Cuento / Mal olor
- Víctor Ronquillo - Saturday, 28 Feb 2026 21:13
Después de todo su familia era protestante, creyentes convencidos de la existencia de Dios y las enseñanzas de Cristo. Cuando niño su vida estaba regida por un orden elemental, el blanco y negro del bien y del mal. Quizá por eso los malos sueños sufridos por el CEO de una de las más grandes y poderosas industrias productora de armamento en el mundo. Esos malos sueños que se negó aceptar provenían de la mala conciencia de saber que su negocio era el de la muerte, aunque lo negara con razonamientos de toda índole y lo justificara con la provechosa vida que llevaba y dio a sus hijos, a sus nietos, y que le iba a dar a quién sabe cuántas generaciones de los suyos. El olor a muerto lo despertó en su cama con una nauseabunda intensidad.
Como en una pesadilla, ese olor provenía de sí mismo, un olor del que no podía apartarse. Aquella peste no cedió con el angustiado baño de cada día con olorosos jabones, ni con las más caras lociones. Era un asunto médico, como lo pudo comprobar mediante análisis y visitas a innumerables especialistas médicos. Su cuerpo secretaba ese terrible olor
a muerto.
Pero eso fue sólo el principio.
Frente a su extraño mal se preguntó de que le servía ser el CEO mejor pagado del mundo; su salario, sumando todos los pluses, era de más de un billón de dólares al año. Una cifra extraordinaria y estrambótica, que alguna vez pensó, en un arranque de arrepentimiento cristiano, podría servir para aliviar problemas del mundo como el hambre, pero estaba comprometido con fundaciones y organizaciones cuyos membretes y prestigio le permitían evadir impuestos. Además estaba su idea, el gran propósito que emprendió justo al cumplir cincuenta años, de conquistar el espacio, de llevar a Marte un laboratorio de investigación que algún día reportaría enormes ganancias por la explotación de los minerales asentados en el planeta rojo.
Lo cierto es que pidió a un par de asesores y a una de las universidades donde tenía influencias, desarrollar un plan maestro para abatir las consecuencias del cambio climático en Centroamérica. Un ambicioso plan que incluía un plan de producción de alimentos. Era imposible. No podía exponer su gran proyecto de la conquista del espacio, ni cerrar alguno de los otros provechosos negocios de la guerra electrónica del siglo XXI.
Se resignó a pasar los días en el encierro de una casa de verano en la playa californiana. En ese lugar había montado lo necesario para mantener operaciones. Su esposa llevaba meses recluida en un centro de rehabilitación contra las adicciones cercano a Las Vegas. Sus hijos ocupaban importantes posiciones en el imperio económico de la guerra y también en el gobierno; el más joven era un joven congresista muy hábil en labores de lobby político.
Pese al mal olor decidió seguir con su vida, lo del retiro era una tentación, pero a dónde iba a ir con el olor a muerto a cuestas. Ese olor impregnado a su ser, esa peste que lo condenaba la soledad.
El psiquiatra coincidió en su diagnóstico con ese asesor suyo, un personaje que se decía brujo y a quien debía acertadas predicciones que por años orientaron sus negocios y su vida. Lo que le ocurría era una manifestación de arrepentimiento, de esa mala conciencia cristiana que debía olvidar.
Pero lo peor estaba por venir. Despertó una mañana cualquiera después de una noche de excesos. Había bebido demasiado, llamó a un par de mujeres que soportaban su mal olor a cambio de una buena cantidad de dólares. Las conocía, verdaderas profesionales. Una de ellas le administraba cierta prodigiosa droga que multiplicaba el placer.
Se levantó de la cama con el cuerpo pesado y una fuerte jaqueca, caminó rumbo al cuarto de baño. Al mirarse al espejo descubrió con horror en lo que se había convertido: un monstruo. El mismo monstruo que lo visitaba en sus pesadillas de niño, aquellos pesadillas que lo acechaban cuando se portaba mal.