Bemol sostenido / Sonido, tiempo y cocina
- Alonso Arreola @escribajista - Saturday, 28 Feb 2026 21:30
En La passion de Dodin Bouffant (2023) el oído se enciende antes que la mirada. Esta película de Tran Anh Hùng, protagonizada por Juliette Binoche y Benoît Magimel, despliega tomas largas, casi sin cortes, donde la cocina respira y se anima como no se ha visto antes en el cine (nuestra ignorancia es mucha, pero somos avezados por vivir con una cocinera y coleccionar filmes sobre el tema). Cuchillos sobre madera, burbujas en las ollas, el roce del cobre con las cucharas, la cadencia del vapor que hipnotiza a los platónicos demiurgos del sabor... Porque allí la cocina no es escenario, es personaje.
La obra parte de la novela La vie et la passion de Dodin-Bouffant (1924) de Marcel Rouff, así como de su primera adaptación para la televisión francesa (1972). En ella, su sibarita protagonista es pionero en ese momento histórico de formalización y experimentos culinarios, gracias al cual aquellas tierras sorprenderían al mundo.
Hablamos de un intelectual de los placeres que resume el eje toral de la historia con una sentencia que parafraseamos: se puede hacer música siendo niño ‒como Mozart‒, pero no se puede ser gastrónomo antes de los cuarenta. Ese es un arte que se debe pulir comprometidamente. Con tales reflexiones nace una conciencia del paladar que Francia ayudó a institucionalizar en Occidente. El gusto como saber lento, acumulativo, corporal.
Gracias a Dodin, el tempo extendido se vuelve audible con decisión radical: los sonidos del ambiente gobiernan escenas completas, sin diálogo ni voces. La cámara acompaña, pero es el fogón quien conduce la partichela. Pensamos, inevitablemente, en Roma o Año bisiesto (películas mexicanas sobre las que escribimos antes, en este mismo espacio), justo por su apuesta en la banda sonora “silente”, animada por actividades y objetos cotidianos. En las tres (contando ésta de la que hablamos), el mundo material canta: platos, pasos, agua, respiraciones; el realismo no se mira, se escucha.
A riesgo de parecer farsantes, mirando el fogón de la película invocamos una intuición de la filosofía presocrática: el fuego como principio de cambio perpetuo (Heráclito). Su contemplación como aceptación del Cosmos en movimiento. Aquí, el crepitar de la estufa y las ollas retoman esa idea. Verbigracia, la secuencia final ‒justo cuando la cámara gira en despedida y pasa dos veces sobre la chimenea donde se consumen los troncos‒ condensa, enaltece la idea del hogar y de su hoguera: el calor que alimenta y el tiempo que arde. Ese no es un cierre narrativo sino una contemplación eterna.
Y sí. Llegamos tarde a esta cinta. Hace tres años fue celebrada en Cannes con el Premio a Mejor Director (tiene decisiones absolutamente maravillosas) y elegida por Francia como su representante al Oscar internacional. No la vimos entonces, pero nos justificamos porque, precisamente, sigue cocinándose a fuego lento, esperando, concentrando lo que seguirá “diciendo”. Si la traemos hoy ante sus ojos, lectora, lector, es porque su logro más hondo, nos parece, ocurre en un plano que nos concierne y que ya dijimos: convierte la cocina en orquesta y al silencio en ingrediente.
Dicho ello, terminamos abrazando a ese personaje que pierde el amor pero que, tras un profundo luto ‒inevitablemente‒, sigue adelante, haciendo frente a nuestra velocidad automatizada. Dodin Bouffant propone escuchar lo que normalmente tapamos: la duración de un caldo, la paciencia del cobre, el ritmo del hambre. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos. l