Taller Martín Pescador: el milagro del oficio editor
- José María Espinasa - Saturday, 14 Feb 2026 21:40
¿Quién lo diría? Cumple medio siglo un proyecto que siempre dio la sensación de ser efímero y lo cumple con la frescura de entonces, pero con la sabiduría aprehendida en esos años. Me gustaría apuntar algo que no he dicho yo por vez primera pero sobre lo que no se ha insistido suficiente: un proyecto como éste, de carácter hiperminoritario –tirajes de menos de trescientos ejemplares, a veces de cincuenta o hasta menos–, ha cambiado la manera de hacer libros en ese lapso, provocó que algunos diseñadores se animaran a proponer nuevas familias tipográficas, a modificar el uso de formatos, de cajas, de encuadernación, y a incidir de una manera benéfica en el mundo industrial, masivo que, si bien de reojo y con desconfianza, está atenta a lo que hace ese universo minoritario al que algunos tildan despectivamente de exquisito.
No conozco ninguno de sus autores que no sienta ese orgullo, ese placer y que no acaricie el libro, la hoja que contiene su texto. Imagino incluso que los impresores novohispanos desde su lugar en el Mictlán también lo sienten. Y no sólo eso, algunos de esos autores guardan en un lugar aparte las ediciones de esos libros, aunque no sean los suyos, y algunas instituciones han tenido el tino de adquirir colecciones lo más completas posibles de sus impresos, sabiendo que forman parte de una historia necesaria y profunda de nuestra cultura. La Fundación Moreno Toscano tuvo el tino de rendirle homenaje en la Feria del libro de Antropología con una exposición y
una mesa redonda. Su labor de historiador de nuestra imprenta le da pleno derecho y es un acto de justicia.
Vuelvo a los años de su fundación. Casi en paralelo aparecieron los sellos La Máquina de Escribir, La Máquina Eléctrica y poco antes los libros del Mendrugo. Había cosas en común, sobre todo su condición artesanal, pero esa condición en el Taller Martín Pescador fue tomando un camino de alta sofisticación, lo cual llevó a que sucediera el milagro: no un fue un proyecto efímero. Eso le permitió a Juan Pascoe aprender y experimentar, pues su oficio, el aprendizaje de su oficio, no termina nunca. Es frecuente que él, cuando lo entrevistan, haga hincapié en su condición artesanal: el papel húmedo, el monotipo, el doblado… en cierta manera, y los que lo han visto trabajar saben de lo que hablo, se sitúa no antes sino al margen de lo que los historiadores llaman la revolución industrial.
¿Qué hace el Martín Pescador? Juan Pascoe, como el pájaro que eligió como emblema para su taller, pesca…. en una caja de tipos las letras para formar la palabra, la frase, el verso, la página.... el libro. Y sí, es una pesca milagrosa, porque cada uno de sus impresos es un milagro de entrega, cariño y oficio. Ese Martín vuela y desde las alturas, desde allá arriba, mira la página, la imagina, se le ocurre esta o aquella manera de encuadernarlas, que sea angosta y espigada, inquieta, o ancha y serena. Este último adjetivo le calza perfecto: muchos de sus libros e impresos comunican al que los ve y los lee una serenidad extraña, casi de meditación zen. A la vez, esa serenidad se vuelve sirena que se sumerge temerosa del Martín que ya le ha puesto el ojo y le quiere poner el pico. Hace ya medio siglo que Juan Pascoe hace en sus prensas milagros (no es repetición: hace dos veces) impresos, a veces de poetas en ciernes, otras veces de nombres esenciales, otras más de raros textos en idiomas cercanos a su corazón y a los que no siempre puede leer; otras, invitaciones para bodas. Sus páginas son tan hermosas que se diría que cantan, primero una, después la otra, después a dúo, después a coro; es un pescador que devuelve al agua lo pescado para que siga su vida. Esa agua se llama lector. Ya las letras ‒los tipos‒ se le vuelven oro entre las manos, tinta entre los dedos, textos sobre el papel. Ese hacer dos veces lo lleva a estudiar la historia de nuestra imprenta, señala sus usos, traza sus desplazamientos, estudia su comportamiento. Y ese allá arriba del vuelo del Martín Pescador se vuelve un aquí abajo en el que nosotros celebramos su trabajo. Nunca como ahora, en tiempos de virtualidades, redes e inteligencia artificial es tan necesaria esa inteligencia física, nada artificial, corporal, que transmiten sus impresos. Es una resistencia vital a que el vendaval tecnológico destruya la serenidad que nos entrega. El trabajo de Juan Pascoe es una entrega, un don, como ha dicho Francisco Segovia, que tiene ida y vuelta, se entrega en su doble hacer, hacer la hechura. Esa serenidad viene de la paciencia: humedece el papel que antes ha escogido en función de cómo imagina su impreso, luego escoge letra por letra para formar la línea en la caja, la ve crecer en sus manos y la imagina ya desdoblada ‒legible‒ en la imagen concreta en el espejo no de azogue sino de papel. Cundo vemos uno de sus libros hay casi el intento reflejo de pasarle la mano por encima, de acariciarlo. Y luego (luego-luego diría él) hay que encuadernar lo impreso y repartirlo y para ello qué mejor espacio que el de la fiesta. Cuento una anécdota: en una ocasión me tocó estar presente cuando acabaron la impresión de un libro, ya no recuerdo cuál, y cuando pusieron el papel a secar alistándolo para la encuadernación, al fino papel fabriano le salieron unas manchas verdes de hongos. Recuerdo el dolor en su rostro y la inmediata acción de hacer una hoguera para esos pliegos y volver a empezar el proceso de impresión. Nunca agradeceremos suficiente a Juan Pascoe y a su Taller Martín Pescador el trabajo que ha hecho l