Cuento / El Americano

- Hilías Papadimitrakópoulos* - Tuesday, 10 Mar 2026 13:32 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Vivía junto a nuestro terreno, al sureste de Pirgos,1 pero nunca lo habíamos visto. Años y años estuvo en América. Su familia (su mujer y dos hijos de nuestra edad), vivían en una casucha de adobe, un pino enorme hacía sombra al lugar y aumentaba los problemas inherentes de la casa y de la familia.

Las raíces del pino socavaban los cimientos de las delgadas paredes (una o dos ya se habían derrumbado y habían sido sustituidas con láminas de metal), y cuando hacia el atardecer veíamos salir humo del tiro de la chimenea, trepábamos por las ramas y, subiendo sobre las tejas (que se hacían trizas sin hacer ruido debido a la gran humedad), caminábamos de puntillas hacia la corona de la chimenea desde donde lanzábamos a la cacerola destapada (Dios sabe por qué se nos había hecho ese vicio), pedacitos de madera, piñas y hasta tierra…

Un día (debió ser en 1937) regresó de pronto de América el dueño de la casa. Literalmente se alborotó el lugar ‒y en la noche, en aquella estrecha habitación en la que se quedaba la familia, se juntó todo el barrio para saludar y ver (por fin) al ausente perenne, mientras que todos esperábamos que nos hubiera traído algún regalo el migrante de regreso con total misterio.

Él (su familia se había puesto la ropa de fiesta y todos resplandecían) con manchas en la cara, manos temblorosas y en general aspecto de la persona que nuestra gente llama con acierto un recién desembarcado, iba y venía con notorio desconcierto, casi inquietud, mezclando en la conversación extrañas palabras americanas, mientras cada tanto sacaba de un enorme baúl ropa usada, telas, sombreros ‒pero también varios objetos raros.

En algún momento se nos acercó llevando con cuidado una caja de cartón: entonces ya estábamos seguros de que nos iba a regala algo americano, o aún más, algo exótico. Abrió la caja y de adentro sacó un paquete de pequeños cartones grises que tenían impresos (con tinta café oscuro) letras y números, y en las orillas dos o tres pequeños agujeros redondos. Nos los mostraba con aire triunfal y nos explicó que con esos cartoncitos entras en un tren que se mueve por debajo de las casas y de los altísimos edificios y surca toda Nueva York.

Ya con dificultad ocultábamos nuestra desilusión. Nos miramos de reojo ‒o sea, nos queríamos decir y ahora qué cosa nos endilga…

Entonces el Americano despareció por un rato. Cuando regresó traía en las manos una extraña caja de madera café, alargada, con muchas perillas y una gruesa manecilla debajo de una superficie de vidrio sobre la cual estaban impresos en diagonal, en letras mayúsculas extranjeras, nombres de grandes ciudades y capitales del mundo.

Miramos con asombro. Entonces alguien, mayor que nosotros (también ya viajado), pronunció la insólita frase:

‒¡Un radio!

Mientras tanto, el Americano continuaba mudo los preparativos. Extendió fuera de la casa un largo alambre de cobre al cual conectó otro parecido que salía del radio. A falta de enchufes, hizo algunos cambios en el único portalámparas de la habitación y ahí conectó otro alambre negro. Un tercer alambre, más pequeño, colgaba de
la parte de abajo del radio. El Americano me llamó para que lo sostuviera entre mis dedos y al mismo tiempo debía pararme fuera de la ventana, pisando descalzo el suelo.

Me acerqué aterrado. La concurrencia me observaba temerosa. Alguien (muy probablemente el que había pronunció la palabra radio), me llamó la atención sobre no soltar el alambre porque había riesgo de explosión.

Ya estaba empapado en sudor cuando el Americano decidió girar una perilla. Un foquito verde se encendió detrás del vidrio con los nombres de las grandes ciudades y poco después se empezaron a oír unos ruidos extraños, como gruñidos o como truenos. En medio de la sorpresa general, el Americano hacía girar lentamente una segunda perilla, la aguja entonces se movía de una ciudad a otra.

De pronto se escuchó una voz femenina (un chillido mejor) que cantaba algo en italiano, como se aclaró poco después. Todos callamos, atónitos. El Americano sonreía y sus hijos nos miraban con cierto desdén.

Entonces ocurrió una pequeña explosión (yo seguía sosteniendo el alambre de abajo),
un destello rasgó la habitación y de la parte de atrás del radio empezó a salir humo gris y un olor muy feo inundó el lugar. Nos echamos a correr.

No volví a ver el radio aquel. El Americano iba y venía todos los días a un terreno cercano, seguido siempre de una cabra blanca. Su familia se mudó a la ciudad y vivía solo desde entonces. Con láminas, piedras y vigas trataba de sostener las paredes de la casa, que cada invierno se curvaban y caían.

Durante la Ocupación,2 el Americano se debilitó y empezó a decaer. Un día se enfermó gravemente y murió solo en la casa en ruinas. En el barrio decían que se contagió de alguna enfermedad por una mula que habían matado y enterrado los italianos ahí cerca. El Americano fue de noche, la desenterró y cortó en pedazos, los curó con mucha sal y los colocó en grandes vasijas redondas de barro. De ahí sacaba todos los días un pedazo y se lo comía frito, a veces echaba dentro un huevito de las dos gallinas de su terreno l

Notas:

1. Pirgos es una ciudad en la unidad periférica de Élide, Grecia occidental.

2. La ocupación nazi duró del 27 de abril de 1941 al 12 de octubre de 1944.

*Hilías Papadimitrakópoulos (1930-2024) nació en Pilio, en Tesalía. La muerte de su padre durante la Ocupación alemana provocó la ruina económica de su familia. Estudió en la Facultad de Medicina Militar de la Universidad de Salónica, con especialidad en Medicina Interna y postgrado en Ciencias de la Salud. Permaneció en el ejército hasta 1983, año en que se dio de baja voluntaria con el grado de Director Médico. Durante seis años fue jefe de redacción de la Revista Médica de las Fuerzas Armadas. Inició su carrera en las letras en 1962, publicando cuentos en varias revistas literarias. En 1995 recibió el premio de cuento de la revista Leer (Diavazo). Es autor, entre cuentos, narraciones y ensayos, de dieciocho libros. Formó parte de la generación griega de narradores de la postguerra.

Versión de Francisco Torres Córdova.

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