Anécdotas / La luz en los seres organizados
- Beatriz Gutiérrez Müller - Saturday, 28 Feb 2026 21:19
Pasados los recuerdos trágicos de febrero de 1913 en México, estimada amiga, le prometí conversar sobre temas más afables. Sé que le gustan las plantas y que tiene un instinto por procurarlas.
Estoy segura de que esta entrega será de su agrado. Confirmará algunos saberes no enciclopédicos, como tampoco los tengo yo, y sigo aprendiendo de libritos y otros compendios que me encuentro.
Por respeto y admiración al barón Alexander von Humboldt ‒quien estudió la naturaleza mexicana durante casi dos años, de 1803 a 1804‒, destacados científicos fundaron en México, en 1861, la Sociedad Humboldt; entre ellos, Francisco Díaz Covarrubias, Manuel Fernández Leal, Mariano Santa María y José Antonio de la Peña Ruiz. Hacían investigaciones para, como expresaron, hacer prosperar a la Patria independiente, y las compartían ante los expertos y el público, pero también se sentaban a discutir los hallazgos que les llegaban más que nada de Europa, para estar al día. Hasta 1872 lograron llevar a la estampa un volumen de Anales de la Sociedad Humboldt. Al final le cuento por qué la tardanza en imprimirlo.
Doña Clofis, sorpréndase con el trabajo titulado “Influencia de la luz sobre los seres organizados”. Si este era sobre biología ‒me pregunté, vil neófita como soy en estas materias‒ ¿quiere decir entonces que hay seres desorganizados? Bah…
Primero, me enteré de qué avances reportaban los científicos de la última cuarta parte del XIX: los vegetales y los animales son “seres organizados”. Para ese tiempo ya tenían la certeza de que ambos necesitan aire atmosférico, calor, electricidad y luz, cuatro elementos que, a su vez, requieren de “agentes móviles y sutiles” para alimentar a estos seres. La luz “aparece estableciendo con su mágica influencia sorprendentes y singulares efectos entre todos los seres organizados” ¡Bum!, me dije… Esto explicaría por qué nosotros, que cabemos bajo esa categorización, podemos ser influenciados por esa tenue luz invernal, algo melancólica, o primaveral, más bien impulsiva.
El autor del artículo traducido por don Joaquín Arriaga tomaba de otro que pudo leerse en 1870 en Revista de Ambos Mundos para recordarnos la importancia de la luz. En su resumen invocó al divino Dante con su no menos Divina comedia y sus términos… oh, la luce divina e penetrante. De ahí siguió con el naturalista Charles Bonnet y su Compendio de la naturaleza, de mediados del XVIII, en el cual aseguró que las plantas buscan la luz del sol y por ello muchas de éstas crecen chuecas o inclinadas, y aquellas que prosperan en el agua desprenden burbujas de gas pues de igual modo se encuentran bajo el influjo del sol. (Me vino a la memoria la flor de loto.) Interesante que Bonnet también afirmara que las plantas purifican el ambiente, pero sólo cuando hay sol, pues esta capacidad mengua al caer la noche. Un discípulo y amigo de este último, Jean Senebier, había demostrado que las plantas verdes consumen dióxido de carbono y liberan oxígeno expuestas a la luz. ¡Oh!
Todo esto leía yo en el número 1 de Anales de la Sociedad Humboldt, cuando, al mismo tiempo, me enteré de que la Sociedad Humboldt sólo pudo mantenerse activa por dos años, a causa de la segunda invasión francesa, de 1862 a 1867. Cinco años pasaron en México los galos con su emperador Maximiliano de Habsburgo para que los “seres mexicanos organizados” recuperaran su luz republicana, dejando la prolongada sombra. ¡Ah!, esos nefastos deseos de invadir países, que no se van y que arruinan la vida independiente de los pueblos… ¡Nos leemos en la próxima! l