La filosofía mexicana y las paradojas del presente

- Gabriel Vargas Lozano* - Saturday, 14 Feb 2026 21:30 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
La filosofía mexicana tiene una larga historia que se inicia desde su presencia en los pueblos originarios hasta la actualidad. Su devenir no ha sido fácil y puede ser representada como un símil de la geografía de nuestro país, con sus zonas montañosas, ríos caudalosos, valles, desiertos y playas frente a dos mares pacíficos o procelosos. De igual manera, nuestra filosofía ha sufrido, como no podía ser de otra manera, las rupturas y fracturas que han sido producto de su historia.

 

Primera fractura: la negación

La primera gran fractura de la filosofía mexicana puede ser representada por la conquista y la colonia, ya que implicó la negación no sólo de la filosofía de los vencidos sino también de la naturaleza humana de los habitantes originarios (véase la “controversia de Valladolid” entre Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda en 1550-51). Esta negación, que pretendía justificar la destrucción de una cultura milenaria, recibió un contundente desmentido con la publicación del libro La filosofía náhuatl, estudiada en sus fuentes (1956) de don Miguel León Portilla, quien configuró el corpus del pensamiento náhuatl; además, la investigación ha continuado con libros como Filosofar, en clave tojolabal de Karl Lenskerdorf. (2002) y otros. Luego vino el período colonial (trescientos años), estudiado por diversos filósofos(as) con gran profesionalismo, entre ellos, Mauricio Beuchot.

Adopción y abandono del positivismo

Durante el siglo XIX, la filosofía quedó entremezclada con los grandes debates políticos a partir de la lucha por la independencia en 1810. En esa dirección mencionemos a Los sentimientos de la nación, de Morelos, y la abolición de la esclavitud por Hidalgo, influidos por las ideas de Juan Jacobo Rousseau; luego sobrevino la sangrienta lucha entre liberales y conservadores sobre la conformación de una nación y finalmente, en 1867, inicio de la “República restaurada”, la introducción del positivismo. En todo este período, la filosofía tiene que ser descubierta en las concepciones aducidas por las facciones en lucha y no en una expresión ontológica o epistemológica explicita, como ha sido expuesto en las historias de la filosofía europea. El positivismo, introducido por Gabino Barreda (estudiado ampliamente por Leopoldo Zea), no fue sólo una doctrina filosófica sino un proyecto para reorganizar el país tras décadas de inestabilidad. Se trataba de que la nueva educación permitiera establecer las bases de una etapa industrial que no podía ser posibilitada mediante la Biblia y Aristóteles.

Como se sabe, el positivismo en general y el mexicano en particular fue rechazado por los filósofos miembros del Ateneo de la Juventud (Antonio Caso, José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, quienes tenían entre veinticuatro y veintiséis años de edad), basados en Bergson y Boutroux. Los ateneístas eran alentados nada menos que por Justo Sierra, secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes del gobierno de Porfirio Díaz. La obra y acción de los cuatro mencionados será fundamental para la construcción de la filosofía y la cultura nacional en el siglo XX; sin embargo, en aquel momento (1909) se deleitaban leyendo en largas veladas La República de Platón, en la burbuja afrancesada en que Díaz había convertido a Ciudad de México, mientras todo el país ardía en llamas por la falta de justicia y la explotación más despiadada del pueblo. Todo esto fue denunciado y combatido por el Partido Liberal y en particular por Ricardo Flores Magón, armado con la filosofía-ideología del anarquismo. A pesar de todo, en 1910, Justo Sierra tiene la iniciativa de fundar la Universidad Nacional, una institución de excelencia que no incluyó, para su gran indignación, a los positivistas. Sobreviene entonces la Revolución Mexicana, que a la sazón no fue preparada por filósofos, como sí lo fueron las revoluciones francesa y rusa, sino por auténticas fuerzas telúricas; sin embargo, la filosofía volvió a aparecer como fundamento, en los principios de la Constitución de 1917.

Adiós a los modelos importados

En los años veinte, lo más significativo fue
la creación por José Vasconcelos de la Secretaría de Educación Pública, su labor alfabetizadora
y la difusión masiva de libros clásicos, así como la fundación de la Facultad de Filosofía y
Letras (1924).

En los años treinta, la filosofía mexicana se vio involucrada en un fuerte debate sobre la inclusión de la educación socialista y tuvo su expresión en la polémica, llena de ironías, entre Antonio Caso y Vicente Lombardo Toledano. En 1934, Samuel Ramos publicó Perfil del hombre y la cultura en México, en donde buscó exponer una filosofía del y de lo mexicano señalando, desde una psicología social, el problema de la imitación, el complejo de inferioridad y su discutible caracterización del mexicano. A pesar de los problemas que implica, este planteamiento tuvo la virtud de poner en la mesa, por primera vez, un dilema que marcaría a la filosofía mexicana hasta hoy: pensar los problemas del país y del mundo desde sus autores o dedicarse a repetir modelos importados.

