Dos cuentos rurales
- Héctor Palacio - Saturday, 14 Mar 2026 20:31
El ensalmador y el brujo
Mashela, el ensalmador
Los niños esperaban a que pasara al atardecer frente a la casa de los abuelos proveniente del jornal. Entraba a la sala, se colocaba al centro, extraía del morral su loción ensalmadora y la vaciaba en un pote al cual sumergía las ramillas de cocoíte, albahaca de la tierra, zorrillo y toronjil, e iniciaba los susurros chimuelos. Los pacientes, enfermos de sustos y miedos no dichos (apariciones de duendes, lechuzas, brujas), se paraban frente a él y Mashela comenzaba a ramear en el pecho –de acuerdo al ritmo suave de su rezo de murmullos indescifrables para las criaturas: “ennombredelpadreylasmilvirgenesguashangueragueraguanaguanamoshismoshigurugurubarabaraguashanguer...”–, después en la espalda alta y baja, en los dos antebrazos, la frente y finalmente en la mollera, donde vaciaba el resto de la loción, de profundos y verdes aromas herbáceos combinados con el alcohol, que medio bañaba al ensalmado.
Todos los niños querían enfermarse o asustarse (las mujeres también). Tan ricos eran el ensalmo, su olor y la rameada, que refrescaban del sofocante calor tropical. Cobraba Mashela sus “centavos” y se iba silbando. Acaso pasaría de nuevo al día siguiente, a curar otros males y espantos.
Locho, el brujo
Los ensalmadores no eran brujos. Pero sí los curahueso y los que sabían del uso de las hierbas y se convertían en animal (nahual, en el centro de México). Como Locho Pérez, que se transformaba en lechuza.
‒Ese jijo’eputa sí que era malo –dice padre–, pero era flojo pa’ trabajar, no avanzaba nada cuando iban entre varios a machetear el monte.
‒Bueno, pero dices que, cuando iba solo, se echaba al tronco de un árbol y ponía a trabajar a los machetes solitos.
‒Eso decía él.
‒¿Pero así sí avanzaba o tampoco?
‒Pues según decían, que sí.
A madre le insistieron para que llevara con el brujo al niño de cinco años que había sido mordido por el perro en la mejilla, cerca del ojo; porque de seguro estaría asustado.
‒¿Qué tiene el muchacho, doña?
‒Lo mordió su perro en la cara y me dicen que ha de estar asustado. Lo traigo para que lo vea y le dé alguna cura, porque el ensalmador no ha de servir para esto.
‒No. Ese Mashela es puro cuento, ni se le entiende nada, puras mentadas ha de rezarle a la gente, “chingasuamurumaramaragrrr”; ¡ja, ja, ja! A ver, páseme la criatura.
Le miró los ojos y le agarró el pulso de la muñeca derecha, que era donde y como medía el grado del espanto; porque a los asustados les brincaba la pulsada, les latía más rápido. Locho había aprendido de su abuela, quien también había sido bruja.
‒¿Cómo lo ve don Locho, está mal?
‒¡Nooo, señora, qué asustado va estar! Este niño tiene la sangre bien fuerte. No se espanta con nada. Es de los míos. Yo no me asusté ni cuando mi abuela me quiso matar. Vuelta lechuza, se paraba en el caballete de la casa, tiesa, vigilándome. Pero que me la madrugo un día y ahí mismo la agarré y le quité su poder; la maté, pues. Doña, hasta debiera dejármelo, pa’ que le enseñe y dé mis poderes cuando muera, ya ve que ya estoy viejo; o si no, se los dejo a usté, ¡ja, ja, ja! Qué sangre tan fuerte tiene este muchachito, ¡es de los míos!
Y salió la mujer apresurada con su hijo en brazos mientras otros que buscaban cura estaban tendidos en la cama con ventosas en la espalda o bebían alguna poción. Otros más esperaban al exterior de la choza de palma de guano de don Locho, que esa noche tal vez volvería a ser lechuza y al día siguiente, echado a las gigantes raíces de una ceiba para descansar el desvelo nocturno de nahual, vería trabajar, mientras filosofaba, sus machetes.
