Dignidad y voluntad en Cuba: respuesta al arma más innoble
- Luis Hernández Navarro. Fotos: Jair Cabrera Torres - Saturday, 28 Feb 2026 21:03
Lennon en La Habana
El trío interpreta “Imagine”, de John Lennon. Con la cocina del restaurante La Carreta a sus espaldas, uniformados con camisas coloridas y floreadas, los músicos tocan con pasión la pieza del Beatle. El sonido agudo y brillante del requinto punteando ocupa el lugar de la voz del cantante, mientras el bongó y la guitarra lo acompañan.
Esa canción en medio de un elenco de sones, tan a la medida con los aires que soplan estos días en la Isla, no es algo completamente inusual. El compositor
de “Héroe de la clase obrera” es más que conocido entre los músicos cubanos. No muy lejos de ese mesón, apenas a unos dos kilómetros de distancia, en el barrio El Vedado, a escasos veinte minutos caminando, se encuentra su estatua en el parque que fue bautizado con su nombre. Acompañado de árboles de laurel, un Lennon de bronce, de tamaño natural, está apaciblemente sentado en una banca, con espacio suficiente para que los visitantes se fotografíen a su lado. No lleva sus tradicionales lentes de montura dorada, porque nunca falta quien decida llevárselos de recuerdo.
El monumento habanero tiene ya sus años encima. Fue inaugurado en diciembre de 2000, a dos décadas de su asesinato. El comandante Fidel Castro y el cantautor Silvio Rodríguez develaron la estatua. Según su autor, el escultor cubano José Villa: “Mi propuesta fue homenajear a una personalidad contestataria, cargada de demonios y sueños.”
Lennon, sobre todo el del disco Some Time in New York City es, póstumamente, un camarada de los hombres del 2 de diciembre de 1956 y su utopía antillana. Su rola “La suerte de los irlandeses”, un himno antimperialista, tiene multitud de vasos comunicantes con lo que la Isla ha sufrido. Esta empatía postrera entre el Beatle y la Revolución cubana fue reconocida por el mismo Fidel Castro. “Lo que lo hace grande a mis ojos es su pensamiento, sus ideas. Comparto sus sueños completamente”, dijo.
Y, en la esquina del parque que lleva su nombre, como si fuera parte de la atmósfera vintage a la que obliga el bloqueo, se encuentra la taberna El Submarino Amarillo. Allí se interpreta en vivo rock de los setenta. Mesas y paredes están llenas de imágenes relativas y letras de las canciones del Cuarteto de Liverpool. Sus shows, que nada tienen que ver con la naftalina, son muestra de que, a pesar del estrangulamiento económico, los apagones, las penurias y la escasez, la vida sigue.
A la sombra de Martí
El pensamiento del libertador José Martí ilumina el paso de la Revolución Cubana. Inspira la insurrección anticolonial y la gesta antimperialista. “El pueblo que quiere morir ‒escribió‒ vende a un solo pueblo.” Hay bustos suyos de todos los tamaños y materiales en centros de población e instalaciones productivas. Murales con su imagen acompañados de sus frases, engalanan las más diversas paredes.
Pablo González Casanova describió al organizador de la guerra de Independencia de la Isla como maestro universal, portador de valores éticos incomparables, hoy compartidos por varios millones de cubanos. Autor intelectual de la Revolución Cubana, la belleza de su estilo ‒dijo‒ iguala las profundidades y precisión de su pensamiento. Es imposible pensar otro mundo posible sin sus lecciones.
En todos lados se topa uno con él. El Comité de Defensa Revolución (CDR) José Martí de la Comunidad Manuel Isla colocó una estatua del prócer. Detrás de la escultura, como parte de la instalación, pintó un mural con los elementos de un lábaro patrio desconstruido. La obra plástica abarca dos paredes perpendiculares verdes que se juntan. En ellas, se despliegan las tres franjas azules que simbolizan los departamentos originales en los que se dividía Cuba en aquella época; las dos blancas, que representan la pureza y la justicia de la causa, y un triángulo rojo en forma de una caprichosa serpiente, emblema de la sangre derramada, la libertad y la igualdad. Pero, a diferencia de la original, en lugar de una estrella blanca de cinco puntas, símbolo de soberanía, hay dos. Como remate, una de ellas acompaña del emblema del CDR. Martí y la soberanía están allí representados inequívocamente.