Finalmente, mencionemos el exilio español de 1939, que constituyó un vigoroso impulso de la filosofía mexicana mediante la traducción de textos clásicos, la educación y la creación de valiosas obras originales. A nuestro país vinieron José Gaos, Eduardo Nicol, María Zambrano, Adolfo Sánchez Vázquez y muchos otros que tuvieron una influencia decisiva en la profesionalización de la filosofía en México.

El grupo Hiperión y las corrientes filosóficas

El tema de la filosofía del y de lo mexicano renacerá a finales de la década de los cuarenta y principios de los cincuenta bajo el impulso del grupo Hiperión formado por Luis Villoro, Ricardo Guerra, Joaquín Sánchez McGregor, Jorge Portilla, Emilio Uranga (autor del libro Análisis del ser del mexicano,1952), apoyados por Leopoldo Zea y bajo el magisterio de José Gaos. Por su lado, Octavio Paz publica El laberinto de la soledad (1950).

En la década de los sesenta, los filósofos mexicanos se encuentran interesados en varias corrientes: la filosofía escolástica de Oswaldo Robles; la filosofía latinoamericanista alentada por Leopoldo Zea; el neokantismo impulsado por Francisco Larroyo; el marxismo, en el cual influyen Eli de Gortari a través de la lógica dialéctica y la filosofía de la ciencia, y Adolfo Sánchez Vázquez en la estética, la ética y la filosofía de la praxis, entre otros.

Congresos y debates

En 1963 se realiza en nuestro país el XIII Congreso Internacional de Filosofía, organizado por la Federación Internacional de Sociedades de Filosofía (FISP). Para recibir a nuestros visitantes se publicó un libro titulado Estudios de historia de la filosofía en México, que reúne textos de Miguel León Portilla, Luis Villoro, José Manuel Gallegos Rocafull, Leopoldo Zea y Fernando Salmerón. En este libro no se abordaron los filósofos vivos y, por lo tanto, quedaron fuera muchos autores como los miembros del exilio español, Eduardo García Máynez, Antonio Gómez Robledo y otros, pero quien quedó definitivamente fuera del congreso fue Vicente Lombardo Toledano, al que le fue rechazada su ponencia llamada “Las corrientes filosóficas en la vida de México”, que después publicó como libro. En 1967, los estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM organizaron una mesa redonda bajo el tema “el sentido actual de la filosofía en México”. Participaron en ella Leopoldo Zea, Abelardo Villegas, José Luis Balcárcel, Alejandro Rossi y Luis Villoro. Ahí, los dos últimos defendieron la importancia de la filosofía analítica que se presentó como la vanguardia y, a la vez, como el paso necesario hacia la modernización de la filosofía mexicana. El centro de difusión de esta corriente filosófica fue el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM y la revista Crítica. He escrito en mi libro Esbozo histórico de la filosofía en México. Siglo XX, que el Congreso fue un importante impulso de la lógica simbólica y la filosofía de la ciencia natural, pero que suscitaron polémica su concepción neutralista, su abandono de la historia y su academicismo.

Filosofía, independencia e identidad

El movimiento estudiantil-popular de 1968, que termina con la ominosa matanza del 2 de octubre en Tlatelolco, golpeó fuertemente a los universitarios y en especial a los de filosofía, ya que implicó injustos encarcelamientos de filósofos como Eli de Gortari o pensadores como José Revueltas. En el siguiente sexenio, el presidente Luis Echeverría Álvarez inició su política de “apertura democrática”, cuyo marco permitió la reactivación de la Asociación Filosófica de México, que organizó una serie de tres importantes coloquios que, por primera vez, incluía a todas las corrientes filosóficas. Así, en 1975, se llevó a cabo en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo el primer coloquio internacional de filosofía, en donde se abordaron los temas de la relación entre filosofía y ciencia natural; la filosofía y ciencia social y la filosofía actual en Latinoamérica. En esta última sección, Leopoldo Zea y Abelardo Villegas, Arturo Andrés Roig, Enrique Dussel y Francisco Miró Quesada elaboraron una declaración titulada “filosofía e independencia”, en la cual instaban a que la filosofía contribuyera a que nuestros pueblos lograran un desarrollo independiente y su liberación. Posteriormente, varias instituciones universitarias organizamos en la Universidad Pontificia de México un extraordinario coloquio que dio origen a un nuevo manifiesto y un libro.

Recientemente se conmemoró el cincuenta aniversario de la declaración en el congreso de la Asociación Filosófica Argentina (AFRA), en donde se destacó su actualidad e importancia. En 1977 se llevó a cabo el segundo coloquio en la Universidad Autónoma de Nuevo León, en el que se abordaron la filosofía y las revoluciones sociales; la filosofía y las revoluciones científicas y las revoluciones en la filosofía. Finalmente, en el tercer coloquio que se celebró en la Universidad Autónoma de Puebla, más allá de problemas de ética, lógica, estética, etcétera, la doctora Graciela Hierro tuvo la iniciativa de organizar una mesa en torno a la pregunta de si existía una naturaleza femenina. La mesa no sólo convocó a un numeroso público, sino que tuvo la virtud de reactivar el debate sobre el feminismo desde el punto de vista filosófico, que años antes habían iniciado Paula Gómez Alonso y Rosario Castellanos. El feminismo es hoy un tema que, como se sabe, se encuentra experimentando un importante impulso.

