Ciencia ficción e Historia: de Herr Schultze a Donald Trump
- Jorge Olvera Vázquez - Saturday, 14 Mar 2026 20:38
No podría considerarse una de sus obras más conocidas, pero en su poco afamada novela Los 500 millones de la begum, Julio Verne representa un futuro posible –para nosotros, pasado– que apunta directamente a nuestro presente histórico y político. Es una obra que, en el fondo, relaciona de forma lógica las causas con las consecuencias y, como suele pasar con la ciencia ficción, termina por apuntar a las cosas que debieran interesar a los lectores instalados en el futuro próximo o lejano. Así, se afecta la vida desde la literatura (pero vivir no es esencial, sólo leer, decía Monterroso).
Algún autor inglés (¿Chesterton, Stevenson?) consideraba a Verne el mejor narrador del mundo; la novela no es necesariamente disonante con esta idea, considerando que no es una de las grandes narraciones del autor. Además de la literaria –llena de aventuras–, ofrece al lector una experiencia más allá de lo textual y adquiere un suprasentido histórico que, en estos tiempos, puede configurar una esperanza.
El texto aborda lo sucedido cuando una herencia multimillonaria tan increíble como inesperada cae en manos de dos científicos –uno francés; otro alemán– con dos visiones del mundo totalmente opuestas: dos paradigmas éticos de la ciencia entran así en conflicto.
Por un lado, Francois Sarracin, utópico, soñador, cree en la paz, la justicia y una sociedad esencialmente feliz y, por tanto, funda la ciudad de France-Ville, la ciudad del bienestar (y eso nos suena conocido); por el otro está Herr Schultze, antípoda del anterior, quien funda la Ciudad de Acero, una urbe totalitaria, de población generalmente alienada y explotada, al servicio de un supremacismo que enarbola la superioridad étnica –prehitleriana– de lo germano sobre cualquier otra raza en el mundo. Y dispuesta a argumentar a su estilo, es decir, por la vía armada.
Por supuesto, las naciones opresoras no pasan de moda aunque la Historia siga su curso –natural o no– y los países oprimidos y violentados deben sacar lustre a su capacidad de resistencia, a su inteligencia política para aminorar los efectos de las decisiones de algún líder insensato y con grandes capacidades de perjuicio y destrucción.
Tal es el caso de Herr Schultze: dejar que el proyecto de Sarracin triunfe significa evidenciar a la gente que el mundo de la paz, la justicia y el bienestar son posibles. Y eso no puede ser. Ya lo decía George Bush en 2001, luego de ganar las elecciones presidenciales: “Fue sorprendente que ganara, me enfrentaba a la paz, la prosperidad y el poder.” Y una cámara lo suficientemente indiscreta –aún encendida– captó el traspié, para que luego lo citara Michael Moore en Estúpidos hombres blancos (2003).
A ese tipo de líderes representa Herr Schultze, su encarnación actual sería Donald Trump, la duda ruborizaría a cualquiera. Afortunadamente, lo que hoy llamamos ciencia ficción –término posterior a Verne– suele darnos peculiares lecciones de historia (del futuro); es literatura y también historia por anticipado, para doloroso deleite del lector en busca de esperanza (al respecto no es desafortunado recordar “Una lección de historia”, de Arthur C. Clark).
Así, entronizado como poder único en la Ciudad de Acero, Herr Schultze llega a creerse omnipotente. Nadie allí puede oponerse a sus órdenes y ese es precisamente su problema: los seres como Herr Schultze se creen más poderosos de lo que son. Piensan que la suya es la única voluntad en la Tierra. La novela de Verne no es mágica, es lógica: cuando alguien se cree invencible es cuando está más cerca de ser derrotado. Ya no se miden consecuencias y es entonces cuando se comete el error fatal. Y tratar de tapar errores con otros errores más recientes es el camino más corto –o más seguro– a la debacle.
En efecto, el triunfalismo trumpiano no tiene bases sólidas por poner el zapato sobre Palestina, Cuba, Venezuela o Irán. De cualquier manera, insulta y amenaza a todo el mundo; se pelea, ofende, humilla a civiles, periodistas y políticos; afecta la economía mundial y gobierna de acuerdo con sus intereses y caprichos personales; manda portaaviones, submarinos, aeronaves y militares a todos lados; en su propia red social –no faltaría más– impone narrativas y su escasa visión del mundo. Se siente el rey del mundo y por eso el mundo en que se pierde le dicta que su único límite es su propia –y endeble– moralidad
Lo mismo pasa con Herr Schultze. Posee armas de un poder nunca visto y, especialmente,
una bomba que congelará al instante a una población entera (Ville-France, naturalmente, la Venezuela en turno). Se piensa entonces todopoderoso. ¿Por qué no? Todos le obedecen, tiene riqueza inconcebible y posee la industria bélica más grande y poderosa del mundo, base de una ominosa economía de guerra. (Y estas son palabras de referencialidad ambigua completamente involuntaria). En estas condiciones comete un error inconcebible y encuentra su fin y el de la ciudad, esa entidad gris, subterránea e hipervigilada, cuya impronta es retomada por George Orwell en 1984.
Hay aquí una lección literaria y política que Donald Trump ignora y que a los demás nos muestra que siempre hay esperanza. Aun en un presente aciago, hay mensajes del pasado que modifican la visión del futuro.
Quien cree tener todo el poder, ha comenzado a perderlo. Así sea en la salud mental y el autodominio. Es el principio del fin l