Mundial de Futbol 2026, el nuevo circo romano

- Alejandro Badillo - Saturday, 14 Feb 2026 21:36 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
A una época en crisis le corresponde un espectáculo en crisis. Desde las primeras décadas del siglo XX, el futbol profesional se convirtió en un espectáculo de masas y en un legitimador político. Al igual que los Juegos Olímpicos, el Mundial es una suerte de empresa trasnacional que pone bajo sus órdenes a gobiernos de cualquier ideología. Todos quieren organizar la competencia que sucede cada cuatro años porque es sinónimo de prestigio y desarrollo. Brasil organizó su Mundial en 2014, cuando el país –gobernado por Dilma Rousseff– aún gozaba de credibilidad internacional por el auge de las materias primas y las políticas sociales iniciadas en el período de Lula da Silva. Rusia organizó su Mundial en 2018, cuando el régimen de Vladimir Putin presumía sus lazos con las potencias globales y se vendía como un régimen integrado al mercado global.

 

El futbol fue, en sus inicios, un deporte popular. Una buena reconstrucción de sus orígenes y, particularmente, su fuerza política, se puede encontrar en Una historia popular del futbol, de Mickaël Correia. El futbol se empezó a practicar, según el periodista francés, como un entretenimiento sin reglas que involucraba a toda la comunidad y se desarrollaba en calles, casas y cualquier lugar común. Con el transcurso del tiempo, las clases altas intentaron domesticar el juego, pues pervertía el orden establecido. El evento recordaba el espíritu carnavalesco que servía como cohesionador de los pueblos.

Ya en el siglo XIX comenzó la transformación de juego en deporte y, posteriormente, en actividad profesional. La miniserie de Julian Fellows –creador de la exitosa Downton Abbey-The english game (2020) aborda la confrontación entre los primeros clubes ingleses en los que participaban los terratenientes de la época y la progresiva introducción de equipos de obreros pertenecientes a la pujante industria textil. Como suele suceder en las producciones de Fellows, el conflicto de clase se soluciona de manera tersa con cada bando aceptando su lugar en la pirámide social. Sin embargo, como muestra el libro de Correia, el futbol ha sido un instrumento de reivindicaciones políticas para la clase popular, particularmente en el Sur Global. El futbol sirvió, por ejemplo, como modelo de resistencia en tiempos del nazismo y también –con los grupos de aficionados– como organizador para combatir al poder durante las protestas contra el gobierno egipcio de Hosni Mubarak en 2011. La población palestina ha encontrado en el futbol un modo de visibilizar su lucha y las mujeres inglesas –Las Munitionnettes– desafiaron la jerarquía masculina organizando partidos y una liga propia a finales del siglo XIX.

Un espectáculo para la distopía

La captura del futbol por la industria del entretenimiento ha generado una enorme fortuna que gestiona la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) y las asociaciones de los diferentes países que son, de facto, oligarquías controladas por grandes corporativos de medios de comunicación y construcción, entre otras ramas. El futbol profesional se vende 24 horas al día en pantallas de todo el mundo. Periodistas, locutores y los llamados influencers se encargan de no dar descanso a los seguidores de los equipos quienes, a la postre, tienen que contratar diferentes plataformas para poder seguir los partidos. Los dueños de los clubes más poderosos –Florentino Pérez del Real Madrid es el mejor ejemplo– usan al futbol
y su influencia para presionar al Estado y gestionar sus negocios fuera de los controles democráticos. Esto lo describe Fonzi Loaiza, doctor en Medios, Comunicación y Cultura por la Universitat Autònoma de Barcelona, en su libro Florentino Pérez, el Poder del Palco.

El multimillonario negocio del futbol entró en una nueva etapa con el Mundial realizado en Qatar en 2022. En el pasado, la FIFA no había tenido problemas para hacer negocios con dictaduras como en Argentina en 1978, y tampoco tuvo problemas al otorgar la sede a una monarquía que viola los derechos humanos, en particular de las mujeres, y funciona, en la práctica, como un corporativo petrolero. Conforme se acercaba la fecha para el Mundial –realizado entre noviembre y diciembre de 2022 para evitar las altas temperaturas de la región– se difundieron noticias sobre la explotación laboral de trabajadores migrantes en la construcción de los estadios, que incluyó muertes no reconocidas por la FIFA ni por el gobierno del país. El dinero, al final de cuentas, era lo que importaba.

