares en su departamento de la calle Posadas en junio de 1992, en la Recoleta porteña, una pregunta versó sobre su relación con México. Repuso que desde adolescente aprendió a querer a nuestro país. “Primero, por ‘La suave Patria’, la cual me sé de memoria, luego por Elena Garro, de quien estuve enamoradísimo, y quien siempre me hablaba de México, y tercero por Alfonso Reyes, quien era muy amigo de mi padre e iba a mi casa en los años de mi infancia” (Literatura en voz alta, UAM, 1996).

La Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y Ediciones El Lirio coeditaron hace unos meses, en una bella edición, Cartas y poemas de amor entre Bioy y Elena. Es incómodo entrar, y más ahondar, en un epistolario íntimo. Como si nos adentráramos en un terreno que no deja de ser incómodo. A lo largo de los siglos esta suerte de correspondencia suele ser póstuma y publicada con la venia de los familiares. Baste pensar recientemente en las cartas de Rulfo, Arreola y Sabines, con cartas de juventud a quienes serían sus esposas, y con quienes siempre vivieron. Aquí dio el permiso un pariente, que es el albacea de Elena Garro, pero es muy otra cosa frente a los tres anteriores.

Las cartas son de Bioy y los poemas de Elena, o Helena, como entonces se ponía, seguramente pensando en la Helena de la antigua Micenas. Si Bioy me contestó que estuvo “enamoradísimo” de Elena Garro, las cartas de 1951 lo mostrarían y demostrarían. Un apéndice: debe tomarse en cuenta que faltarían de ese año las cartas de Elena, si alguna vez Bioy las guardó, y la correspondencia, si la hay, de 1949, cuando empezaron la relación. ¡Pero cuántas cartas, la mayoría de varias páginas, escribió Bioy en el segundo semestre de ese 1951, o para ser más precisos, del 24 de junio al 19 de diciembre!

Creo que en los carteos de esta índole, sobre todo los más copiosos y exaltados, suelen abundar las frases edulcoradas y hay una repetida variación de frases, que no deben pasar de veinticinco, algo como: te quiero y te extraño infinitamente, te amo con veneración, para mí lo eres todo, nunca he querido a nadie como tú, te amo perdidamente, no creía que se podía querer tanto, eres lo que más quiero en el mundo, te beso con todo mi amor, no he conocido a nadie tan maravillosa como tú, viviré de tu recuerdo, sin ti soy menos que nada... Y una y otra vez Bioy le pide en las cartas que le mande un mechón de pelo y las fotografías donde aparecen juntos, y que al parecer Garro nunca mandó. La mejor muestra de que Elena Garro estuvo también muy enamorada son los poemas que se hallan al final del libro, escritos en el tiempo de la relación que, si uno los pone en prosa, son bellas ficciones o minificciones imaginativas. Indiscutiblemente ambos fueron, como narradores, talentos superiores, y novelas como El sueño de los héroes (1954), de Bioy, y Los recuerdos del porvenir (1963), de Elena, son clásicos del siglo XX latinoamericano.

En las misivas hay líneas inolvidables de Bioy so-
bre Elena, como cuando la define: “Eres la persona más inventiva, más poética, más inteligente que conozco.” En varias cartas Bioy le comunica que quiere casarse con ella y tener un hijo. A Bioy le encantaba de Elena Garro su “vida bulliciosa y alocada”, y en un buen número de momentos le dice que es la primera vez que realmente se enamora y aún sentenciaba su hartazgo de “brujas permanentes y mujeres ocasionales” con las que anduvo.

En el carteo Bioy hace decenas de proyectos para encontrarla, se los cree íntimamente, sabiendo en el fondo del alma que serán sólo proyectos y que aquello terminará en ninguna parte. Sus planes de viaje eran planes de nadie. “Hablo y no actúo”, escribe Bioy en la penúltima carta, al explicar, pero no justificar, su desidia y desgana.

En los últimos años de su vida Elena declaró que el gran error que cometieron Octavio Paz y ella fue hacer un matrimonio abierto. En esos años de 1949 y de 1951 Elena estaba casada con Paz y Bioy con Silvina Ocampo. En las cartas Paz aparece varias veces mencionado y Bioy habla bien o sólo lo hace de pasada. En casos como éstos a uno le es muy difícil juzgar. En su inteligente prólogo, José María Espinasa escribe: “Sabemos por ella, que
en un momento se mostró dispuesta a dejar a Paz
y que ‘él no la dejó’ [...] Fue la enorme dependencia que
había entre ambos, lo que llevó a lo demorado de su relación en situaciones que de otra manera la habrían terminado bastante antes. Y podemos lanzar la hipótesis que, de haber ocurrido el hecho, Bioy habría corrido a escaparse en la pampa argentina.”

