Estados Unidos y el irresistible encanto del escándalo sexual

- Hermann Bellinghausen - Saturday, 14 Mar 2026 20:35 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Hay rasgos culturales que revelan mucho de los países, o de una porción grande de sus pobladores. La obsesión mediática de los estadunidenses por los escándalos sexuales de figuras públicas no tiene parangón, aunque el mundo entero cargue sus propios pecados, pecadores y purgatorios en tales “escándalos”, que siempre venden. Como serpiente que se muerde la cola, la noticia hace ruido, y su consumo escandaliza y distrae a las masas.

 

El puritanismo fundacional de las trece colonias que dieron pie a Estados Unidos ha sido motivo de parodias y revueltas juveniles, pero sobre todo ha moldeado la moralidad pública de ese país. Así como América Latina nace como el territorio ilimitado para esparcir el

catolicismo, la América anglosajona abre todo
un subcontinente a las nuevas doctrinas luteranas, destacando el radicalismo calvinista procedente de Alemania, Suiza y Holanda, además del anglicismo británico.

La invasión y colonización blanca venida de Europa creó un paradigma racial de belleza, pero también estableció las reglas de lo permitido, lo prohibido, lo secreto, lo tolerado, lo negado. El adulterio, escándalo sexual originario, se hunde en el pasado bíblico, pero fueron los nuevos estoicos sajones y anglos quienes le dieron carácter de delito imperdonable. (No se discuten aquí otras tradiciones en la materia, sea islámica, aborigen de África, oriental o ártica: sólo el puro puritanismo gabacho, tan infiltrado en la cultura de consumo contemporánea.)

A diferencia de la colonia española en América, la anglosajona se funda en la negación absoluta de una población precedente. Los indios eran nadie, fantasmas por erradicar. No tenían ningún derecho por encima del otorgando por un tal God a los “fundadores” del nuevo reino terrenal para hombres blancos, mujeres rubias y su prole güera. Modelo de superioridad racial y moral, fácilmente contrastable con el color negro de sus esclavos y el café o rojo de los nativos reservados en parques ex profeso.

Es inolvidable la lectura de La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne y el castigo a la presunta adúltera Hester Pryne, que debe llevar en el pecho la letra A de su pecado. Estigma, escarnio, escándalo. Y como resultado, diversión para las masas. Al angloamericano le encanta presenciar escándalos y escarmientos. Dicha tendencia al juicio general dio origen a la tradición del linchamiento, establecida en Virginia por el magnate y juez Charles Lynch en 1780 contra los “enemigos” realistas del nuevo país y floreció con la atroz discriminación racial sureña durante los siglos XIX y XX, con gran éxito de público.

Donde el sexo es una obsesión

nacional

La moderna cultura del escándalo sexual hereda la doble moral del calvinismo blanco y se antoja venganza contra la liberación libidinal y femenina de los años sesenta y setenta del siglo XX. Siendo Estados Unidos una potencia mundial en la producción y consumo de pornografía, incluso como derecho ciudadano (recuérdense las batallas legales de Larry Flynt y su Penthouse, o al célebre Hugh Hefner y sus “conejitas”), el sexo es una obsesión nacional. Estados Unidos es territorio privilegiado para el exceso sexual mediático.

La primera víctima notable de tales escándalos en la política estadunidense contemporánea fue un liberal, precandidato presidencial del Partido Demócrata, Gary Hart, en 1987. Su desgracia permitió prolongar el reaganismo con el holgado triunfo de George Bush padre el año siguiente. Tras desafiar a los reporteros a que probaran que cometía adulterio, el carismático Hart fue exhibido con su amante, una modelo, en el yate Monkey Business, y su carrera política se fue al caño en un instante. Treinta años después se supo que se trató de un montaje fotográfico.

El alcance del hecho era nuevo. No se parecía a otros chismes y balconeos de infidelidad de los políticos. Los tres Kennedy merecieron los suyos sin menoscabar sus carreras. Parecían darse con el glamoroso mundo hollywoodense como fondo, donde adulterio, divorcio y hazañas eróticas era fuente, si no de prestigio, sí de fama. Aún faltaba medio siglo para el juicio a Harvey Weinstein.

