Neofascismo y posfascismo: historia y construcción de un concepto

- Alejandro Badillo - Saturday, 14 Mar 2026 20:33 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Los conceptos con los que se describen fenómenos políticos y sociales tienen una historia propia y un contexto específico, y están sujetos a cambios y matices propiciados por la inevitable evolución de la realidad. El término “fascismo” no es la excepción, ahora matizado como “neofascismo” y “posfascismo”, lo cual implica ciertas consideraciones que son la materia de este artículo.

 

Vivimos en una época en la que los conceptos tienden a vaciarse y perder su significado original. La manipulación del lenguaje lo pervierte y, en muchos casos, lo transforma en su contrario. La “libertad” –en voz de la extrema derecha– es usada para atacar los derechos de los otros. La perversión del lenguaje retratada en la ficción en 1984 –la obra clásica de George Orwell publicada en 1949– ya se había hecho realidad en la Alemania nazi de esa misma década. El filólogo alemán de origen judío Victor Klemperer describió en LTI. La lengua del Tercer Reich el cambio en la percepción de palabras que tenían una connotación negativa antes del fascismo como “fanático”, que se transformó en

una cualidad positiva para el régimen en lugar
de su significado original: entusiasmo ciego e
irracionalidad.

La llegada del siglo XXI ha acelerado la manipulación de muchos términos. En ocasiones el uso indiscriminado contribuye a inutilizar el lenguaje, pues sirve para caricaturizar a cualquier enemigo. En este escenario, la palabra “fascismo” ha regresado al debate público y a las redes sociales, pero a menudo se usa de forma inexacta y sin conocimiento de la historia. No todos los regímenes autoritarios o dictaduras de derecha son fascistas. Al usar el término sin entender su contexto se corre el riesgo de inutilizarlo.

Robert O. Paxton publicó en 2004 el libro Anatomía del fascismo (editado en español hasta 2019), una exploración histórica de esta ideología que tomó el poder durante la primera mitad del siglo pasado. Paxton, historiador y profesor emérito de la Universidad de Columbia, fue el primer académico que documentó el colaboracionismo del régimen de Vichy con el nazismo en la Francia ocupada por Hitler. Uno de los aspectos centrales de la investigación del académico es entender las contradicciones del fascismo y, quizás lo más importante, su posible regreso en nuestros años. Vivimos tiempos en los que se piensa –muchas veces por pereza intelectual– que la historia puede volver justo como nos la enseñaron en la escuela y en los libros. Es tentador y fácil asumir que la historia se repite. Sin embargo, eventos históricos como el auge del fascismo y su consolidación poco antes de la segunda guerra mundial responden a hechos específicos, coyunturas cocinadas por largos años, decisiones personales e, incluso, dosis de azar. Por esta razón, es muy arriesgado aventurar una simple actualización de la historia. Tenemos, en su lugar, rasgos generales que se ramifican en direcciones diferentes –acaso imprevisibles– y que quizás ameriten nuevos términos. Palabras como “postfacismo” o “neofascismo” pueden ser antecedentes de conceptos que aparezcan en el futuro y que definan mejor lo que pasa en estos momentos con los movimientos políticos de nuestro siglo y sus reacciones virulentas contra la democracia, las minorías étnicas, las mujeres y el progresismo en general.

Es interesante que la primera estrategia para manipular la historia sea vincular al fascismo con el socialismo para demonizar a la izquierda global. También se ha vinculado, por medio de
una propaganda que no resiste el mínimo examen, al nazismo con el socialismo por el nombre de la organización que llevó a Hitler al poder: el “nacionalsoc
ialismo”. Hay una verdad a medias detrás de esta manipulación histórica: en efecto, muchos de los primeros fascistas –como el mismo Benito Mussolini en Italia– habían militado en el socialismo, pero después abandonaron esta ideología para conducir a sus seguidores a un nacionalismo cada vez más radical. Declaraciones iniciales y documentos indican, en efecto, que el primer fascismo desconfiaba de los capitalistas tradicionales y asumía su proyecto desde la política reaccionaria, pues no creía en el racionalismo económico de la época. Con el paso del tiempo, los industriales llegaron a acuerdos con los fascistas, pues la economía de guerra les beneficiaba gracias, entre otras ventajas, a la mano de obra esclava generada por el Estado.

