Pedro Garfias y Miguel Hernández comen en El Hórreo

- José María Espinasa - Saturday, 28 Mar 2026 20:25 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
La publicación de la Obra completa de Pedro Garfias detona esta reflexión sobre uno de los períodos más intensos y trascendentes de la poesía española del siglo XX, en el marco de la Guerra Civil Española. Este artículo destaca, entre muchos, los nombres de Miguel Hernández (1910-1942) y de Pedro Garfias (1901-1967) y los vincula en la poesía y en la Historia: “Los dos vivieron la guerra como una muerte, Hernández de forma física y definitiva; Garfias se volvió un fantasma, o, si se me permite, un habitante de Comala, esa tierra de nadie, esa tierra de todos.”

 

La Guerra Civil española tuvo un eje trágico marcado por la poesía: el asesinato de Federico García Lorca cuando empieza el conflicto, la muerte de Miguel de Unamuno en prisión domiciliaria, después de su valiente respuesta al general Milán Astray

y su viva la muerte, el fallecimiento de Antonio Machado apenas a unos días de haber cruzado la frontera con Francia, y la muerte de Miguel Hernández a causa de las torturas en las cárceles franquistas. Con el tiempo, todas ellas han adquirido un contenido simbólico estremecedor. Con la muerte de Lorca mataron la gracia alada de la poesía, con la muerte de Unamuno murió la oportunidad de que España volviera a pensar el mundo desde sus tuétanos reflexivos, con la muerte de Machado muere el poeta que abrió la lírica española a la modernidad y con la de Miguel Hernández muere el futuro: lo que mataron fue el tiempo de la esperanza. Por eso es tan importante tenerlos en la memoria, no dejarnos quitar el tiempo de la vida. Y los poetas de la República esta vez no se dejaron expulsar de ella, se comprometieron en su defensa y se la llevaron con ellos al exilio. Neruda, Vallejo, González Tuñón, Carlos Pellicer, Octavio Paz, supieron claramente que esa era la respuesta a Hölderlin cuando se preguntaba para qué poetas en tiempos de miseria o a Adorno cuando pensaba que la poesía después de Auschwitz era imposible.

Uno de los poetas que hoy cobra actualidad –recientemente se llevó a cabo un hermanamiento entre él y Miguel Hernández, en distintos lugares de Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey– es Pedro Garfias, que se hizo regio en las décadas finales de su vida, escribió en su camino al exilio Primavera en Eaton Hastings, una extraordinaria elegía provocada por el dolor.

En estas fechas, en que se ha publicado por fin la Obra completa de Pedro Garfias en tres tomos (Universidad Autónoma de Nuevo León), leerlo es necesario. Saber que eso, la poesía, todavía es posible y que esa posibilidad es necesaria. La poesía de Garfias tiene una gradación inflamable, pocas tan intensas todo el tiempo, quemante, ardiente: una poesía que es una herida: Garfias había nacido en 1901 con el siglo más violento que la humanidad ha conocido. El millón de muertos en España entre 1936 y 1939 sería apenas la entrada al laberinto fúnebre de los 20 millones de la segunda guerra mundial. Tres años antes, en 1898, cuando Cuba se hacía independiente, nació García Lorca, y en 1902 Rafael Alberti; tres escritores tocados por la gracia. Miguel Hernández en 1910. Él era la poesía misma. Los tres simbolizaron uno de los lados más luminosos de aquella edad de plata. Por su lado, tanto el primero como el tercero simbolizan la parte terrible, trágica y oscura, del conflicto civil español, con sus respectivas muertes –con la de Antonio Machado como eje, en 1939, apenas unos días después de haber cruzado la frontera.

La Guerra Civil y la edad de plata tienen, a cien años de su nacimiento, con la famosa antología de homenaje a Góngora, acta de su nacimiento, al menos del grupo del ’27, y es ya algo de leyenda. Por un lado, lo que he llamado los poetas de
la República, con una doble alusión, a la segunda República Española y a la República de Platón. El destino trágico de España y su República está plasmado en poemas extraordinarios de Neruda, Vallejo y González Tuñón. O en poetas como Pedro Garfias y León Felipe. En otro lugar he imaginado que García Lorca no muere y viene a México donde, en contacto con su lírica popular, sufre otro viraje en su rica y diversa poesía.