Las cosas comenzaron a cambiar. En 1991, el caso Hill-Thomas atrajo público con morbosidad inusitada. La abogada y catedrática Anita Hill testificó que el conservador magistrado Clarence Thomas, nominado para la Suprema Corte, la había acosado sexualmente y había condicionado se carrera cuando éste era su superior en el Departamento de Educación y en la Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo. Por fin una reivindicación femenina. Se celebró. Mas el episodio involucraba a personas afroestadunidenses, lo cual delataba cierta hipocresía racista. Y patriarcal: Thomas alcanzó el cargo y desde entonces ha sido muy útil para los gobiernos republicanos, aunque acaba de enfadar a Donald Trump votando contra sus aranceles (pues en 2026 el juez Thomas sigue ahí).

El espectáculo escaló al alcanzar a un presidente en funciones. Bill Clinton protagonizó el escándalo sexual del siglo, cuando se revelaron sus aventuras de seductor en la Casa Blanca, en particular con la interna Monica Lewinski, entonces de veintidós años. El juicio polarizó al público y lo entretuvo enormidades. Aunque el presidente mintió en su primer testimonio y lo cacharon, permaneció
en el cargo.

En la década siguiente los escándalos se volvieron recurrentes y casi siempre desastrosos para los políticos involucrados. El demócrata californiano Gary Condit protagonizó en 2001 un caso trágico, cuando su ligue de veintitrés años, Chondra Levy, desapareció; se descubrió que fue asesinada, pero nunca se resolvió el crimen. James McGreevey, gobernador de Nueva Jersey, renunció entre lágrimas al admitir un romance homosexual con un ayudante. Elliot Spitzer, gobernador de Nueva York, fracuentaba prostitutas y lo tumbaron. El senador republicano Larry Craig, de Idaho, se negó a renunciar cuando lo detuvieron por hacer proposiciones sexuales en el baño de hombres de un aeropuerto, pero no logró reelegirse en 2008. El senador demócrata John Edwards, que en 2008 buscó la Presidencia, perdió la oportunidad cuando se supo que había gastado un millón de dólares en un affaire extramarital.

Otros representantes republicanos cayeron en desgracia. David Vitter, de Louisiana, logró reelegirse senador en 2010, luego de ser identificado como usuario de servicios de prostitución, pero su carrera entró en declive. Mark Foley, representante de Florida, dimitió cuando se divulgaron sus correos electrónicos con sugerencias sexuales a otros hombres. El senador John Ensign, de Nevada, dejó la carrera presidencial cuando se supo de su romance con una exasistente y sus intentos por ocultarlo. El gobernador de Carolina del Sur, Mark Stanford, levantó polvo y chismorreo cuando debió abandonar sus aspiraciones presidenciales y admitió que en vez de bicicletear en los Apalaches andaba de novio con una mujer en Argentina.

Se repite un ritual mediático: el político compungido, arrepentido pero valiente, reconoce ante cámaras y micrófonos su “error”. Su esposa, al lado, lo mira con digna severidad. O sea, con cara de Hillary Clinton.

El escándalo de cada día

De entonces a la fecha los escándalos han sido tantos que es difícil llevar las cuentas. Destaca lo ocurrido en 2011 con Anthony Weiner, popular representante demócrata de Nueva York que renunció al Congreso al ser exhibido como practicante del sexting y subía fotos de su miembro por Twitter. En 2017 debió cumplir una condena de veintiún meses por enviar textos sexuales a una quinceañera.

