La flor de la palabra / Sin miedo y sin hambre

- Irma Pineda Santiago - Saturday, 14 Feb 2026 21:54 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

 

Vivir sin miedo y sin hambre es una parte fundamental de la seguridad humana, porque para ello se necesita tener garantizado un entorno seguro, sin violencia, con acceso a la alimentación, al agua, a la educación, a la vivienda y al entretenimiento, entre otras cuestiones básicas que son aspiraciones legítimas de todas las personas. Desafortunadamente, para la gran mayoría de los pueblos indígenas no es posible, ya que con frecuencia se enfrentan a situaciones que imposibilitan el ejercicio pleno de sus derechos. Basta con mirar las condiciones para la alimentación. La situación en los campos de siembra cada día es más complejas, por un lado, porque los campesinos son despojados de sus tierras debido al avance de la urbanización que va cambiando los terrenos de milpa por fraccionamientos para la vivienda; por el otro, la constante presencia de los grupos de delincuencia organizada que han propiciado la deforestación de los bosques, y que obligan a los campesinos a sembrar los productos que ellos requieren para sus negocios y no los que los pueblos necesitan para alimentarse.

A lo anterior hay que agregar que las nuevas generaciones ya no aprendieron a trabajar el campo, por la creencia de las familias de que es mejor alejarse de las tierras de siembra, vistas como sinónimo de miseria; que es preferible irse a la ciudad a hacer el esfuerzo para estudiar y ser un profesionista, “licenciado o aunque sea maestro”, solían decir las madres, pues alcanzar un lugar en las escuelas normales para profesores era la garantía de un trabajo y un salario seguro. Asimismo, la pobreza y el hambre empujó a muchos jóvenes a migrar al extranjero para buscar un mejor futuro. Algunos lo consiguieron, otros más están siendo deportados, con las manos vacías, por las actuales políticas migratorias y xenófobas del país vecino en el norte.

Si hablamos del agua, tenemos otras complejidades, ya que si bien actualmente el acceso a este valioso líquido ha sido declarado como un derecho humano, en muchas regiones no existen las condiciones para garantizar este derechos, puesto que la poca agua existente está en ríos o depósitos altamente contaminados, además de que se requiere de una gran inversión para instalar la infraestructura necesaria que permita acercarla a la población, o está concesionada a empresas y particulares que destinan el agua para los negocios y no para el consumo humano. Al mismo tiempo, la falta de agua también imposibilita el acceso a la educación, pues dificulta mucho las buenas condiciones de higiene para el cuidado de la salud de las infancias, doblemente susceptibles por la desnutrición que las aqueja. Otro de los problemas que viven las escuelas en las comunidades indígenas es la falta de espacios y mobiliarios adecuados para el desarrollo de las clases, para la educación científica, física o artística, además de la carencia de profesores especializados en la enseñanza de las lenguas y culturas indígenas que permita su fortalecimiento y no la pérdida de la identidad de las niñas y niños.

En cuanto al tema educativo, es necesario mencionar que no en todas las comunidades indígenas existen escuelas.
Con suerte hay algún albergue educativo en un poblado
cercano a donde las infancias tienen que migrar, asumiendo los costos emocionales de separarse de su familia a
temprana edad, sin hablar de los riesgos de violencia que
llegan a vivir en estos espacios a los cuales seguirán acudiendo, pues constituyen su única posibilidad de acercarse
a la educación. A estas situaciones hay que sumar el
sesgo de género, puesto que son las niñas las que mayores dificultades enfrentan para acceder a la educación formal afectadas por las distintas formas de violencias a las que se exponen. La lista de obstáculos es larga, pero queremos soñar que la población indígena, un día, pueda vivir libre
de miedo y hambre
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