Anécdotas / Triste mirada de Pardo
- Beatriz Gutiérrez Müller - Saturday, 21 Feb 2026 20:34
Cierra este mes que me ha puesto a recordar el ominoso fin del presidente Francisco I. Madero y, querida Clofis, no sé a usted, pero a mí me sigue y seguirá removiendo aquel suceso.
Dando vueltas a tal pesadilla ‒que aquí con mis santos a los que devoción tengo, les ruego que jamás se repita en nuestro México‒, me encontré un lamento escrito. Lo sentí como mío. Lo leí varias veces porque, aunque usted vive cerca pero no en la capital, para los chilangos es mirar con otros ojos muy distintos ese Centro Histórico de Ciudad de México al cual quizá ayer o en este fin de año visitamos, contagiándonos de
su viveza, el parloteo, la chorcha, los festejos navideños, los turistas.
Es desconsolador, repito, imaginar a quienes atestiguaron aquellos días de cañoneos, hambruna, toques de queda, cadáveres en las calles; enterarse de la inusual actividad de la Cruz Roja recogiendo a heridos, de los bomberos y hasta sentir que alguna flama nos llega y pareciera que nos rozan las balas y los proyectiles. Fueron los días de febrero de 1913 que cambiaron el curso de la nación para siempre.
¿Recuerda que, en otra, le hablaba doña Clofis, de los “ciudadelos” (los militares golpistas que tomaron la armería de Ciudad de México) contra los “leales”, o sea, los jefes castrenses que se mantuvieron incondicionalmente defendiendo las instituciones democráticas de la República? Tome el pañuelo si lo necesita:
“[…] Una tremenda pesadilla nos conturba desde hace muchos días. La ciudad progresista y laboriosa, rodeada de fábricas donde una muchedumbre compacta de hombres y mujeres oficiaban como sacerdotes y sacerdotisas del trabajo cotidianamente; la ciudad que solamente estaba acostumbrada al glorioso tintineo de los talleres en donde al forjar el hierro se amasaba el pan para las familias humildes y el oro para los mimados de la suerte; la ciudad de los grandes monumentos, de los templos del saber más salientes, de las casas comerciales más lujosas; la Ciudad de la Vida, admirada por todos los que venían a visitarla, se halla envuelta hace una decena en el humo denso de la pólvora y se respira en ella un hálito corrompido de blasfemia y de muerte.
ˮLa desesperación y el dolor se pintan en todos los semblantes y el cerebro divaga al rumoreo terrible de los monstruos de acero que sin cesar vomitan fuego en todas direcciones.
ˮLos talleres, las fábricas y los comercios están cerrados, y el hambre llama con sus descarnadas manos a los hogares. Y centenares de hermanos ruedan por las calles con el gesto último de la rabia pintado en el cadavérico semblante. ¿Cuántos brazos a quienes llama la pródiga tierra ofreciéndole sus entrañas fecundas esgrimen en estos momentos el arma fratricida? ¡Oh qué negra pesadilla! ¡La pesadilla de la Decena Trágica!” (El Heraldo Agrícola, México, marzo de 1913).
Esto fue lo que escribió el periodista Leonardo Rafael Pardo. Había sido redactor de El Hijo del Ahuizote, de Luis Cabrera; en El Hijo de Juan Panadero (1904-1910), dirigido en su última etapa por Guadalupe Rojo, por cierto, la primera mujer periodista en ir a prisión por delitos de imprenta. Este Hijo era el “”sucesor” del famoso oposicionista Juan Panadero (1871; 1895); Pardo asimismo fundó El Colmillo Público (1904-1906) que, tras su clausura por el régimen porfirista, más adelante se reagrupó en La Muela del Juicio (1907). De prisiones y delitos de imprenta, de horror y persecución, Leonardo ya sabía de sobra.
¿Se agüitó, doña Clofis? Yo sí, algo. No se debe matar presidentes ni debe haber golpes de Estado nunca más. La gente sufre. Prometo contarle una historia diferente la próxima vez l