En Sex Scandals in American Politics: A Multidisciplinary Approach to the Construction and Aftermath of Contemporary Political Sex Scandals, coordinado por Alison Dangle (Continuum, 2011), diversos autores analizan el asunto. Desde el caso Clinton a la aventura argentina de Stanford, el escándalo sexual se había convertido en un rasgo de la vida pública en Estados Unidos. Promesas éticas, compromisos legales, presuntos roles modelo, acusaciones sólidas respondidas con falsos testimonios que derrumban carreras políticas y determinan comicios y asuntos públicos. Los medios, el feminismo, la criminología, la psicología y la sociología han observado a fondo este ingrediente de la política.

Justo cuando llegaba a librerías el libro de Alison Dangle, saltó a la luz un nuevo sainete. El notable economista, exministro y expresidente de Fondo Monetario Internacional en Washington, Dominique Strauss-Kahn, firme candidato a la presidencia de Francia en 2011, fue arrestado por agredir sexualmente a una recamarera en un hotel de lujo en Nueva York. Era conocida su inclinación por el sexo rudo (pero consensuado), y al parecer le tendieron una trampa, haciéndole creer que cierta recamarera (de color) estaba al tanto e iba a cooperar. Los cargos se desvanecieron, pero Strauss-Kahn nunca recuperó su carrera y el público estadunidense disfrutó
la caída de un francés presumido.

El mundo del cine y el espectáculo botaneó a fondo las acusaciones contra Woody Allen, hechas por sus hijastros. Recibió críticas y condenas de la opinión pública virtuosa, y algo se ensombreció su prestigio, sin impedirle seguir filmando con éxito. Pero desde las entrañas de Hollywood, en 2016 se anunció el ocaso de Harvey Weinsten, y al año siguiente su historia estalló y dio pie al movimiento de reivindicación femenina #MeToo, que tuvo impacto profundo en Estados Unidos y otros países, incluido México. Las perversiones del tycoon se volvieron trending topic. Las denunciantes, algunas de ellas muy famosas, lo hundieron en la cárcel.

El mundo estaba listo para el mayor escándalo sexual de todos los tiempos: el show sin fondo de Jeffrey Epstein. Décadas de contorsionismo financiero, relaciones públicas y privadas con las cúpulas del poder y la alta burguesía, grandes fiestas en su isla bonita. En lo abundante, visible y prolongado de la saga epsteniana se imponen dos rasgos clave. Uno, las figuras que involucra: políticos, magnates, príncipes, estrellas del espectáculo, académicos, artistas. Y dos, el hecho repugnante de que se basó en la pedofilia, el secuestro de chicas, la explotación sexual y la más procaz danza de millones de dólares. La Mossad conocía el talón de Aquiles de las élites.

Ese mismo 2016, en campaña presidencial, Donald Trump fue acusado por veinticinco mujeres de agresiones y abusos sexuales. Él lo negó, la libró y llegó a la Casa Blanca. Desde entonces no ha dejado de espesársele el engrudo, aún sin consecuencias. En 2025, su exaliado Elon Musk lo acusó públicamente aparecer en los Archivos Epstein, cuya existencia ha negado Trump. Los muy convenientes suicidios de Epstein y Virginia Guiffre lo favorecen.

Cuando Clint Eastwood realizó el magistral thriller Absolute Power en 1996, era difícil imaginar que un mandatario de su propio partido, el Republicano, cumpliría la ficción encarnada por Gene Hackman, y más aún prever que el personaje real sería un energúmeno que pondría en vilo al mundo con una mano en la bragueta. En el filme, Eastwood es un ladrón profesional que se mete a la casa de una familia millonaria en Washington para robar sus joyas, y se oculta en el armario a la llegada de una pareja que sostiene un encuentro sexual que termina en abuso, casi violación y asesinato de la mujer. El ladrón se percata de que el hombre es el presidente de Estados Unidos. Enseguida llega su staff para sacarlo de ahí, acomodar la escena y fabricar una versión que lo exculpe.

No sabemos qué tan airoso saldrá Trump de ésta. Como quiera, los escándalos sexuales llegaron para quedarse en la escena política del imperio. Ecos de Nerón y Calígula rondan el Capitolio y los palacios del emperador, prometiendo pan, circo y muchas guerras. El círculo se cierra l

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