Cristina Campo: la palabra y el significado más profundo
- - Saturday, 14 Feb 2026 21:38
Cristina Campo (pseudónimo de Vittoria Guerrini; Bolonia, 1923-Roma, 1977) fue una de las voces más aristocráticas, secretas y profundas de la literatura italiana del siglo XX. Hija de un músico, estuvo marcada a lo largo de toda su vida por una malformación cardíaca que hizo que su salud fuera siempre precaria y le impidiera seguir un curso regular de estudios. Tras mudarse a Florencia con su familia, Cristina frecuentó los círculos literarios de la ciudad, donde conoció a intelectuales de la talla de Mario Luzi, Gabriella Bemporad, Margherita Pieracci Harwell (quien sería más tarde la editora de muchas de sus obras póstumas), Gianfranco Draghi (quien la introduciría en el pensamiento de Simone Weil) y Leone Traverso.
Llevó una vida muy retirada y, en la redacción de sus escritos, se mantuvo siempre indiferente a los elogios, los reconocimientos y las exigencias del mercado literario. A su actividad como poetisa y escritora sumó pronto la de traductora del inglés: entre los autores traducidos por ella se encuentran Katherine Mansfield, Virginia Woolf, John Donne, William Carlos Williams y Simone Weil.
En los últimos años de su vida llevó una existencia aún más apartada y se dedicó a profundizar en los temas de lo sagrado y la espiritualidad: se convirtió en una católica ferviente y rigurosamente ortodoxa, hasta el punto de oponerse a las reformas del Concilio Vaticano II. Su estilo poético, que sigue siendo muy particular hoy en día, está totalmente orientado a hacer coincidir la palabra con su significado más profundo, rehuyendo de todo lo que resulte obvio o superfluo. Entre sus obras cabe destacar los poemarios Diario bizantino e altre poesie (1977) y La tigre assenza (póstuma, 1991), además de una rica producción de prefacios, traducciones, ensayos y cartas. Murió en Roma en 1977.
Stefano Strazzabosco
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Moriremos lejanos. Será mucho
si en tu palma posaré la mejilla
el Año Nuevo; si en la mía la huella
contemplarás de otra migración.
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-Del alma muy poco sabemos.
beberá tal vez de los embalses
de las cóncavas noches sin pisadas,
posará bajo aéreas plantaciones
germinadas por piedras…
¡Oh señor y hermano! Mas de nosotros
sobre una sola urna de cristal
pueblos estudiosos escribirán
quizá, dentro de mil inviernos:
“ningún vínculo unía a estos muertos
en la necrópolis desierta”.
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Quedó allá abajo, cálida, la vida,
el aire color de mis ojos, el tiempo
que quemaban, detrás de cada viento,
manos vivas, buscándome…
Subsiste la caricia que no encuentro
sino entre dos sueños, mi infinita
sabiduría quebrada. Y tú, palabra,
que trasmutabas esta sangre en lágrimas.
Tampoco llevo un rostro
conmigo, ya pasado en otro rostro
como esfera en el vino y consumado
en ardientes silencios…
Vuelvo sola,
entre dos sueños, allá, veo el olivo
róseo sobre las tinajas colmadas de agua y luna
del largo invierno. Vuelvo a ti que hielas
en mi ligera túnica de fuego.
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Amor, hoy tu nombre
de mi labio ha escapado
como del pie el último escalón…
Ya se ha esparcido el agua de la vida
y la larga escalera
hay que recomenzarla.
Te he permutado, amor, con palabras.
Oscura miel que hueles
dentro diáfanos vasos
bajo mil seiscientos años de lava ‒
te reconoceré por el silencio
inmortal.
Simbad
El aire día a día se adensa en torno a ti,
día a día me consume los párpados.
El universo se ha cubierto el rostro,
sombras me dicen: es invierno.
Tú en el virginal espacio donde se acunan
islas negligentes, yo en el terror
de las lilas, en una flama de tórtolas,
sobre el suave, doméstico camino de la locura.
Se estiban cáñamo, olivas,
mercados y años… Yo no bajo las pestañas.
Medianoche vendrá, el primer grito
del silencio, el larguísimo caer
del faisán entre sus alas.
Las manos
Estas manos tuyas en tu defensa de ti:
me hacen noche en el rostro.
Cuando lentas las entreabres, allá adelante
la ciudad es aquel arco de fuego.
En el sueño futuro
serán persianas rayadas de sol
y habré perdido para siempre
aquel sabor a tierra y viento
cuando las retomarás.
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La nieve estaba suspendida entre la noche y las calles
como el destino entre la mano y la flor.
En un sonido dulce
de campanas dilecto has llegado…
Como una vara ha florecido la vejez de esta escalera.
¡Oh tierna tempestad
nocturna, rostro humano!
(Ahora toda la vida está en mi mirada,
estrella sobre ti, sobre el mundo que tu paso vuelve a cerrar).
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Ahora quiero otra vez blancas todas mis cartas,
inaudito mi nombre, mi gracia sellada otra vez;
me distienda en el cuadrante de los días,
reconduzca la vida a medianoche.
Y mi valle rosado de olivares
y la ciudad intrincada de mis amores
se cierren otra vez como una breve palma,
mi palma marcada por todas mis muertes.
Oh Medio Oriente extendido por su voz,
quiero despertar camino a Damasco –
jamás la vista haber alzado a un cielo
distinto del suyo, de tanto gozo en la cruz.
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Devota como un ramo
curvado por las nieves,
feliz como fogata
por colinas de olvido,
sobre agudísimas láminas
en blanca malla de ortigas,
te enseñaré, alma mía,
este paso de adiós…
Cuadernito
Un año… Detenía su estrella
el cielo del Adviento. En la boca,
ya sin fiebre o sin miedo, mi mano
te dibujaba, oscura, una palabra.
Y la esfera del alma y del año
vibraba encima de un chorro de oro
alto y sutil la sangre.
Temblábamos
sonriendo a las miradas – al acercarse
sombrío de aquel guardián incorruptible
que en los jardines cierra toda fuente.
Año Nuevo ’53-’54
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Se dobla la blanca ropa de estío
y tú desciendes en el meridiano,
dulce octubre, y en los nidos.
Tiembla el último canto en las terrazas,
donde el sol era sombra y sombra el sol,
entre penas calmadas.
Y mientras demora tibia la rosa,
la amarga baya rezuma el sabor
de los sonrientes adioses.
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Ahora que se invierte la clepsidra,
que el porvenir, este cálido sol,
ya me surge en los hombros, con los pájaros
regresaré sin pena
a Bellosguardo: la garganta dejé
en verdes guillotinas de enrejados
y de un eterno rosa
vibraban las manos, desnudadas de flores.
Oscilante entre el fuego de los olivares,
brillaba octubre antiguo, nuevo amor.
Muda, afilaba el corazón
al corte de cometas impensables
(ya próximos, ya nuestros, ya lejanos):
aéreos ataúdes, túmulos nevados
de mi mañana joven, del sol.
La tigre ausencia
pro patre e matre
¡Ay que la Tigre,
la Tigre Ausencia,
oh amados,
ha devorado todo
de este rostro orientado
hacia ustedes! La boca sola
pura
ruega aún
a ustedes: de rezar aún
porque la Tigre,
la Tigre Ausencia,
oh amados,
no devore la boca
y la plegaria…
Versiones de Marco Antonio Campos y Stefano Strazzabosco.