En esta correspondencia amorosa lo que más me interesa es el contexto que la acompaña, por ejemplo, cuando Bioy escribe sobre México, o sobre Borges, o sobre películas basadas en cuentos suyos, o sobre las agradables confiterías (cafeterías) porteñas, y muy de sesgo, de la revista Sur.

Acerca de México, por ejemplo, el 21 de agosto de 1951, señala: “También estudiosamente he recorrido un atlas y con orgullosa dedicación encontré Puebla, el vuestro lugar de nacimiento, y Guerrero, el feliz de la infancia”. Recuerda divertido expresiones nuestras: Me cae de madre, es padre, me viene guango, güerito, híjolas, y claro, algunas canciones mexicanas que entonces se oían. Su relación cordial con México provenía de un hilo secreto desde su nacimiento. Bioy nació un 15 de septiembre.

Respecto al cine, en 1950 se había estrenado El crimen de Oribe, que se basa en el complejo cuento “Perjurio de la nieve”, que no sólo fue un éxito de taquilla, sino está clasificada en la lista como la número treinta entre las cien mejores películas argentinas. La película, salvo detalles y omisiones, es fiel al espíritu y a la trama del cuento. A Borges y a Bioy les encantaba hacer juegos con las posibilidades del tiempo o los tiempos. Con imágenes y sonido irregulares, que merecerían restauración, se puede ver en YouTube.

En ese 1951, de continuo, Bioy escribe a Elena sobre la probabilidad de que se lleve a escena “En memoria de Paulina”, cuento perfecto de La trama celeste. Para que aparecieran sus nombres juntos en los créditos, Bioy quería que el argumento de la película lo resumiera Helena, lo cual, por cierto, acabó haciendo. “Con qué orgullo veré tu nombre junto al mío el día del estreno”, escribe el 12 de septiembre. Tres meses después, al final del carteo, seguramente para evitar líos, Bioy propone que su nombre aparezca como Helena Paz. Hasta donde sé el cuento no se filmó en ese entonces; sin embargo, en YouTube se halla un cortometraje de 22 minutos, con una versión del cuento, realizada por Juan Pablo Cabello, que parece más un ensayo que algo acabado. Los protagonistas suenan y se ven poco convincentes, sobre todo el triángulo de jóvenes de José, Julio y Paulina. Algo unía a José y a Julio: la antipatía y los celos. Los que roen a Julio serán la causa terminal del asesinato de Paulina. El elemento fantástico, del fantasma de Paulina visitando desde la muerte a José, que la cree viva, no se alcanza a traslucir. Sólo sabrá la verdad a su regreso de Londres dos años después: Paulina muerta y Julio Montero en la cárcel.

Un añadido en la cuestión literaria de Elena Garro y Bioy Casares: además del argumento que escribió para la cinta no filmada: Elena colaboró en París en aquel 1951 en la traducción al francés de La invención de Morel.

Los grupos en las revistas literarias no suelen ser compactos y el de la proverbial revista Sur no lo fue. En las cartas de Bioy aparecen mencionados algunos de sus amigos próximos como Borges, el gran referente, el inventivo Manuel Peyrou, el tristísimo Carlos Mastronardi, José Bianco, quien aparece como alguien entrometido, su esposa Silvina, y claro, Victoria Ocampo, cuñada de Bioy y directora de la revista. En la entrevista de 1992 que le hice, Bioy precisaba: “Victoria Ocampo era una excelente mujer y creo que su aporte fue una gran ayuda a nuestras letras y tal vez para el continente. La he releído a últimas fechas y en verdad no está mal la revista. Pero a Victoria la rodeaba otro grupo de amigos, otras admiraciones a las nuestras. Formábamos otro grupo.” Victoria Ocampo era una suerte de cacique y buscaba incondicionales.

Varias ocasiones Bioy menciona una novela que está escribiendo sin dar el nombre. No se siente seguro de si es buena o mala. No imaginaría entonces que resultaría su obra maestra (El sueño de los héroes).

En las cartas de Bioy hay asimismo relatos de sueños o de historias como la del “guapo de Chivilcoy” o la del asesinato del mayordomo de su hacienda, la transcripción de una fábula de Stevenson y un puñado de pensamientos de Kafka.

En la misiva del 17 de septiembre Bioy Casares dice que ha comprado el Journal (Diario de un seductor) de Kierkegaard. Aunque por vías muy distintas, de alguna manera el libro del danés era una metáfora de lo que estaba viviendo, él, como el personaje Johannes, y Elena como Cordelia, donde lo importante para el hombre es lograr el objetivo y después abandonar. Con claridad se verá la despedida de Bioy al final de su última carta a Elena (19/XII/1951): “De ti sé que eres la parte feliz de mi vida, que estoy perdiéndote, que te he perdido.” Y la última línea: “Te beso desoladamente y te extraño.” Bioy, como diría metafóricamente José María Espínasa, ya se escapaba corriendo a la pampa argentina l

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