La otra escena / Las identidades tóxicas de Amaranta Leyva (I de II)

- Miguel Ángel Quemain quemain@comunidad.unam.mx - Saturday, 14 Mar 2026 21:01 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

El hombre veneno, escrito y dirigido por Amaranta Leyva, es un monólogo que fue escrito para ser presentado, por ahora, por actores de sexo masculino y femenino. Explora las posibilidades de un enunciante que se reconoce como un hombre o como una mujer intervenidos por su deseo, la cultura, la coyuntura políticosocial y el entorno espacial o geográfico.

El texto, apretado, poético, pleno de un humor paródico, fársico, negro a veces, fluye solo, en una coordenada distinta a la de la puesta en escena, porque el montaje le pone cuerpo y objetos a la palabra que ha trazado Leyva, para hacer una disección de los procesos psíquicos, actorales y literarios que son capaces de presentarse frente a un público que ha decidido entrar en la convención de que ese texto habitará un cuerpo, con unas señas de identidad femeninas y en otro con masculinas.

Algunas de las consideraciones que intercambié con el escenógrafo, el iluminador (Gabriel Pascal), la directora y la escritora del texto (Amaranta Leyva) en ausencia de los actores (César Alcázar y Yenizel Crespo), explican la genealogía de una aventura donde ambos se conocen bien y están tan trenzados, que el objeto estético que le ofrecen a la escena es mucho más que la suma de sus partes.

Esto es así porque el sillón brillante, en piel, que ha propuesto Pascal, es un fagocitador y una catapulta, bajo unas luces que traducen el ánimo del personaje y la atmósfera sociocultural que va creando el texto (un conjunto de capas que transitan del impulso vital a la petrificación emocional). Cada actor terminará por definir sus líneas y sus gestos corporales en un concierto que ahí está anudado con cada actor y la directora que exige e imagina.

El texto habitará los jueves y sábados a César, y los viernes y domingos a Yenizel, el recorrido de la lectura tendría que suponer esas posibilidades ajenas al texto y lo que tendría que suceder en un montaje, que para Amaranta y Gabriel es un más allá de ser “hombre y mujer”, para plantear las encrucijadas de una sensibilidad heterosexual y homosexual.

Una puesta en escena donde imagino que suceden cosas entre el escenógrafo/iluminador y la escritora/directora, una pareja de creadores con lenguajes muy distintos (aunque sean complementarios o suplementarios), que triangula su mirada con la actriz/actor en turno, en una extraordinaria multiplicación de las posibilidades triangulares que observan estas combinaciones de dolor, amor, deseo y erotismo solipsista, y que se imagina imaginado por el otro ausente que construye a partir de numerosos supuestos, hipótesis y previsiones.

Digo todo esto por la manera en la que se cocinan los proyectos entre las verdaderas tribus teatrales que comparten viajes, ensayos, planes, sobremesas, todo en un marco de afecto, admiración, respeto con todo lo que concurre, de la violencia de la tensión personal hasta los erotismos que afloran cuando un objeto tan precioso y sugerente como lo escénico se pone a circular no sólo fuera de casa, sino también fuera de la ciudad. Dicen: “El hombre veneno ‒explica Amaranta‒, es parte de un proyecto más largo que consiste en elaborar un diccionario de hombres. En una gira mis actores y Gabriel Pascal lo leyeron, y como estamos todo el día juntos ahí platicando y planeando, todos me propusieron que lo montáramos, que lo sacara a la luz.”

El escenario de teatro El Milagro es la caja de resonancia donde el texto fluye como una confesión, tal vez, o como una sesión terapéutica en un sillón/piel/abrazo que es testimonio y crónica de un envenenamiento que atraviesa múltiples seducciones, donde lo gradual funciona como un calentamiento de esas pasiones que inundan, intoxican y crean las adicciones fatales al dolor de un regreso continuo y muy difícil de desanudar. Estará hasta el 22 de marzo y vale la pena la posibilidad de ver el ‒ anverso y el reverso de esta imaginación l

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