Biblioteca fantasma / El corazón pascaliano

- Evelina Gil - Saturday, 21 Mar 2026 21:05 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Rosina Conde (Mexicali, B.C. 1954), cuyo impar estilo fusiona una suerte de poesía vandálica y una cruda sensibilidad para abordar historias de mujeres que enfrentan circunstancias que amenazan su cotidianidad o alteran sus principios, regresa con El corazón tiene razones que la razón no entiende (UANL, México, 2025), de pascaliano título, que reúne diez relatos de registros varios, titulados, la mayoría, con los nombres de sus protagonistas. Rosina fue a la primera persona a quien le escuché utilizar el término “personajas” para referirse a sus personajes femeninos, así que respetaré la consigna.

Rosina escribe con un “corazón” que posee resortes que soportan el dolor con algo más próximo al cinismo que a la resignación. Son personajas que rehuyen activamente al victimismo. Algunas, incluso, lo condenan. “Eurídice”, el que cierra el volumen, nos presenta a una protagonista cuyo nombre alegoriza la que viaja al infierno o al infamundo; descubre que su esposo es gay cuando ya han consolidado una familia. Pero conforme el relato avanza, ese mismo nombre va adquiriendo tintes de ironía. En medio del caos que son las existencias del exesposo y su actual pareja que, por cierto, ha hecho de su estoica exrival su paño de lágrimas, así como de los hijos a quienes dicha circunstancia parece afectarles más que a nadie. Pero “la ofendida”, en teoría, se va desnudando de sus múltiples capas como una manipuladora experta que tiene muy estudiadas las debilidades de los involucrados y las explota en su provecho. Las personajas de Rosina, de entrada, lucen como mujeres conservadoras, para quienes el matrimonio y la familia son lo más importante, pero la necesidad de reencontrarse consigo mismas las saca, invariablemente, de su zona de confort. “Rebecca” nos permite asistir al instante preciso en que algo se rompe al interior de su armadura de esposa y madre ejemplar. Tan cansada está que lo único que desea en el mundo, como tantas mujeres cansadas, es dormir durante un mes. Lo
que para algunos podría ser una simpleza, para Rebecca representa guardar en una maleta lo muy poco que en verdad le pertenece y buscar un lugar lejano donde descansar. No busca aventuras, tampoco nuevas experiencias o un comienzo desde cero, lo cual no significa que el anhelado descanso no implique esa clase de acción que no busca en lo absoluto, como el romance.

Si un gran misterio existe en el mundo es el amor. Tanto que no falta que afirme que no existe, que no es sino una respuesta biológica o un torrente hormonal con fecha de caducidad. “Angelina” tiene más de una razón para dudar de los sentimientos de Agustín hacia ella, y Rosina traza magníficamente el lleva-trae de una pareja que se persigue y se rehuye, con un cierre muy alejado a lo que parecía ser el propósito inicial: ¿Y si siempre sí él era el amor de mi vida pero yo me dejé llevar por una primera impresión que pudo ser producto de una coincidencia? No esperen, por favor, algo cursi, porque de la poderosa pluma de esta autora no surge una gota de miel, pero sí abundante hiel emocional. “Magdalena” y “La mujer del puerto” son probablemente de los más brutales que he leído sobre violencia doméstica, planteada aquí como el sino de “la mancha” de un embarazo adolescente que trasciende la formación misógina de un joven “espiritual” que pretende castigar a su madre abandonadora en la persona de la mujer que ama. La espantosa paradoja de pagar un error juvenil de por vida y/o, por otro lado, culpar a terceras personas de la propia irresponsabilidad.

Los personajes de Rosina se sienten como seres de carne y hueso, aunque pareciera que nos devuelven una imagen distorsionada de esa humanidad. La realidad es que la autora es gran observadora de conductas y actitudes que suelen ser disimuladas o naturalizadas, y entre sus dones como narradora resalta esa capacidad de hacerlas patentes sin juicios morales o discursos explicativos mediante l

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