La otra escena / Las identidades tóxicas de Amaranta Leyva (II y última)
- Miguel Ángel Quemain. quemain@comunidad.unam.mx - Saturday, 28 Mar 2026 20:47
Encrucijadas escénicas de la sexualidad contemporánea
En El hombre veneno, Amaranta Leyva, como documenté en la entrega anterior, se ha hecho a la mar en el navío del deseo con artistas de la escena que han tejido con ella los accidentes propios de la vida erótica y autoerótica como un sucedáneo de la ambición y el poder.
Leyva elabora una reflexión sobre todo este conjunto de temas que derivan de las incógnitas y planteamientos más radicales sobre la sexualidad humana con la que abrió el siglo XX, tras una larga y tenebrosa noche decimonónica sobre la sexualidad y sus prácticas, sobre la sexualidad y sus discursos, que a menudo corrieron por caminos distintos a lo largo del siglo XX, hasta que la vida pública de la diversidad sexual tomó las calles y creó canales que le permitieron correr sobre las vías de la libre
expresión.
De familia le viene también este combate lúcido y frontal a los prejuicios, la vocación por disolver fronteras, inclusive las genéricas, y destruir las costumbres como un criterio de normalización y verdad. Un desafío que con el teatro y la literatura como los territorios de la analogía, la comparación y un activismo, como el feminista, que hizo posible un teatro infantil crítico e inteligente, a pesar del terror atávico y ordinario de las parentalidades en circulación, muchas homofóbicas y mononucleares que se resisten tanto al teatro como a la psicoterapia.
Ingesta
En esta disertación sobre la toxicidad de los sujetos que han logrado un alto refinamiento para convertirse en los peores enemigos de sí mismos, la primera bajo el nombre de Ingesta arranca con la dicotomía entre el envenenamiento involuntario que no persigue de ninguna manera la muerte, pero que, en brazos de ella, procede a entregarse. Se trata de un texto de enorme limpieza y libertad para que en manos de la dirección pueda elaborarse una construcción emocional y corporal del actor/actriz, para fluir en los niveles feminizados de la expectativa amorosa y libidinal que en manos de un seductor profesional (El hombre veneno) son veneno puro.
La interlocución imaginaria del texto dramático es un seductor instalado en la lógica hegeliana del amo y el esclavo, que sabe dosificar las expectativas de quien va entregándose, con esas formas enmascaradas de la intimidad que son las maneras, sin restricciones, de una sexualidad a plazos que aumenta de intensidad cuando se vencen gradualmente las defensas del pudor y la desconfianza, que suelen ir trenzadas, para evitar que quien se entrega sea considerada bajo los epítetos de la promiscuidad y el descaro de una sexualidad compulsiva y desinteresada, o sin freno: “Son hombres que logran que confieses absolutamente todo, en el tiempo que ellos deciden. Y así fue: dos horas después, él ya sabía hasta el color de mis calzones… las razones por las que había cortado con mi ex, cómo era nuestra intimidad… sí, le describí mi intimidad. Mi ex intimidad. ¡A él… Estaba en la verdadera cueva del lobo!”
La dimensión erótica de la pieza es muy sugerente por sus posibilidades de explorar una genealogía del deseo sexual sin presentar una respuesta definitiva y sin sermones: “Me inició en los masajes eróticos, la reflexología erótica, el intercambio de energía después del orgasmo, los aceites, las frutas, los juguetes y, sobre todo, la exacerbación de los sentidos a través de la agonía de la espera. Y eso que cada vez que fui a visitarlo, me resistí.”
Hay una observación minuciosa y gradual de cómo se construye el descubrimiento, la espera y la sobreexcitación del deseo “femenino” (aún en el papel masculino) en un rol donde el descubrimiento de una sexualidad proliferante engolosina al extremo las formalidades de lo femenino (“No fue una ni dos veces las que visité su departamento. Perdí la cuenta porque siempre quería más.”) Una interrogante fecunda sobre los horizontes de nuestro deseo aquí y ahora.