Cuento / Vigésimo aniversario

- Ricardo A. Linares* - Saturday, 28 Mar 2026 20:49 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Martha siempre tenía las palabras justas, listas, aparentemente, para engañarse a sí misma cada que fuera necesario. Porque las correctas, es decir, las verdades, ésas calaban hondo. Y cada vez que las pronunciaba, o siquiera las pensaba, la dejaban agotada e invariablemente triste.

Eso Gabriel lo sabía muy bien. Y, por supuesto, lo usaba a su conveniencia.

Martha ignoraba que Gabriel supiera esto de ella. Pero lo peor era que, con el tiempo, se había vuelto tan buena para esconderse dentro de ella misma, que las mentiras se habían vuelto verdades. Ya no había distinción. La línea se había borrado.

Gabriel llevaba una relación paralela y estable con su secretaria desde hacía varios años. No necesariamente a escondidas
de Martha, aunque tampoco había sido sincero. Martha se enteró por un tercero.

Aunque la noticia le apachurró el corazón, decidió que si Gabriel empezaba ‒aunque fuera un poco‒ a descuidar su matrimonio, lo confrontaría. Y a pesar del amor y los buenos momentos, lo dejaría para siempre.

Pero sucedió que Gabriel no descuidó su matrimonio. Al contrario, parecía incluso
que esa relación alterna lo inspiraba a ser mejor esposo. Y, para qué lo iba a negar Martha, eso le gustaba.

Se aproximaba su vigésimo aniversario.

A pesar de haberlo negado siempre ‒fuese por mostrarse moderna o aparentar indiferencia hacia esas celebraciones triviales, más producto del marketing que del amor puro‒, la verdad es que Martha sí quería celebrarlo. Pero le causaba temor proponérselo a Gabriel. Y que éste, por equis o por ye, se negara.

“Quizás –pensaba a ratos–, lo que me da miedo es que diga que sí.”

Un viernes por la noche, a escasos días del aniversario, Martha llegó a casa después del trabajo.

Como cada fin de semana, estacionó su coche, entró a su casa, colgó su bolso y sus llaves, se quitó los tacones y, descalza, fue hacia la cava de vinos.

De la pequeña pero exquisita selección eligió un Pinot Noir 2015. Lo descorchó y se sirvió una copa generosa. Luego, al compás de un largo suspiro, se sentó a la mesa.

Miró la hora en la pantalla de su teléfono y pensó en Gabriel: seguro estaba con la secretaria.

No era un pensamiento novedoso, aunque sí pernicioso.

Por alguna razón, esa noche la imagen no venía cargada de resignación, sino de rabia. ¿Por qué? Martha no lo sabía.

Todos los viernes, Gabriel llegaba a casa cerca de la medianoche, siempre con el mismo cuento: “perdón, tuvimos mucho trabajo”, decía antes de meterse a la cama. A veces, la encontraba despierta, leyendo; platicaban un poco y luego él se dormía casi de inmediato. Otras, la encontraba dormida, y Martha se ahorraba la sarta de mentiras.

Ese viernes, sin embargo, Martha se sentía extraña. Más sensible. Más lúcida.

“¿Vale la pena celebrar veinte años de un matrimonio falso?”, se preguntó de pronto.

¿Valía la pena gastar dinero, fingir ser alguien más, fingir tener algo que no tenía? Su respuesta fue un definitivo no. No valía
la pena.

Pero, entonces, ¿qué tenía que hacer? Porque algo tenía que hacer, ¿no es así? Ya fuese quedarse callada como siempre, o actuar. Pero, ¿qué?

“Algo tienes que hacer, Martha”, se dijo por fin en voz alta, sorprendida de la firmeza de su voz.

“Para empezar, tienes que dejar de engañarte.”

Al tiempo que pronunciaba estas palabras, se le anudó la garganta y le sobrevino un llanto torrencial. Esta vez, no intentó contenerlo.

Lo dejó venir.

A ratos, el llanto se mezclaba con gruñidos, gritos y manotazos.

Cuando las lágrimas cesaron, Martha se quedó quieta.

Miró a su alrededor: todo estaba en silencio, como si nada hubiera pasado. La copa de vino seguía ahí, también los muebles, la casa, todo.

Palpó entonces su cuerpo: sus piernas, sus pechos, su corazón… Juraba que podía sentir la sangre circular por su cuerpo. Tenía que seguir. La vida tenía que seguir.

Cerca de la medianoche, cuando Gabriel por fin llegó, Martha ya no estaba.

Sobre el desayunador encontró una botella de vino a medias.

Debajo, una nota:

Gabriel, ¿te acuerdas que siempre había querido conocer París?

Regreso en dos semanas. Espero que para entonces, ya no estés aquí.

No me busques. Yo lo haré en cuanto regrese, para arreglar lo del divorcio.

Feliz vigésimo aniversario.

‒Martha

*Ricardo A. Linares (Xalapa, Veracruz, 1987) ha publicado cuentos en inglés y en español en revistas como The Razor, Letralia y Pirocromo.

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