Cinexcusas / Argentina, cine y memoria

- Luis Tovar @luistovars - Saturday, 21 Mar 2026 20:55 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Pasado mañana se cumple un aniversario fúnebre: el 24 de marzo, pero de 1976, dio inicio la sexta –y es de esperar que última– dictadura militar en Argentina. En un total de veinticinco años dentro del más reciente lapso de casi un siglo, la tierra de Leopoldo Lugones y Jorge Luis Borges ha padecido autoritarismo, represión y muerte a manos de sus “gobernantes”: la primera dictadura, encabezada por José Félix Uriburu, duró dos años (1930-1932); le siguió la engañosamente autodenominada “Revolución del 43” (1943-1946); después vino otra falsa “revolución”, la “Libertadora” (1955-1958); en los años sesenta una más, de un año (1962-1963) encabezada por José María Guido, paradójicamente no un militar; sólo tres años adelante, la iniciada por Juan Carlos Onganía y secuaces, otra dizque “revolución”, simplemente llamada “argentina” (1966-1973), separada apenas otros tres breves años hasta que irrumpió el autonombrado “Proceso de Reorganización Nacional”, es decir, la mencionada sexta dictadura militar que el próximo martes cumplirá medio siglo de iniciada y que fue la más larga, de siete años (1976-1983).

Dos de muestra

Hay antecedentes cinematográficos, sobre todo en el género documental, que abordan los horrores de las dictaduras en Argentina, pero debieron transcurrir casi siete décadas enteras para que un filme de ficción se convirtiera, al mismo tiempo, en una denuncia tan cruda como necesaria y en parteaguas de la filmografía de su país. Se habla, por supuesto, de Garage Olimpo (1999), coproducida entre Argentina, Italia y Francia, dirigida por Marco Bechis y coescrita por él, Lara Frendis y Caterina Giargia.

Ficticia pero basada en lo que conocidamente sucedió en aquellos años aciagos entre 1976 y 1983, la trama tiene lugar en la capital Buenos Aires, más concretamente en El Olimpo, local construido a principios del siglo XX como terminal de tranvías, luego ocupado por la Policía Federal y, de agosto del ’78 a enero del ’79, utilizado en calidad de centro clandestino de detención, tortura y exterminio por la dictadura. En el filme, una profesora y activista política de nombre María (Antonella Acosta, estremecedora) es una de las cuando menos quinientas personas –dato verídico– ahí desaparecidas, torturadas y luego arrojadas al vacío desde un avión. El intento que María hace por salvar su vida, fingiendo que enamora a uno de sus opresores, ejemplifica perfectamente la desesperación de una ciudadanía asfixiada que recurría a cualquier cosa tratando de sobrevivir.

Dos décadas y tres años más adelante, en 2022, dirigida por Santiago Mitre y coescrita por él y Mariano Llinás, Argentina, 1985 resonó intensamente, si bien tal vez con un poco menos fuerza que Garage Olimpo pero, al igual que ésta, fue más que eficaz en su señalamiento de los horrores que la población argentina entera padeció durante la sexta dictadura. Por su parte, y a diferencia de Garage…, la cinta de Mitre
no recrea los siete años de violencia, atropello a los
derechos humanos y torturas inflingidas con los cuales la Junta Militar se ensañó contra disidentes y opositores, sino que, como indica el año del título, narra
lo que sucedió en 1985: el juicio al que las Juntas Militares fueron sometidas para recibir castigo por las imperdonables atrocidades que cometieron, según sus dichos, “porque así era necesario para la protección y la defensa del país”.

Enfocada en el proceso del fiscal que llevaba el caso –Julio César Strassera, muy bien interpretado por Ricardo Darín–, la película tiene entre otras virtudes presentar completa la histórica declaración del fiscal, pero sobre todo un aspecto crucial: la vigilancia, la persecución e incluso los atentados que sufrió Strassera, ponen de manifiesto la terrible realidad de que, con todo y ya no estar en el poder político-gubernamental, dos años después de concluido formalmente el régimen dictatorial, las fuerzas militares y de derecha mantenían gran parte de su capacidad represora
y criminal.

En tiempos de Milei, tan oscuros, y apenas a medio siglo de aquella otra oscuridad, conviene no olvidar l

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