Abolición (imaginaria) de la
distancia

Imaginemos ahora que Hernández sale de la cárcel y consigue salir de España y viene a nuestro país. ¿Qué habría ocurrido? El lugar común del poeta pastor de cabras no debe hacernos olvidar que Hernández conocía bien a sus clásicos y que además tenía un oído privilegiado, marcado por el desgarramiento trágico, como se ve en la “Elegía para la muerte de Ramón Sijé”. Hernández continúa ese oído tocado por la gracia, propio de sus maestros. En México seguramente habría sabido registrar los acentos estremecedores de Juan Rulfo o el acento urbano innovador de Efraín Huerta o la religiosidad que explota hacia dentro de Alí Chumacero. El poeta de Orihuela nace en 1910, mismo año en que nace José Lezama Lima en La Habana. Ninguno de los dos, por decisión a última hora de los editores-antólogos, fue incluido en la antología Laurel. Tampoco, por cierto, Pedro Garfias. Hay allí un cambio generacional. Garfias a su vez había nacido en Salamanca –aunque muy pronto viaja a Andalucía–, en 1901. Una década que es un abismo: en 1936 el primero tiene veintiséis años, uno tendría la tentación de llamarlo un niño, pero la guerra no permite tener niñez y él se vuelve combatiente. Garfias tiene en cambio treinta y cinco años y “vuelve” de manera intensa a la poesía, misma que en buena medida había abandonado, lastimado por el desdén de su “amigo” Gerardo Diego en la conocida antología de homenaje a Góngora. Los dos vivieron la guerra como una muerte, Hernández de forma física y definitiva; Garfias se volvió un fantasma, o, si se me permite, un habitante de Comala, esa tierra de nadie, esa tierra de todos. Pero Garfias escribe en Inglaterra su Primavera.

Hoy se propone un hermanamiento entre ambos. Es evidente que hay elementos para hacerlo, en especial el estremecimiento que los recorre. Las “Nanas a la cebolla” del primero, por ejemplo, el “Capitán Ximeno” del segundo. En otro lado he comentado la impresión que me produjo saber que no tenemos grabaciones de la voz de García Lorca –hay quien dice que, para subrayar esa ausencia, un quejido en un recital puede ser de la garganta. De Hernández tampoco hay muchas grabaciones. En YouTube sólo pude localizar una, “Canción del esposo soldado”. En cambio de Garfias tenemos la de Voz Viva, verdaderamente antológica. Sin embargo, no es fácil hallarla en la red (urge una reedición del disco). En un momento de la grabación se oye cómo cae al piso la botella que tenía, el ron o el tequila que le servía al autor de Primavera para “aclarar” la garganta y arrastrar esas sibilantes eses o zetas que le otorgaban un ritmo asmático, de permanente asfixia. ¿Por qué es tan importante para nosotros la voz de un poeta? Porque incluso en el texto más escrito o sobrescrito, digamos Una tirada de dados de Mallarmé, lo que lees o más bien escuchas, es una respiración.

Los tres tomos de Obras de Garfias que son, entre otros, uno de los motivos del hermanamiento de estos autores, son un cofre de tesoro. Hay que abrirlo y echar a volar sus doblones de puro aire “azul esmeralda”, lo más puro posible. La poesía de Hernández también lo es: imaginemos leyéndose uno a otro en ese cielo de todos, ese cielo de los poetas que somos todos cuando leemos sus textos, y por razones más o menos similares han alcanzado ese estatuto que todo escritor busca: mantener encendido el fuego de la tribu. Y ese fuego crepita: esa es su voz. Cuando leemos sus poemas escuchamos ese crepitar que de alguna manera es su voz.

Imaginemos, pues, que Miguel Hernández hubiera salido de la cárcel y que en 1945 hubiera podido salir, tal vez a Marruecos y tomar un barco que lo llevara al Puerto de Veracruz; tal vez para 1950 lo habríamos visto participar en el aquelarre en El Hórreo, pastoreando cabezas de toro disecadas, compitiendo con Pedro y con León Felipe en ese rito que mantenía la República, gracias a sus poetas, viva.

¿Qué comerían en ese encuentro? No sé por qué siempre pienso que chamorro –yo lo comí varias veces cuando el restorán estaba en franca decadencia y los toros en la pared estaban llenos de polvo. Un acto del hermanamiento se efectuó en la tumba de Garfias en Monterrey. Allí murió y la ciudad lo ha ido haciendo suyo con los años. Ya lo dijo alguna vez Gabriel Zaid: una de las cosas que hace importante a Monterrey es que aquí vivió Pedro Garfias. No recuerdo la cita exacta, pero creo que dice claramente vivió y no murió l

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