Más allá de las etimologías: la helenidad de las palabras

- Daniel Navarrete Beltrán* - Tuesday, 10 Mar 2026 13:29 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
La plasticidad del griego para generar palabras para nuevos conceptos es uno de los rasgos más notables de la influencia que ha ejercido en muchos ámbitos del conocimiento, sobre todo el técnico. Desde las etimologías a los neologismos, este artículo ofrece un testimonio y ejemplos muy ilustrativos de esa capacidad y cómo puede ejercerse en un aula de la Prepa 8 o en la mente de grandes pensadores y científicos.

 

A ver, tú: ¿qué es ‘semáforo’?”, preguntó la maestra de una materia de nombre enigmático, Etimologías Grecolatinas del Español, a un alumno del grupo 506 de la Escuela Nacional Preparatoria, plantel 1, “Gabino Barreda”. Era un martes de inicios de agosto de 2009, más o menos a las 10:30 de la mañana. “Un poste que tiene tres focos de distintos colores: verde, amarillo y rojo, y controla el flujo de los carros”: algo así fue lo que respondió el estudiante interrogado. “A ver, tú: “¿qué es ‘semáforo’?”, preguntó de nuevo la profesora a otra alumna, quien contestó algo parecido a lo del primer chico. Evidentemente lo que la profesora nos estaba pidiendo que respondiésemos no era qué era un semáforo, sino qué era semáforo, sin el artículo; es decir, no el referente material, tan sólo la palabra. Y evidentemente también estaba preparando el terreno para sorprendernos cuando ella diera la respuesta, la respuesta de esa pregunta que nos había hecho dudar de nuestro conocimiento del léxico, que nos había hecho pensar en un objeto tan cotidiano en nuestra vida y que, sin embargo, no lográbamos definir bajo los criterios de tal cuestionamiento. Y vaya que nos sorprendimos cuando la maestra escribió en el pizarrón la palabra “semáforo” y subrayó la primera mitad y dijo: “sema significa señal en griego”; y escribió la acepción debajo. Luego hizo lo mismo con la segunda parte y dijo: “y foro significa ‘portador, que transmite’, por lo que ‘semáforo’ significa etimológicamente ‘portador de señales, que transmite señales’.” Yo estaba del lado de los pupitres, pero puedo jurar que la imagen que la profesora Susana Rodríguez vio en ese momento, y vio a lo largo de muchas generaciones, fue la misma que he visto yo en mis primeras clases de Etimologías ya como profesor, cuando con mis estudiantes intento recrear modestamente esta dinámica con otras palabras: la imagen de varios rostros sorprendidos por tal descubrimiento, etimológicamente hablando, pues descubrimiento (esta vez palabra del latín) quiere decir que algo que estaba cubierto ya no lo está. La maestra nos reveló (es decir, re-tiró el velo) el significado prístino de la palabra, la “verdad” que se escondía tras la forma “semáforo”. La sorpresa en el rostro de las y los estudiantes es única: es el cobro de conciencia de que las palabras ‒el instrumento de comunicación que más usamos, el más obvio y conocido‒ guardan secretos en su forma, por más que sepamos el concepto físico o abstracto al que dan nombre. La maestra nos preguntó luego qué era “nostalgia” y qué era “melancolía”, y descubrimos que, aunque los dos términos conllevan el sentido de tristeza, su respectiva forma nos llama la atención sobre sus diferencias: “dolor por el regreso”, el primero; “bilis negra”, el segundo. Luego vinieron más términos, pero ése fue el inicio de toda mi trayectoria académica, para mí que desde niño me habían atraído las palabras. Éste también fue mi primer contacto con el griego y el primer peldaño de mi formación profesional.