A partir de ese momento, los coloquios recibieron el nombre de Congresos. Ahora bien, ¿cuál ha sido su importancia y significado? Se creó un espacio de reflexión en donde han coincidido todas las corrientes filosóficas, superando sus grandes diferencias y enconados debates;
la comunidad filosófica tiene la oportunidad de conocer el estado que guardan los estudios sobre las diversas ramas de la filosofía; han constituido un lugar en donde los y las ponentes pueden sostener con toda libertad sus tesis filosóficas; participan tanto profesionales provenientes de las escuelas privadas como de las públicas; siempre se ha tenido como invitados a muy distinguidos filósofos y filósofas del exterior y, finalmente, en esas reuniones se han planteado temas que han tenido una gran trascendencia social.

Pluralidad filosófica

Del 1 al 5 de diciembre del año pasado se celebró en la ciudad de Mérida, Yucatán, el XXII congreso internacional de filosofía de la AFM. Con ese evento se cumplieron cincuenta años de haberse iniciado esta tradición. Se expusieron alrededor de ochocientas ponencias distribuidas en numerosos coloquios (como se había logrado en los últimos congresos). Los temas abordados fueron los siguientes: la filosofía y pueblos originarios; la ontología y la metafísica; la bioética, la filosofía antigua; las prácticas filosóficas; el capitalismo y su crítica; la hermenéutica; la lógica; la estética; la Ciencia y tecnología; la filosofía de la educación; la filosofía iberoamericana; la filosofía mexicana; la filosofía de la liberación; la filosofía medieval; la filosofía moderna, la filosofía del lenguaje; la filosofía de la paz; la filosofía y la religión; la filosofía de la salud y el deporte; Marx y el marxismo; teoría crítica de las Américas; filosofía y la Inteligencia Artificial y otros más. De igual modo, la AFM otorgó la medalla Fray Alonso de la Veracruz a la doctora Virginia Aspe Armella y al doctor Carlos Pereda, y se presentaron nada menos que ochenta libros y revistas filosóficas.

En suma, asistimos a un congreso multitudinario y extraordinariamente plural en medio del lugar donde floreció la cultura maya. También se aprobó por unanimidad un manifiesto rechazando el genocidio cometido por el gobierno de Israel contra el pueblo palestino.

Repercusión, eurocentrismo
y revolución digital

Se puede deducir que la filosofía en México cuenta con una tradición extraordinariamente rica; sin embargo, enfrenta grandes problemas, de los cuales sólo mencionaré tres:

1. La escasa repercusión pública. Paradójicamente, lo abordado en todos estos congresos no tiene presencia en el debate público nacional. Los medios masivos de comunicación no registran su existencia, salvo en forma muy limitada en los medios digitales. Una de las causas de esta ausencia se encuentra la política neoliberal, que ha dado prioridad mundial a lo tecnológico y mercantil en la información y en la educación. Siguiendo esta directiva, los gobiernos conservadores han buscado eliminar a la filosofía y las humanidades en la formación general de la sociedad. Aquí agregaría, en forma autocrítica, que quienes nos dedicamos a estudiar la filosofía hemos caído, con frecuencia, en formas de expresión especializada y en una autoclausura académica.

Es cierto que aquí en México, en 1918, se dio un paso extraordinario al incluir en el artículo tercero constitucional a la filosofía y las humanidades, pero salvo la reposición de las disciplinas filosóficas en la educación media superior, después de un movimiento de la comunidad filosófica, no se ha dado ningún paso más para cumplir la disposición constitucional.

2. El eurocentrismo. Durante décadas, en el mundo occidental se ha asumido que “la filosofía universal” es la europea, relegando otras tradiciones a un segundo plano. La pregunta es: ¿y qué pasa con China, India o Latinoamérica? Son poco estudiados. La causa inmediata es el eurocentrismo. El reciente movimiento descolonizador busca hacer justicia a lo negado o excluido, pero sus diversas posiciones requieren un amplio debate.

3. Los efectos de la revolución digital. Como un efecto de la revolución digital, la percepción de los individuos (especialmente niños y niñas) ha sufrido una mutación en los procesos de comprensión de la realidad de la letra impresa a la representación visual, pero ahora la Inteligencia Artificial agrega un problema más profundo: la existencia de un “cerebro sustituto” que puede resolver lo que nos interese sin necesidad de hacer esfuerzo alguno. El riesgo no es sólo desplazar a la filosofía, sino el trabajo del pensar.

La filosofía mexicana tiene, entonces muchos desafíos en la actualidad, pero no son su pobreza, ni sus extraordinarios recursos teóricos, ni su ausencia lo que falta, sino un fuerte apoyo público y una ofensiva contra su invisibilización sistemática en la vida pública l

*Gabriel Vargas Lozano es profesor e investigador de filosofía en la UAM-Iztapalapa. Fue presidente de la Asociación Filosófica de México y actualmente es miembro del comité directivo de la FISP.

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