Alejandro Zenker: retrato de un artista erotómano

- José Ángel Leyva - Saturday, 28 Mar 2026 20:30 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
En esta conversación, Alejandro Zenker (CDMX, 1955), fotógrafo, editor, docente, traductor y pedagogo habla, rodeado por sus gatos y su enorme equipo de computación, sobre sus múltiples facetas como artista preocupado, entre otras cosas, por la relación “entre el arte y la tecnología, el lenguaje y el silencio, la luz y el vacío, la soledad y el cuerpo”.

 

Se acuesta en el sofá rodeado de su enorme equipo de cómputo, como si se tratara de una sesión psicoanalítica o de una experiencia cibernética en la que pasa a ser un algoritmo en las redes electrónicas. Pichicuaz y Sheldon, dos gatos lanudos, suben y bajan de su regazo. Es un juego, piensa, desde su condición de jubilado y procrastinador irredento, de animador de proyectos. Alejandro Zenker desconfía de que algo útil pueda derivar de un monólogo. Descree completamente del psicoanálisis, pero entre él y su interlocutor media una larga sucesión de conversaciones.

Tal vez todo comenzó allá por 2005, cuando Alejandro me invitó a comer, luego de una acalorada conversación sobre el libro electrónico y las nuevas tecnologías de impresión bajo demanda. Llegamos a la Zona Rosa. Se estacionó frente a un restaurante extraño: Men’s Club. Fue una de las comidas más incómodas que recuerdo, pues mientras nos servían unos cortes de carne a la pimienta, unas chicas bailaban desnudas a unos metros de nosotros. Zenker se comportaba como un parroquiano a quienes las muchachas saludaban con familiaridad y le preguntaban sobre su proyecto fotográfico La escritura y el deseo. Durante algún tiempo, me confesó, fue la oficina de los ejecutivos de Xerox con quienes planeaba la introducción de imprentas digitales en México. Después de la comida regresamos a su domicilio. Encendió la chimenea, abrió un par de cervezas alemanas y nuestra conversación derivó en evocaciones de su infancia.

Hijo de Walter Zenker, un encuadernador alemán nacido en 1898 que fue cañonero en la primera guerra mundial, comunista perseguido por Hitler y por Stalin, y de Ellen Hackett, maestra de inglés nacida en Chicago, Alejandro creció en una casa donde convivían tres idiomas y el olor de la cola y el papel. Su padre le dejó una sentencia que aún repite: “Sólo vale la pena lo que puedas cargar en una maleta.” Porque cuando corres por tu vida no puedes llevarte más que eso. Walter arribó a Veracruz en 1942, a bordo del Serpa Pinto; mientras deambulaba por el puerto, le robaron la maleta. Vino a Ciudad de México y al poco tiempo montó Encuadernación Zenker en la calle San Luis Potosí 213, donde nacieron sus tres hijos.

Me busca con los ojos como si esperara una aprobación. Yo, libreta en mano, asiento con la cabeza. Pichicuaz y Sheldon salen de escena y van al salón de al lado en busca de Noemí y Nimué, su pareja y su hija, inmersas en sus respectivas computadoras, pero con una mano libre para acariciar a un gato.

A los trece años, en 1968, Alejandro recibió su primera cámara: una vieja Leica que su profesor de fotografía le vendió a un precio simbólico. Con su madre asistió a todas las manifestaciones estudiantiles, pues ella era maestra de inglés en las preparatorias de la UNAM. El 2 de octubre ella se sintió muy cansada y él decidió escuchar el mitin por la radio. Un año después, acudió a la escena para tomar fotografías. Con su Leica apuntó a un helicóptero que sobrevolaba la zona. Intempestivamente, dos hombres lo aprehendieron y lo alzaron en vilo para conducirlo a un vehículo. Entonces apareció una chica exigiendo con vehemencia que soltaran a su primo. Lo liberaron. Nunca volvió a ver a su prima ficticia. Antes de terminar la secundaria, Becerra Acosta lo contrató como reportero en Sucesos para todos. Rogelio Cuéllar era el fotógrafo asignado. Después viajaría a Colonia, Alemania, donde a los diecisiete años terminó dirigiendo, durante varios meses, un Kinder antiautoritario. Esa fue una experiencia decisiva para elegir la carrera de pedagogía.

La fotografía

En todo lo que hace, Alejandro encuentra un motivo para inventar proyectos culturales y económicos. A finales del siglo pasado, cuando los fuertes dolores de espalda –a causa del trabajo sedentario– se hicieron insoportables, conoció a una masajista con quien ideó un libro dedicado al arte del masaje ilustrado con fotografías. La modelo era una mujer de notable belleza y las imágenes didácticas dieron lugar a las poses eróticas. Así inició el proyecto de desnudos femeninos. Sus cursos de fotografía antigua y de cianotipia fueron determinantes en esta nueva aventura que muy pronto vinculó al oficio editorial.

Minimalia nació como proyecto para mostrar las posibilidades de impresión en tirajes cortos. Fueron inicialmente cinco autores los que inauguraron la colección. Heidelberg vino a darle impulso a la tecnología de impresión digital en México. Solar y Ediciones del Ermitaño fueron punta de lanza. Para calibrar la imprenta de color en sus talleres, Alejandro propuso la impresión de un libro de fotografía: Una mirada digital. Esa obra, con imágenes de desnudos, se imprimía meses después en el Pabellón Tecnológico de la FIL Guadalajara y se obsequiaba a los interesados en la tecnología Heidelberg. Minimalia llegaría a más de quinientos títulos. En el camino surgió la idea de invitar a los autores a posar para su lente en compañía de una modelo desnuda.

