Traducir una obra maestra
En los últimos años el poeta Víctor Manuel Mendiola ha llevado a cabo las versiones al español de dos amplias antologías inglesas: de los isabelinos (Violencia e inmensidad en la poesía de los siglos XVI y XVII) y de los románticos ingleses (La arena en fuga). De esta última, publicada por la UNAM, desprendió su versión del Adonáis de P.B. Shelley (1792-1822), una de las más hondas elegías en la historia de la poesía, dedicada a la memoria de John Keats, de quien dijo más de una vez por escrito que era un genio. Nietzsche amaba los libros que debían leerse de pie; Adonáis debe leerse así. Desde muy joven, Adonáis ha sido el poema que más ha ahondado en mí del romanticismo inglés, aunque otros preferirán con razones soberbios poemas de Coleridge, Keats o Byron.
En el prólogo, José María Espinasa señala dos versiones anteriores: una, que tuvo un destino desordenado, de Manuel Altoguirre, y otra, de Vicente Gaos; falta una tercera que no incluyeron Mendiola y Espinasa, la de Lorenzo Peraile de 1977, en la madrileña Editora Nacional. Los tres antedichos traductores, por cierto, son españoles. No sé si algún mexicano haya hecho antes que Víctor Manuel Mendiola una versión del Adonáis.
Shelley, sin fingimiento, sin modestia, consideró su extenso poema dedicado a Keats, según una carta del 5 de junio de 1821 al matrimonio Gisborne, como una “alta y elaborada obra maestra”, y en otra misiva del 16 de junio escribió a Claire Clairmont, su examante y hermana de su esposa Mary, que ya ha terminado la elegía y la mandará ese mismo día a imprimirse en Pisa. “He sumergido mi pluma en el fuego que se consumía en su destrucción; sin embargo, el estilo es tranquilo y elocuente”.
Como ha repetido la crítica, como dijo el mismo Shelley, es un poema del poeta al poeta, pero no al amigo, porque no hubo amistad entre ellos. Keats ha vivido y vivirá por su bellísima lírica, pero también pervive por la dramática elegía de Shelley. Keats, que amó la Belleza, la encontraría en este poema en aclamación y elogio hacia él.
Mendiola buscó una edición actualizada y musicalmente impecable. Gracias a su detallado conocimiento de la métrica, a su oído educado, lo logró. Es sabido que en toda traducción o versión o traslación o traslado (como quiera llamársele) algo o mucho se pierde; sólo son dables acercamientos. Mendiola debió en ocasiones omitir palabras y expresiones, es decir, entre sacrificar música y sentido, prefirió en esos momentos espinosos que prevaleciera la música. Las traducciones o versiones pueden ser excelentes, buenas, regulares, malas o espantosas; aplaudamos esta vez a una excelente.
En la versión de Mendiola del Adonáis, las cincuenta y cinco estrofas de nueve versos, a la manera de Spencer, son de una arrebatada musicalidad, y el poema como conjunto es un largo y exaltado lamento, un tristísimo llanto. Dialécticamente en la elegía, Shelley une contrarios: está el enaltecimiento del poeta que será eterno y la corrupción de la carne; la Italia azul y la tumba carroñera en el cementerio protestante de Roma; lo abismal y lo abisal. A decir de Shelley, como lo sería para los románticos de la primera mitad del siglo XIX, la Naturaleza y Keats son uno solo. Los vivos somos los muertos y puede serlo la muerte misma.
Vaya cantidad en el poema de versos altamente emotivos. Pongo varios ejemplos: “Pasó la tempestad y yace roto el lirio” (…), “Ángel perdido de un edén en ruinas” (…), “el gozo ciego en lágrimas” (…), “un rumor triste, en cantos, el leñador escucha” (…) , “si el placer huyó ¿para qué despertar al año triste?”
En Adonáis, Shelley dialoga o hace hablar a Urania, la musa de la astronomía e inspiradora de los poetas, que en el poema es la madre melancólica y poderosa de John Keats. Shelley escribe en un verso que Urania tenía al joven poeta inglés como el hijo más querido.
Como subtemas del Adonáis, podríamos poner dos casos: uno, la comparación de que ni el ruiseñor con su canto, ni el águila con su vuelo hacia el cielo, se afligen tanto con la muerte de Keats como lo llora Inglaterra; otro subtema serían los feroces ataques contra los críticos que “acuchillaron” a Keats en 1918 en Quarterly Review, cuando publicó su Endymion, y que Shelley expone en el prólogo como la causa de que a Keats se le rompiera un vaso sanguíneo de los pulmones, lo cual derivaría en la penosa enfermedad que lo llevaría a la muerte tres años más tarde.
Keats moriría de consunción el 23 de febrero de 1821 en un apartamento a un costado de la Piazza di Spagna en Roma. Shelley moriría ahogado, después de naufragar, en el mar Tirreno, en Lerici, frente a la costa de la Liguria, un año y medio más tarde, el 8 de julio de 1822, cuando volvía de Pisa. Iba a cumplir en agosto los treinta años. Días después el mar regresó el cuerpo a la playa cerca de Viareggio. Por decisión de Byron el cuerpo se incineró en la playa. Antes, se extrajo el corazón que guardaría Mary Shelley hasta el día de su muerte. Las cenizas de Shelley se encuentran, no lejos de la tumba de Keats, en el cementerio protestante de Roma. El 19 de abril de 1824 moriría Byron en una casa de Mesolingi, a los treinta y seis años, cuando se aprestaba a luchar por la independencia de Grecia de los turcos. En tres años tres altos poetas ingleses, elegidos de los dioses, murieron jóvenes l