La helenidad sin tiempo

“Semáforo”, “nostalgia” y “melancolía”, tres palabras con “helenidad” o “grecidad” distinta en cada caso. La única de ellas que existe desde el griego antiguo es “melancolía”, prácticamente con el significado que hoy le damos. “Nostalgia” existe en griego moderno (νοσταλγία), pero en realidad resulta ser una creación del médico suizo Johannes Hofer, que a mediados del siglo xvii se valió de los vocablos griegos nóstos (“regreso” o “retorno”) y álgos (“dolor”) para formar un término universal que diera nombre al “deseo intenso de volver a casa”, que surgió del concepto alemán heimweh; esto es, se trata de un neologismo de hace cuatro siglos. Por su parte, la palabra “semáforo” (σημάφορος), como ya dije, tampoco existió en griego clásico, o al menos no ha quedado registrada, y aunque existe en griego moderno, no designa al aparato con luces regulador de la circulación vial, al que los griegos llaman, más bien φανάρια (término que significa “lámparas” o “luces”) o, por más señas, φανάρια κυκλωφορίας (es decir, “lámparas o luces de circulación”), del verbo φαίνω (“brillar”), la misma raíz de φῶς (“luz”). “Semáforo”, en realidad, es otro neologismo ‒esta vez del siglo xix y al parecer creado por el francés Claude Chappe‒, que designó en un inicio cualquier aparato transmisor de señales (como los primeros telégrafos). Precisamente, este es el significado, ahora caído en desuso como aquellos transmisores primigenios, que tuvo la palabra en griego moderno, y actualmente nombra también una variable de restricción o acceso a datos en informática, pero nada más... En español ‒lengua en la que la palabra aparece registrada desde 1884‒, el neologismo inventado por Chappe, con el tiempo, pasó a denominar el transmisor de un tipo de señales en particular, las señales viales, cuando empezaron a implementarse en varias ciudades, gracias a la invención del ingeniero inglés John Peake Knight, los primeros reguladores de tránsito, los ancestros de los semáforos que hoy conocemos. Parece que sólo algunas lenguas romances, como el español, el portugués, el italiano, el rumano o el catalán, adoptaron la palabra “semáforo” para nombrar este invento; las lenguas germánicas, como el sueco, el danés, el noruego o el inglés, prefirieron llamarlas “luces de tránsito” (véase traffic lights en inglés). Curiosamente para nuestro caso, lo mismo hizo la lengua griega: no empleó el neologismo formado con sumo rigor a partir de vocablos propios de siglos (σῆμα y φόρος) y un mecanismo de composición típico en ella, sino que recurrió también a una frase de dos palabras que literalmente significa “luces de tránsito o circulación” (φανάρια κυκλωφορίας). No obstante, ¿el hecho de que en griego la palabra “σημαφόρος” no sea tan común y de que en realidad no haya surgido originalmente en esa lengua hace menos griega esta palabra?

Me parece que no. La “helenidad” o la “grecidad” de ella no reside en su autenticidad histórica o empleo cotidiano, sino en que, cuando Claude Chappe se vio en la necesidad de dar nombre a su telégrafo, pensó en la lengua griega para crearlo. Es que Occidente sigue teniendo a Grecia y a su lengua, milenaria, como cuna de su identidad cultural en todos los rubros: el primer médico, Hipócrates; la primera mujer poeta, Safo; el primer historiador, Heródoto; el primer biólogo, Aristóteles... Así pues, cuando en la modernidad se requiere dar nombre a un nuevo concepto, es decir, crear un neologismo (de los vocablos griegos néos: “nuevo”; y lógos: “palabra”), las distintas lenguas de origen europeo han solido preguntar al griego cómo lo habría llamado éste en la Antigüedad, sobre todo cuando se trata de conceptos técnicos. Pongamos por ejemplo no ya “semáforo”, sino ahora “nostalgia” (“dolor por el regreso”, como ya dijimos). ¿Por qué, si el concepto surgió en alemán a partir de la palabra heimweh, el médico Johannes Hofer recurrió a raíces griegas para darle un nombre universal? ¿Por qué no simplemente se adoptó la palabra alemana y se la adaptó en cada lengua a la fonética propia? Porque el hecho de que esté en griego cohesiona todas las lenguas occidentales hacia un mismo origen, no un origen lingüístico (pues el griego no es lengua madre de ninguna de ellas), pero sí identitario culturalmente hablando.

Nombres nuevos con raíces antiguas

Además de su legado cultural, el griego se caracteriza por su insigne capacidad de sintetizar las ideas más abstractas en una sola palabra (quizá por ello es la lengua en la que surgió la filosofía); siempre ha poseído una gran plasticidad para la formación de términos que significan mucho, palabras que dan nombre a conceptos amplios y a la vez precisos que en otras lenguas, como el español, tienen que expresarse necesariamente por medio de frases completas. En este sentido, sus raíces semejan a fichas o ladrillos de Lego que pueden combinarse de múltiples maneras siempre con resultados sorprendentes. Esto lleva a pensar que todavía en nuestra época, cuando queremos expresar un concepto muy sofisticado, podemos crear palabras en griego antiguo para llamarlo, o dicho de mejor modo, podemos crear palabras como habrían sido si hubieran existido en griego antiguo.