“Mi idea era organizar la enciclopedia de escritores erotómanos de México: foto y ficha biográfica solamente –advierte Alejandro y permite que Sheldon vuelva a acurrucarse entre sus brazos–. Heterodoxo al fin, me proponía romper el mito del escritor como personaje aislado y embebido en sus quehaceres intelectuales. Deseaba mostrarlos tal como son, lujuriosos, concupiscentes, hombres y mujeres de carne y hueso. Revelar la cara no visible de sus biografías, situarlos y situarlas en el lado de sus pasiones, sus miedos, sus perversidades, del deseo carnal, del juego erótico sin hipocresías. Ya por entonces había echado a andar, desde inicios de los años noventa, el proyecto AVE (Artistas Visuales del Erotismo), que llegó a reunir más de mil 500 artistas: pintores, escultores, fotógrafos, cineastas, en Iberoamérica. En el año dos mil comencé mi proyecto con Ivonne Gutiérrez, mi asistente, quien me propuso ser ella quien buscara a los escritores. El mayor impulso vino cuando una chica, de nombre Leda, me llamó de parte de mi madre para pedirme trabajo como modelo. Ella posaba en las escuelas de arte de la UNAM. Leda sería la figura central de la primera parte de la serie: ‘La escritura y el deseo’. Después, cuando Leda ya no quiso continuar, se integró Lety.”

Más de ochenta escritores y artistas se sumaron a la serie. La foto inaugural fue la de Juan García Ponce en su silla de ruedas con la modelo, luego vendrían escritores identificados con el erotismo en el arte y la literatura, como Huberto Batis, quien dirigía Sábado, suplemento cultural del Unomásuno, y Gustavo Sáinz. Ivonne Gutiérrez tejía su red de vínculos y persuadía a personalidades consagradas de la literatura. Autores como Alí Chumacero, José Agustín, Hugo Gutiérrez Vega, Guillermo Samperio, Héctor Carreto, Rafael Pérez Gay, Josefina Estrada, Natalia Toledo, Francisco Hernández, Eduardo Langagne, Hernán Lara Zavala, por citar algunos, atrajeron a muchos más al estudio de Zenker, motivados quizá por los reflectores o tal vez por el deseo de ser parte de una intimidad carnal destinada a lo público. Gustavo Sáinz escribiría: “Un proyecto en el que la fotografía lleva al texto, y el texto a la fotografía. Es el cuerpo de la literatura y la literatura del cuerpo.”

En su gran mayoría fueron hombres, sobre todo al inicio. Por eso Sáinz comenta: “Los varones llevan máscaras de escritores famosos.” Más tarde se agregarían escritoras como Carmen Villoro, Kenia Cano, Blanca Castellón, Edmé Pardo, Patricia Medina, Rocío Boliver (La congelada de uva), y autores de la diversidad sexual. “Morfosintaxis del desnudo” se sumó a “La escritura y el deseo”. Fue entonces cuando se salió del estudio fotográfico y llevó a las modelos a posar desnudas en el patio y los pasillos de los talleres, en las azoteas. Los empleados y los vecinos hicieron parte de esos happenings.

“Eran otros tiempos –aclara Alejandro con los ojos entornados y la mano sobre la cabeza del gato–, cuando no se perseguía la moral de la lujuria. Partió de un juego erótico entre personas adultas, no representaba un juego de poder ni de mercado. Hubo tropiezos porque me encargaba de hacerlo todo: la producción de la fotografía, aún analógica, la impresión en grandes formatos, la edición de Minimalia, el financiamiento del proyecto. En parte por esas razones comencé a emplear cámaras digitales, al inicio de poca resolución, porque la tecnología es parte de mi perspectiva cultural e intelectual. La serie fue expuesta en varios foros en México y en Huelva e Islas Canarias gracias a Uberto Stabile, poeta y promotor cultural español.”

Sheldon busca una colchoneta donde acomoda su pesado cuerpo. Alejandro menciona a Xiluén, su hija, al frente del negocio editorial: su alter ego, su socia, su principal soporte en los talleres de impresión bajo demanda. De pronto se incorpora y me pregunta cuánto tiempo ha transcurrido. Veo el reloj y han transcurrido casi cuatro horas. “Esto parece un psicoanálisis –sentencia y se incorpora. Mejor te muestro mi equipo de computación. Trabajo en cinco monitores a la vez. De todo lo que hemos hablado, la IA nos hará un texto literario. Te ahorraré ese trabajo.”

Un par de días después me envía una versión de la IA. La leo, me sonrío y deposito el texto en la papelera de reciclaje. Mientras escribo, pienso en Alejandro conmovido por la biografía de sus progenitores, escucho su voz dubitativa, su interés por desentrañar las conexiones entre el arte y la tecnología, el lenguaje y el silencio, la luz y el vacío, la soledad y el cuerpo. Veo una instantánea, blanco y negro, en la que Zenker aparece desnudo dialogando con su sombra, revelando en la penumbra la memoria familiar. Le vuelven las imágenes de su padre huyendo del fascismo, después de ser despojado de su nacionalidad –a causa de sus ideas–, los aromas de la encuadernadora familiar. Puedo imaginar ese momento con sus hermanos escuchando a Walter contar su vida y afirmar, como migrante, que nada vale más que el amor y la amistad, la memoria, la solidaridad y lo que puedes cargar en la maletal

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