Isla e imperio: la resistencia cultural en Cuba
- Luis Tovar - Saturday, 28 Feb 2026 21:09
“Quien se levanta hoy por Cuba, se levanta para todos los tiempos”: así lo dijo ese gigante de las letras, la libertad y el humanismo que fue José Martí a propósito de lo que, muy acertadamente, consideraba el deber de todo americano –es decir, toda persona nacida en nuestro continente– a finales del siglo XIX, refiriéndose a la independencia, la soberanía y la autodeterminación no sólo de la mayor de las Antillas, en esos tiempos aún en proceso de sacudirse la dominación española, sino de toda Nuestra América.
El aserto, escrito por el autor de Flores del destierro en 1895, mismo año de su deceso, es tan vigente hoy como lo fue en aquel entonces, pues al decir “para todos los tiempos” Martí fue preciso y premonitorio: como es de todos conocido, durante casi siete décadas el imperio estadunidense ha puesto en Cuba el corazón de sus obsesiones hegemónicas y su ambición desmedida, traducidas en el ilegal e infame bloqueo político, económico y financiero con el cual, contra los planes, deseos y expectativas de una administración estadunidense tras otra, no han logrado derrocar al gobierno emanado de la Revolución triunfante a finales de la década de los años cincuenta del siglo pasado.
A la claramente inhumana exacerbación actual de ese bloqueo, que a través de la amenaza a cualquier tercero que suministre petróleo a la Isla mediante transacción comercial, literalmente pretende hacer imposible la vida misma, la República de Cuba ha respondido, como de costumbre, con un patriotismo y una dignidad a la altura del ataque estadunidense.
En esa respuesta no podía faltar la comunidad cultural y artística cubana: el pasado lunes 16 de febrero, más de un centenar de narradores, cineastas, poetas, dramaturgos, investigadores, compositores, pintores, escultores, bailarines, coreógrafos, historiadores, actores, editores, grabadores, etnólogos, pedagogos, periodistas, diseñadores, cantantes… agrupados en la UNEAC –Unión de Escritores y Artistas de Cuba– se manifestaron pública e internacionalmente en resistencia contra la agresión imperial, y cierran su manifiesto precisamente acudiendo a la claridad de su compatriota, el poeta, ensayista, periodista, diplomático y defensor de la independencia José Martí: levantarse o, en otras palabras, defender a Cuba, no sólo significa hacerlo para todos los tiempos sino en nombre de todos los pueblos de América.
¿Quiénes firman?
Entre los ciento veintitantos creadores de todas las disciplinas artísticas firmantes del desplegado “Cuba no es una amenaza” –en alusión directa al despropósito trumpista según el cual la Isla representa “una amenaza a la seguridad estadunidense”, abundan galardonados con el Premio Nacional de sus respectivas especialidades, verbigracia y sin un orden particular, la directora coral Digna Guerra (Premio Nacional de Música), el radialista Ramón Espigul (Premio Nacional de Radio), Nancy Morejón (Premio Nacional de Literatura), Lesvia Vent Dumois (Premio Nacional de Artes Plásticas), Pedro Pablo Rodríguez (Premio Nacional de Ciencias Sociales), Viengsay Valdés (Premio Nacional de Danza), Miriam Muñoz (Premio Nacional de Teatro), Margarita Ruiz (Premio Nacional de Patrimonio Cultural), y por supuesto personajes como el escritor Abel Prieto, actual presidente de Casa de las Américas, Alpidio Alonso Grau, ministro de Cultura, y el narrador, poeta y ensayista Miguel Barnet, presidente de la UNEAC y también Premio Nacional de Literatura.
De lo que se trata
En otras palabras –y dicho sea de paso, a diferencia de ciertos literatos de otros lares, por ejemplo mexicanos, tantas veces dispuestos a firmar desplegados ya entreguistas, ya reaccionarios–, lo mejor y más abundante de la comunidad cultural cubana tiene perfecta y activa conciencia del rol histórico que le toca desempeñar en un momento como el actual: la denuncia y, fuerza es insistir, la resistencia contra las medidas unilaterales y criminales impuestas no a un régimen tanto como a una población entera.
Es decir –y vaya dirigido a quien tenga problemas para entender algo tremendamente simple–, es nada menos que una comunidad cultural y artística muchas veces acusada o tachada como incapaz de disociar la ideología del acto creativo, la que pone el ejemplo anteponiendo razones y urgencias humanistas y, de ese modo, identificándose con lo que se supondría consustancial al arte: la defensa de los derechos esenciales de la humanidad, en este caso, la soberanía, la autodeterminación y la libertad. Deviene carente de sentido humanitario, si no es que muestra inequívoca de padecer aquello de lo que se acusa, la reticencia intelectual que regatea la solidaridad con el pueblo cubano –el referido manifiesto va dirigido “a los artistas e intelectuales del mundo”– con el pretexto de disentir o de plano estar en contra del modo de gobierno en Cuba: de lo que aquí y ahora se trata no es de posturas político-ideológicas, sino de humanismo simple y llano… o de su ausencia.
No es de ahora sino desde siempre
La resistencia cultural cubana no es novata y mucho menos acaba de nacer: desde los tempranos años sesenta, y en respuesta al asedio permanente –desde Kennedy “el demócrata” y pasando por Obama “el reconciliador”–, contando más de medio siglo de tensión política tantas veces manifestada en hechos concretos, todos violatorios del derecho internacional –verbigracia el intento de invasión en Bahía de Cochinos o la instalación del aún operativo centro penitenciario de tortura estadunidense en Guantánamo–, lo que la comunidad cultural y artística en Cuba ha hecho es lo que mejor sabe: componer, cantar, filmar, escribir, pintar, montar obras, editar revistas, investigar, divulgar… y de nueva cuenta contra el prejuicio que quiere ver en cada creador cubano un panegirista gubernamental, el opus colectivo en la Isla es todo menos monolítico y, si bien por supuesto puede ocuparse del pulso político, eso no obsta para que verse sobre todos y cada uno de los aspectos de la sociedad y el individuo: situaciones como el exilio y la diáspora, la cerrazón y eventual apertura en materia de diversidad, pero también los sentimientos y las emociones del ciudadano de a pie, sus cuitas, su modo de sentir, sus deseos, angustias y alegrías. En otras palabras, lo que han hecho escritores como Edmundo Desnoes, Nicolás Guillén y José Lezama Lima –en tantos sentidos tan opuestos a los muy mediáticos Reinaldo Arenas y Leonardo Padura–, cineastas como Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, artistas visuales como Armando Mariño y Carlos Estévez, músicos como Leo Brower, Polo Montañez y el grupo Síntesis –por no quedarse en los celebérrimos Silvio, Pablo, Amaury, Noel, etcétera–; lo que han hecho y, en el caso de los que continúan en este mundo, siguen haciendo, es idéntico a lo que realiza cualquier otro creador de cualquier lugar del mundo: un arte que, para serlo, debe poder prescindir de cualquier “apellido”: político, ideológico, militante, comprometido…
Que cientoveintitantos creadores hayan firmado el manifiesto/llamado “Cuba no es una amenaza” es buena muestra, primero, de que el clásico tiene razón: bien sea que el creador sea o no consciente, no existe tal cosa como un arte sin postura; segundo, que los silencios convalidan y, por lo tanto, es preciso manifestarse de manera inequívoca en resistencia contra el sinsentido, la amenaza, la agresión y el ataque a todo un pueblo, tal como lo hace la pléyade artística cubana l