El acagual
Cuando Pantaleón salió del acagual, se encaminó al grupo de jornaleros que encabezaba. No clareaba aún. Era el cabecilla, su guía. Saludó a todos con parquedad al tiempo que escupía un grueso esputo de la mascada de tabaco.
Miró al firmamento, tasajeó el aire con el machete y dijo:
‒Las seis, vamos, a darle.
‒¡Vamos! –respondieron todos, siguiéndole.
Le bastaba escudriñar el infinito para saber la hora. Continuaron la desmontada de la montaña donde había quedado el día anterior. Todos alegres, menos Román, el último de los veinte hombres en incorporarse a la tarea de machetear a diestra y siniestra árboles y maleza. Tenían que arrasar veinte hectáreas. Más tarde tendrían que sembrar y recolectar el maíz para la hacienda del patrón.
Román había sido el líder en años anteriores. Hombre maduro, enceló cuando el patrón lo sustituyó por Pantaleón, que tenía un vigor endemoniado y no llegaba a los veinte aún, mas todos lo respetaban ya. Éste avanzaba sin descanso, tronchaba la naturaleza con derecha e izquierda; se cansaba un brazo, alternaba el otro. Como si algo más que su cuerpo, su espíritu, como si su ánimo fuera parte de cada golpe de machete.
Los trabajadores sólo hacían tres paradas entre las 6 de la mañana y las 6 de la tarde para beber pozol blanco o con cacao, única forma para vencer esa intrincada selva del sureste mexicano, obstáculo para la siembra y el ganado. Era el uso de los patrones. Arrasaban la selva, la quemaban, sembraban maíz, arroz y frijol; después yuca. Luego zacate y metían las vacas. Así se extendía el progreso; así lo interpretaban.
Román provocaba a Pantaleón tratando de rebasarlo a tajos diestros aunque no fuera ya el líder asignado. Quería demostrar que era mejor, que había sido injusto relegarlo a segundón. Pero no podía, se esforzaba y no lograba adelantar, se quedaba atrás. Hacía trampas, gruñía para que oyeran.
‒Ese jijo, tal por cual, ya va a ver –callaban todos y seguían laborando.
Ese día había madrugado antes que Pantaleón, esperando a que apareciera del tupido acagual que atravesaba al venir de su choza. Quiso enemistarlo con los compañeros, no contestó el saludo, se atrasó en su línea de acción, saltó a otras líneas. El ánimo de Pantaleón observaba con el rabillo del ojo y callaba; ya llegaría el sábado, cuando se hacía la paga.
Esos agrestes intentos no bastaron para alterar al guía. Hasta que en un aparente descuido, al cortar una rama, Román soltó el machete que voló por el aire y cayó al pie del cabecilla. Se escuchó un rumor. Pantaleón marcó un alto, desenterró el hierro, caminó hacia su dueño, lo miró de frente a los ojos con serenidad firme y se lo entregó.
—Vamos, a darle; a las 6 nos vemos, pariente –un frío recorrió a Román.
La jornada continuó, hicieron las pausas para beber y dieron las 6. En vez de guardar los machetes, Pantaleón y Román afilaron
de nuevo.
Caminaron al llano frente al acagual. Se pararon cara a cara sosteniendo el arma en su mejor mano. Los otros rodearon la escena.
Dieron vueltas en círculo, amagaron avances, chocaron un par de veces los filos. El atardecer no hacía sino acentuar el drama. Como relámpago, Román se arrojó con vigor, levantó el machete y lo descargó sobre el contrincante. Ágil, animalesco, Pantaleón se movió y lo esquivó, y en el salto pegó un giro, alzó y azotó su machete contra el bulto. El borbotón de sangre fue inmediato; le había atravesado la clavícula.
Limpió el hierro en tierra; lo metió en su funda. Miró el sol, “6 y media” –pensó. Escupió el tabaco, dio la espalda a los hombres y se metió al monte. Los jornaleros corrieron donde el herido sangraba y gritaba ayes; tratarían de salvarlo. Lo levantaron y se fueron a prisa.
La siguiente madrugada, los trabajadores esperaban ver aparecer a Pantaleón. Y salió del acagual. Saludó a todos. Miró al cielo, blandió el machete, escupió el tabaco.
‒Las seis –dijo–, vamos, a darle.
‒¡Vamos! –gritaron todos siguiéndole l