Es inevitable regresar al poeta en tiempos como éstos. Si la vieja Doctrina Monroe establecía la máxima de América del Sur y el Caribe para los americanos del Norte, el nuevo ideario Donroe va aún más lejos. El pasado 29 de enero, Donald Trump emitió una orden ejecutiva que considera al gobierno cubano una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior estadunidense. Acusa a La Habana de tomar medidas que perjudican y amenazan a Estados Unidos y alinearse con países y actores hostiles. Gracias al decreto, la Casa Blanca podrá imponer castigos (aranceles) a los países que envían petróleo y derivados a Cuba.
El ingeniero Alidey Piñeiro Martínez vive con su pareja y su mamá en un departamento de Manuel Isla. Viste una camiseta gris y shorts con estampados de palmeras, playas y amaneceres tropicales. Sus reflexiones sobre la nueva orden ejecutiva de Trump y el estrangulamiento energético, tienen tras de sí la impronta martiana del CDR al que pertenece.
Platica, entre sorbos de café: “Somos dos personas adultas en la casa y un anciano. No tengo niños pequeños. No estoy en la situación más crítica. Tengo una moto que me permite trasladarme. Pero va a llegar un momento en que el combustible no va a alcanzar. Y hay que buscar alternativas.
”Tenemos electricidad 12 o 18 horas diarias. No falta el agua. Está llegando normal a la cisterna. Se ha reservado combustible para que su abastecimiento no se detenga.
”El cubano está acostumbrado a buscar una solución, con ingenio, ayuda de vecinos, solidaridad y hospitalidad. Todo mundo se ayuda y comparte lo poco que tiene.”
“La situación es compleja para el cubano de a pie ‒dice. Está llegando al más débil, al que día a día lucha por sobrevivir. Afecta la salud, al personal que tiene que trasladarse, al estudiante, al médico, al más vulnerable.
”Nuestro barrio está organizado en CDR, que funcionan. Dos o tres edificios son un CDR. Hay un delegado, con poder de gestión. Estamos a la expectativa de lo que viene. Se informa mucho, porque las redes sociales desinforman mucho. Debemos saber discernir, estar al tanto de las principales decisiones.
”Si había duda de si estábamos o no bloqueados, el presidente de Estados Unidos se ha dado a la tarea de que nadie tenga duda. Es una persona totalmente aborrecible. No tiene límites. Es el peor presidente que ha tenido ese país. Quiere que la población se lance contra el gobierno.
”Pero las palabras rendición y derrota no son parte de nuestro vocabulario. No nos rendimos. Tenemos mucha historia. Muchos cubanos han derramado sangre en situaciones peores. El cubano va a seguir hasta las últimas consecuencias. No va a pasar que entreguemos el país como quieren ellos. Somos un país rico en dignidad.
”Solo un loco puede pensar que va a llegar alguien a decirnos: hay que quitar a este gobierno y poner otro. Suponiendo que no esté este gobierno, van a estar 10 millones de cubanos que no van a permitir que la libertad de pueblo de Cuba ‒la real, no la que ellos quieren‒ se vea comprometida. Seríamos el patio trasero de Estados Unidos. Lo que quieren ellos no tiene nada que ver con el bienestar de Cuba. No vamos a entregar el país. Vamos a estar defendiendo la Revolución. Vamos a seguir luchado.
Llanisca, vivir el bloqueo
El educador y filósofo Fernando Martínez Heredia, fallecido en 2017, fue uno de los más importantes intelectuales cubanos. Combatiente contra la dictadura de Batista, dirigió la revista Pensamiento Crítico, referencia medular en las luchas de liberación nacional en América Latina.