Ahora, el Mundial organizado por Canadá, Estados Unidos y México parece ir un paso más allá en un espectáculo a la altura de cualquier distopía imaginada años atrás. Estados Unidos
–el país con más juegos– tiene a una organización paramilitar ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) en las calles de varias ciudades protagonizando ejecuciones extrajudiciales con absoluta impunidad, transmitidas en vivo por los manifestantes y justificadas por el poder con un discurso irracional y lleno de odio. Al presidente Donald Trump, en su segunda etapa en la Casa Blanca, no le preocupa la imagen de su país, pues los turistas siguen llegando a Estados Unidos, incluso los mexicanos. Sin importar las amenazas del gobierno, los aficionados parecen alejados de esta realidad, pues no se ha registrado una cancelación masiva de boletos que, por otro lado, son vendidos y revendidos –con tarifas dinámicas gestionadas por algoritmos para exprimir más las ganancias– en un sistema que imita las subastas. En el caso de México, una de las tres sedes, destaca con el descubrimiento de quinientas bolsas con restos hu
manos en el Estadio Akron, en Jalisco. El hecho mereció, entre otros, un artículo en el diario español El País titulado “Un estadio mundialista rodeado de cadáveres”. La macabra ofrenda parece que quedó en el olvido por el frenesí del evento que se celebrará en el verano de este año. Sin embargo, no deja de ser inquietante el patrón del que forma parte: lugares turísticos y centros de entretenimiento rodeados por fosas clandestinas que apenas merecen una nota periodística o un espacio en el conteo de muertos y desaparecidos en México. El periodista Andy Robinson, en su libro Turismo de terror. Diez antiviajes en América Latina publicado el año pasado investiga las desapariciones y muertes de trabajadores que son atraídos por la industria turística en Cancún. A un lado de los grandes hoteles y casinos yacen olvidados los cadáveres de aquellos que no pudieron sortear el filtro impuesto por el crimen organizado.

Hoy como ayer

Es tentador imaginar el Mundial 2026 como una suerte de nuevo circo romano, el Circus Máximus. Partiendo del colapso de Roma vigente
en el imaginario popular y sin los matices
que ofrece la historiografía especializada, podemos enc
ontrar similitudes interesantes. El historiador alemán Ludwig Friedlaender dedica un capítulo de su extensa obra La sociedad romana. Historia de las costumbres en Roma, desde Augusto hasta los Antoninos a la máxima diversión de aquella época: las carreras de carros. Como sucede ahora, el espectáculo acumulaba cada vez más fechas en el año para enriquecer a los contratistas. Las carreras se exportaban a otras regiones del imperio. Roma experimentaba su largo declive durante los tres primeros siglos de nuestra era mientras la gente hablaba de los mejores caballos y la habilidad de los aurigas –los conductores. Los emperadores –algunos de ellos aún famosos en nuestros días por su excentricidad y crueldad, como Nerón o Calígula– aplicaban la frase panem et circenses (“pan y espectáculos del circo”, extraída de una sátira de Juvenal) para mantener a la población lejos de la política y preocupada por los resultados de las carreras, justo como sucede en la actualidad con los espectáculos deportivos omnipresentes en las pantallas globales.

Quizá la pasión por el futbol y los templos en los que se le rinde culto sobrevivan incluso en un escenario de colapso social en nuestro siglo. En el libro de Ludwig Friedlaender destaca esta anécdota:

El presbítero Salviano de Masilia escribe que cuando los pueblos bárbaros amenazaban las murallas de Cirta y Cartago (año 439), los cartagineses corrían como locos a presenciar las carreras del circo. Después de haber sido conquistada y destruida por tres veces la ciudad de Tréveris, algunos nobles treverenses que habían sobrevivido a la triple catástrofe pidieron a los emperadores que se organizasen en la ciudad en ruinas espectáculos circenses, los cuales, de haber llegado a celebrarse, habrían tenido por escenario un montón de escombros y cenizas entreverados con los huesos de miles de muertos l

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