Yo lo hago cada ciclo con mis estudiantes, pues las y los visualizo como futuros
profesionistas que descubrirán, por
ejemplo, alguna nueva enfermedad, que inventarán algú
n nuevo tratamiento o alguna nueva técnica en su área, o bien, propondrán un sistema político novedoso, entre otras acciones innovadoras. Todas estas cosas tendrán que ser nombradas por primera vez en algún momento. Recuerdo una palabra que crearon algunos de mis alumnos de la Prepa 8. Ellos querían ser médicos e imaginaron una terrible enfermedad que podría existir en un futuro y que consistiría en que la sangre comenzara a secarse en nuestro organismo: la nombraron “hematoxerosis” (hémato: “sangre”; xero: “seco”; -sis: “proceso”: “proceso de desecación de la sangre”). Ojalá que esta enfermedad nunca exista, pero si apareciera, el nombre que ellos le crearon con raíces griegas sería perfecto. Otra palabra, que creó un grupo de alumnos de la Prepa 5 que tenían intereses matemáticos: “aracnaritmo” (arachni: “araña”; arithmó: “número”: el “número araña”). Según me explicaron, sería una potencia que sintetizaría todas las otras potencias y ayudaría a resolver operaciones complejas; su nombre sería tal porque se trataría de un número que, tal como una araña, escalaría y escalaría en niveles de su propia “telaraña”.

Así pues, en el ámbito científico y especializado, todos los hablantes de lenguas occidentales seguimos hablando, mutatis mutandis, con las palabras de Platón o de Tucídides de hace dos milenios y medio: ni Hipócrates ni Galeno descubrieron ninguna enfermedad que consistiera en la desecación de la sangre, pero si hubiera ocurrido, es sumamente probable que la habrían llamado “hematoxirosis”; tal vez ni Pitágoras ni Euclides idearon nunca una superpotencia matemática, pero si lo hubieran hecho, “arachnarithmós” habría sido una buena propuesta para llamarla.

¿Qué buscamos, entonces, en la lengua griega los hablantes de español, de francés, de italiano, de inglés, de alemán, de sueco, de ruso? ¿Por qué la UNESCO en 2017 instauró un día específico para celebrarla? Me parece que lo que buscamos en ella es una identidad cultural milenaria, pero también la universalidad y la precisión con la que el griego puede expresar los conceptos más sofisticados gracias a su maleabilidad, por lo cual es idónea para la formación de nuevos términos.

Si cuento desde aquel martes de inicios de agosto de 2009, llevo más de dieciséis años estudiando griego. En el Plantel 1 de la Escuela Nacional Preparatoria aprendí el alfabeto y mucho vocabulario antiguo (aún conservo las hojas de palabras que constituyeron los temidos exámenes orales de la profesora Susana Rodríguez); luego, con la maestra Beatriz Acevedo, aprendí que el griego es una lengua de casos sintácticos (nominativo, genitivo, acusativo, etcétera) y aprendí a declinar nombres y conjugar un poco los verbos. En la Facultad de Filosofía y Letras conocí la endiablada morfología de esta lengua en su etapa antigua y, con el tiempo, pude leer, gracias a grandes profesores, a poetas “clásicos” cuyos textos han significado mucho en mi vida: Íbico, Apolonio de Rodas, Mosco de Siracusa, Bion de Esmirna, Museo Gramático. A la par, estudié también griego moderno en la Escuela Nacional de Lenguas, Lingüística y Traducción, con la gran maestra Anny Papavasileíou, quien no sólo me adentró en la cultura de la Grecia actual y su historia, sino también en la poesía de Kavafis, el poeta de la sencillez profunda, como lo concibo yo.

Hoy soy profesor de griego antiguo. Me encuentro ya subiendo el décimo séptimo peldaño, si pensamos que cada año constituye un escalón, y he disfrutado mucho el ascenso. ¿Qué traerá el décimo octavo, el décimo nono, el vigésimo? l

*Daniel Navarrete Beltrán es filólogo y profesor de Letras Clásicas, ENP/UNAM.

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