Llanisca Lugo, su alumna, es una intelectual revolucionaria. Nació en 1978. Psicóloga, trabajó varios años en la universidad, después en la Red en Defensa de la Humanidad y luego en el Centro Memorial Martin Luther King. Investigadora de la Cátedra Gramsci (de la que Martínez Heredia fue presidente) y del Instituto Juan Marinello en La Habana, es diputada de la Asamblea Nacional del Poder Popular.
Según Llanisca, el apretón de Trump sobre el pueblo cubano, desmedido y brutal, se monta sobre una larga historia de resistencia. El bloqueo implica una política salvaje de castigo y hostilidad contra el pueblo, de carencias y daño a la materialidad de la vida cotidiana. Sin embargo, ha despertado entre la gente, más allá de lo que se piense de la gestión del gobierno, la fuerza de vivir, de defender la vida en comunidad y lo colectivo, de resistir. Esta resistencia se expresa, más allá de los discursos, de maneras muy solidarias, muy tejidas, muy espontáneas.
“Vivir el bloqueo ‒explica‒, además de lo que representa para los recursos estratégicos para el país, significa naturalizar y acostumbrarte a que hay cosas en la vida que no te tocan, por desafiar un orden criminal y vivir de otra manera. Por ejemplo, no se puede acceder a bancos, ver un video en TikTok o tener una reunión por Zoom. A veces ‒advierte‒ fuera de Cuba no se imaginan que se puede vivir de modos en los que el cubano vive.
”Vivir con el bloqueo ‒puntualiza‒ es acostumbrarte a una carencia, que no significa pena, tristeza y sufrimiento. Y claro que hay dolor en Cuba. Pero la solidaridad se vive como orgullo, compañía, cualidad y autoestima. Somos pequeños y enfrentamos algo muy grande. Eso nos da una autoestima que es dura de roer.
”El bloqueo ‒señala‒ afecta más a las mujeres. Ellas hacen más colas para comprar comida, cuidan a los hijos, los buscan en la escuela, lavan y planchan sus uniformes.”
Es impresionante ver cómo, en el primer día de escuela en Cuba, en medio de la crisis, los niños van uniformados. Hay una sacralidad hacia la escuela, un respeto por la institución, una fe en la educación como derecho. Eso lo cargan las mujeres, aunque, en los últimos años, los hombres también se incorporan bastante.
El bloqueo tiene rostro de mujer. Lo viven en su cuerpo más fuerte. En el período especial se enfermaron de neuritis más que los hombres, porque le entregaban su ración de comida a los hijos. Las mujeres piensan primero cómo va a comer la familia y después comen ellas.
Es pesado, pero no se vive como victimización. Las frases comunes que se usan son: “Vamos a ver qué pasa”, “no está fácil”, seguida de “hay que echar para adelante”,
“En nuestro código de las familias, reivindicamos una sociedad de familias diversas. Entre ellas, reconocemos la familia monoparental. Es una familia presente en Cuba. Como resultado de la emigración, hay muchas familias con mujeres al frente. Ha sido un golpe muy fuerte. Muchas veces son los hombres los que se van, y a cargo de las familias quedan las mujeres.
”Tenemos que imaginar la vida cotidiana de la familia: el hijo o el padre que emigró, la abuela que se quedó con los niños, el profesional que se fue a estudiar una beca pero que en la práctica también está fuera del país, dos, tres, cuatro años. Todo eso en una sociedad muy afectuosa, muy de pollitos bajo la gallina. Y que ha tenido que aprender a quererse de otro modo, a conectarse por internet para verse en videollamadas. Son dolores que también carga la sociedad cubana.
”Pero se resiste ‒explica‒ con una capacidad que viene de nuestra historia. La nación nació de una postura frente al imperialismo. Se construyó con la sangre de la gente que luchó por la Independencia, con Martí, pero también en 1961, cuando declaramos el carácter socialista de la Revolución.
”Comprendimos que, si no éramos antiimperialistas, no teníamos opción para ser nación. Porque si no lo éramos, lo que nos quedaba era ser una isla sin respeto, sin dignidad, un territorio ocupado, colonizado.
