Cinexcusas / Sorpréndeme, Oscar (II y última)
- Luis Tovar @luistovars - Saturday, 14 Mar 2026 20:45
Son tres las situaciones en torno a las cuales gravitará la nonagésima octava ceremonia de entrega del cinematográfico premio Oscar: una, la guerra que Estados Unidos, en compañía de Israel, sostiene con la República Islámica de Irán; dos, las acciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en su propio territorio; y tres, el escándalo mediático-político generado por los Archivos Epstein.
Quien piense que nada de lo anterior influye en la más relevante asignación de reconocimientos al cine, no sólo de Estados Unidos sino de todo el mundo, peca de ingenuidad. Desde su primera entrega, hace ya casi un siglo, el Oscar ha servido más como barómetro para medir momentos sociopolíticos, ideológicos y económicos –y, según el caso, promoverlos o combatirlos–, que para dar cuenta del estado de la cinematografía local estadunidense y, aunque sea marginalmente, la internacional. Los casos a lo largo del tiempo, abundantísimos, son de sobra conocidos y en su mayoría corresponden a omisiones y soslayamientos que rayan en lo absurdo, ya se trate de producciones, ya de personas, en cuyo lugar el premio se lo han llevado montones de filmes, empresas, cineastas e histriones, unos intrascendentes y otros más bien simplemente convenientes para el sostenimiento y la permanencia de un sistema-industria siempre cuidadosa de sus interese$.
Así las cosas y, como es costumbre, además de la retahíla de sketches y chistes más bien sosos y de quiénes serán los receptores del premio, la atención estará puesta en los discursos de los galardonados: si habrán de pronunciarse respecto de alguna de las tres situaciones arriba mencionadas, en caso de ser así el tono en que lo hagan, y la reacción del muy cuidadosamente elegido, definitivamente endógamo y habitualmente timorato público presente en la ceremonia. Nada tendría de raro –de esto también sobran casos– que a los discursantes se les permita expresarse en contra de esto o aquello, pero nomás tantito, lo suficiente para que la academia cinematográfica gringa se dé un mínimo –pero falso– baño de apertura y libertad.
La probable reiteración de la intrascendencia
En cuanto a los filmes en competencia, y centrándose en los diez nominados a Mejor Película –Bugonia, F1, Frankenstein, Hamnet, Marty Supreme, The Secret Agent, Sentimental Value, Train Dreams, Sinners y One Battle After Another–, el mayor interés radica en ver si alguna de las dos últimas, nominadas en abundancia con dieciséis y trece categorías, respectivamente, termina como “la mejor”. Si fuera Sinners –“pecadores”–, significará que la mayoría blanca-masculina que a fin de cuentas es la que decide quién gana y quién pierde, prefirió evadirse de la realidad presente: ambientada en los años treinta del siglo pasado, la película es un bricolaje donde se combinan mafia, racismo, música de blues y vampiros, y no es que no funcione pero, tratándose de una mezcla notablemente peregrina, es en extremo complicado apreciar dichos elementos como alegorías de la actualidad.
Muy distinto será si el filme más reciente de Paul Thomas Anderson –Boogie Nights, Magnolia, There Will Be Blood– es el gran ganador del Oscar. Basada en la novela Vineland, de Thomas Pynchon, es un relato sin concesiones, complejo y profundo acerca de las pulsiones político-ideológicas-racistas de la sociedad estadunidense actual, donde se habla de la extrema izquierda estadunidense –inexistente, por invisibilizada, para el noventa y nueve punto nueve por ciento de la población– y los grupos supremacistas blancos, enquistados en todo el aparato policial y gubernamental del país vecino. Historia de traiciones, venganzas, persecución más que de las personas de las ideas, One Battle After Another es, por decir lo menos, una película incómoda que, por su temática tanto como por su excelsa calidad fílmica, debería ganar si acaso el Oscar fuese un premio serio.
Si gana cualquiera de las otras, cosa nada improbable, simplemente significará la reiteración de la intrascendencia de “la estatuilla” l