El novelista francés Éric Vuillard ganó el premio Goncourt en 2017 con El orden del día, una novela breve que imagina, a partir de material de archivo, la simbiosis entre empresarios y fascistas alemanes. El periodista holandés David de Jong publicó en 2022 Dinero y poder en el Tercer Reich, una investigación que sigue a muchas de las familias más poderosas de Alemania, la acumulación
de capital que lograron sus corporativos con
Hitler y la impunidad de la cual aún gozan en nuestros días.

Como afirma Robert O. Paxton, el fascismo clásico creía en el Estado, pero no como un modelo democrático sino totalitario. Aun así, Mussolini y Hitler tuvieron que lidiar con innumerables tensiones entre las diferentes estructuras estatales que seguían conservando gran parte de su funcionamiento legal. La violencia política fue, al inicio, selectiva, hasta que se desbordó, particularmente en Alemania. Un buen ejemplo es el desarrollo y evolución de los campos de concentración. En KL: Historia de los campos de concentración nazis, Nikolaus Wachsmann describe cómo estos centros funcionaban de manera poco uniforme y se dedicaban, en sus inicios, a los enemigos políticos de Hitler que incluían, incluso, compañeros de viaje que habían sido víctimas de diferentes purgas. Fue, en su última etapa, cuando los campos de concentración se transformaron en una industria que hacía más eficiente el asesinato en masa. Según muchos estudiosos, el fascismo tiende al colapso por la necesidad continua de expansión, exterminio y búsqueda de un ideal imposible. No hay vuelta atrás cuando se llega a la última etapa.

La discusión sobre la vuelta del fascismo en el siglo XXI se concentra, para algunos investigadores, en la posibilidad o imposibilidad de usar un concepto que tiene un límite histórico muy claro y que acabó con el derrumbe del nazismo. De esta manera, es común encontrar términos que usan algún prefijo para actualizar el término. Más allá del uso de palabras como “neofascismo” o “postfascismo”, convendría enlistar los rasgos de esta ideología (supremacismo racial, violencia política, expansionismo militar, entre otros) para separarlos de dictaduras de facto y gobiernos autoritarios que se han multiplicado en el mundo. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha alertado a varios historiadores por el uso de las mismas estrategias fascistas que se creían superadas y encerradas, para su estudio, en los libros. En particular, la toma momentánea del Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero de 2021 mostró la capacidad del trumpismo de movilizar a una cantidad no desdeñable de seguidores para ejercer violencia. Fue entonces cuando cobró aún más fuerza la discusión sobre el fascismo y
su regreso.

La reacción virulenta al orden (neo)liberal tendrá, seguramente, un nombre que ahora no se puede imaginar. El gran historiador especialista en la Revolución Francesa, Robert Darnton, explica en su libro más reciente, El temperamento revolucionario, las condiciones previas a los grandes eventos que marcan la historia y su iconografía. Una de sus tesis es que la Revolución Francesa se desarrolló años antes de la toma de la Bastilla, el hecho que marca el imaginario popular sobre esa época en Europa. De igual manera, nosotros somos testigos inmediatos de un evento que se desarrolla gradualmente y cuyos efectos más dramáticos aún están por verse. Este “nuevo fascismo” aún sin nombre no es una especulación ociosa, pues se nutre del desequilibro global, parecido al que sufrió el mundo durante la primera mitad del siglo XX. Si el fascimo clásico pudo manipular a poblaciones enteras –que por primera vez podían votar– gracias a la política de masas, un fenómeno que se ponía a prueba por primera vez, esta nueva versión se extiende por medio de la desinformación, el simulacro, la emocionalidad vacía y una fuerza que enmascara un nihilismo que desprecia cualquier utopía.

El nuevo fascismo, contrario a lo que surgió en el pasado, tiene un fuerte componente apocalíptico, pues no ofrece ningún puerto seguro al cual llegar, sólo un medio para expresar la desesperanza y la ira de nuestros tiempos l

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