”La resistencia viene de que hemos puesto muchos muertos. Por eso Fernando Martínez Heredia decía que nuestra Revolución es un proyecto de liberación nacional socialista, que tiene que entender que la libertad y la justicia van de la mano, y se dieron la mano en la historia de Cuba.
”No va a haber un cambio de régimen. Cuba va a encontrar formas de resistir. Hay un pueblo que no lo va a aceptar. Tenemos capacidad organizativa, historia, capacidad de crear, mucha formación.
”No podemos caer en la fantasía de que sin instrumento político vamos a ser un país democrático. Tenemos un sistema político basado en el poder popular, en asambleas. Podemos discutir muchísimo sus carencias, y cómo nuestra democracia puede ser más plena y profunda. Pero he conocido un poquito algunos países del mundo. Y, por lo que he visto, no creo que la gente en esas naciones tenga más alcance a la democracia que la que podemos construir los cubanos.”
Huracán sobre el azúcar
Cuando los barbudos tomaron el poder en 1959, en la Isla nos sabía leer ni escribir el cuarenta y cinco por ciento de la población, la mayoría campesinos, y la mitad de los maestros tenían licencia ilimitada. Sin embargo, gracias a la labor educativa de la Revolución triunfante, el 22 de diciembre de 1962, Cuba fue declarada “Territorio libre de analfabetismo”, por aquello de que saber leer es saber juzgar. Cuenta con más de millón y medio de graduados universitarios. Lidera el número de profesionales por cápita en América Latina.
En la Antilla mayor, los servicios de salud son completamente gratuitos. Dispone de nueve médicos por cada mil habitantes, una de las tasas más altas del mundo. En 2025, el índice de mortalidad infantil fue 9.8 por cada mil nacidos vivos. Por el bloqueo, creció con respecto a 2024, cuando
llegó a 7.1.
El actual estrangulamiento energético, al que se suman sesenta y ocho años de agresiones acumuladas, ha ido desgastado las conquistas sociales de un país que puso por delante a la gente sobre las ganancias. El malestar por ese deterioro se escucha en las colas y los paraderos de transporte urbano, y luego se difunde con megáfonos digitales, junto a una bizarra estética de la bancarrota.
En 1960, Fidel Castro le dijo al filósofo francés Jean-Paul Sartre, y él lo incluyó en su célebre libro Huracán sobre el azúcar: “El bloqueo es el arma más innoble: se aprovecha de la miseria de un pueblo para someterlo por hambre. No aceptaremos eso. Nos negaremos a morir en esta Isla sin alzar un dedo para defendernos.”
Desde los enormes rascacielos de La Habana o al recorrer algunos puntos de la Isla donde se miran todos los matices del verde de los que se pinta la exuberancia vegetal, libres de publicidad comercial, puede verse cómo el tráfico de vehículos disminuye con el paso de los días, los apagones son más que frecuentes y hay problemas con la recolección de basura. Pero, a pesar del agravamiento de las adversidades, la vida sigue. La resistencia se mira en las calles y en las cooperativas. Con ingenio e imaginación, los cubanos idean mil y una formas de salir delante de las nuevas adversidades.
Al escuchar a trabajadores, campesinos, estudiantes, ingenieros, técnicos, maestros, médicos, periodistas, jubilados, artistas y funcionarios, lo que se oye es la combinación de una detallada descripción de las nuevas afectaciones que padecen y de su inclaudicable voluntad de resistir. Hay en ellos, y especialmente en ellas, voluntad de futuro.
A pesar de quejas y desavenencias, Cuba es una nación unida. No está dispuesta a dejarse avasallar, ni a ser nuevamente una infernal semicolonia. No se deja embriagar con las palabras de oropel que llegan de Miami. El embargo, el arma más innoble de la voraz metrópoli contra un pueblo, topa hoy con otra, aún más poderosa, que animó aquella expedición de soñadores que alcanzaron la cima de la Sierra Maestra: la confluencia de voluntad soberana y dignidad. El viejo amo no regresará a aquellas tierras l